jueves, 25 de febrero de 2016

¿Quién quiere que le cuente un cuento?

La flor de sal

¿Holá? ¿Quién? ¡Siete! Qué hacés, Siete querido. Estoy más solo acá que loco malo. Hecho mierda, che. Dicen que tengo la cara en carne viva. Y sí. Pero no. Lo peor son los ojos, boludo. No sé, viste cómo es, los médicos se toman su tiempo. No. Un catzo. No veo un catzo. En lo de unas viejas fue. Uno me había mandado. Castiglione no había podido porque estaba afuera. Sí. Nueve. Con ella empezó el problema, vos sabés. Me duele todo, boludo. Quema. No, los reptilianos nada que ver. Sí, reptilianos, gil. Con Fabiana les pusimos reptilianos. Después prendió, el nombre, digo. Ahora todos los llaman así. La guerra entre los buenos ciudadanos contra los reptilianos. Ja. Y es una guerra más cojonuda que la de Medio Oriente. A ella se le ocurrió. A Fabiana, sí. Claro, bolú. Fabiana, la conocí militando en la villa cuando lo de las inundaciones. Sí. Con la Organización. Ella es estudiante de Sociología. Yo coordinaba. Al toque. Me enamoré al toque de ella. Y qué querés, es un caramelito. Se lo dije. Que quería verla desnuda le dije. Se cagó de risa. No, boludo, ese día no. Pasó un tiempo. Y no, el reptiliano, por aquel entonces, era candidato a Jefe de Gobierno. Quién iba a pensar. Uno me había mandado a hacerle el seguimiento. Sí. No. Y gracias a eso fui a Londres. Me garparon todo. Tuve que pelear un poco por los viáticos. Y, nada que ver ir a Europa que a Salta. Primero me mandaron a Salta porque había un encuentro de no sé de qué mierda de bosques nativos en el que el reptiliano era el orador principal porque se las da de conservacionista, de onda verde. Claro, boludo, ni siquiera pueden separar la basura en la Ciudad. La hacen separar en contenedores distintos pero los cargan  en el mismo camión. Dan risa. Pero en Salta yo fui el que se cagó de risa. Si te cuento lo que descubrí, te morís. Resulta que le mandé un transponder al decodificador de la tele de la habitación del hotel. Al reptiliano, sí. Me mandé una mañana al cuarto, por la ventana; una gilada. No, los custodios estaban en el pasillo y yo no me había registrado como periodista sino como un turista cualquiera. Me dieron justo la habitación de al lado. Estaba el reptiliano en una, el asistente en la otra y yo al otro lado. Le clipeé el transponder al cable y tuve imagen y sonido HD. Y no sabés: ¡Es puto, loco! Se la manya. Bah, se la da al asistente. Hace de macho, boludo. Se la re pone. Lo tengo grabado. Sí. Cuando le paso la data a Uno empezó a cagarse de risa. Dijo: listo, finiquitado el candidato. Y se la pasó a Cero. Yo me quedé como un boludo viendo a Rial y a todos los programas de la tele a ver en cuál salía el informe. No, a Lanata no, en el trece los re apoyan a estos. Y no, claro que no lo viste. No salió en ningún lado, boludo. No sé por qué no se animaron. Y Ganó las elecciones, el ñato. Puto y todo. Ganó esas y ahora estas otras. Una cagada, loco. Se ve que nosotros no las quisimos o no las supimos ganar. Teníamos todo. Ahora nos los tenemos que fumar por cuatro años. Por eso organizaban esos congresos que organizaban. Para maullar como gatitos calientes, boludo. No sabés cómo se daban. Y lo que disfrutaban…
Y bueno, va a Londres, el gil, pero ya como Jefe de Gobierno a un encuentro de alcaldes. Y viene Uno y me dice que tengo que cubrirlo y yo le digo para qué si la data que te tiro no la usás. Además en Londres no me puedo andar colgando de la ventana  que nos cagan a tiros. Me van a confundir con Bin Laden. Nada. Lo seguí. Ni siquiera disimulan. Durmieron juntos. Paseaban por el Big Ben de la manito. Yo le colé un micro en la valija. Tuve audio de la habitación, no imagen. Un audio de mierda, te digo. Nada. Se los escuchaba jadear y reír y decirse todas esas cosas que se dicen los enamorados, sean hombres u hombres y mujeres. Me di cuenta de que para él, el asistente es lo que para mí Fabiana. Hablaban de dejar a la mujer. Sí, la de él, mente podrida. Una parva de años hace que están. Tienen dos hijos, creo. Y uno de un matrimonio anterior de ella. El reptiliano le decía que no podía, que estaba viviendo el calvario de no poder seguir el mandato de su corazón. Re cursi, loco. Igual, te digo, debe ser  jodido. Sí, y para colmo con un tipo. Yo no sé qué le vio el asistente. Y no. Con Fabiana todo bien. Yo también quería dejar a mi mujer. Pero viste. Dos casas, dos autos, los chicos. Mejor aguantar a ver qué pasa. Además, loco, vos también estás casado. Vos sabés: cuánto tarda una en convertirse en igual a la otra. Enseguida el dedo que señala diciéndote lo que tenés que hacer o dejar de hacer. Alicia, igual, es de fierro: me trae a los chicos, todos los días, les acaricio la cara. No sabés la que estoy sufriendo. Es horrible no poder verlos, boludo. ¡Horrible! No. Los médicos dicen que por ahí, con el tiempo… pero yo me cago en las patas. ¿Sabés si me quedo ciego para siempre? Sí, ya sé que no va a pasar, pero ¿y si pasa? Es verdad. No tengo que ni pensar en eso.
A la vuelta de Londres le presento el informe y Uno me dice: pura basura me trajiste. Y qué querés, le dije, cuando te traigo oro en polvo no me das bola y ahora te quejás, gil. Qué van a esperar, ¿a que sea candidato a presidente y a que gane? Y mirá: un visionario fui. Ahí lo tenemos. El reptiliano es presidente. Por ahí, sí. Por ahí usan mi data para apretarlo. Seguro le sacan cosas. Es más fuerte la amenaza que la denuncia, ¿no? Viste cómo se manejan estos carroñeros del orto. Bueno, te dejo. Tengo curación ahora. Dale, la seguimos.  Nos vemos, nos hablamos. Chau, chau.
***

¿Qué hacés, loco? Qué bueno que llamás. Me hacés pasar el rato. Claro. Y sí. Todo bien. No. Nada. No me dijeron nada. Te cuento. El quilombo empezó cuando Mármol me llamó y dijo: es Nueve la de la fuga. Mármol en realidad no es operativo. Labura free-lance. Sí, vende laburo por laburo. Yo me llevo bien con él. Nos hicimos amigos, nos ayudamos. No tanto como con vos, Siete, pero viste cómo es: una mano lava la otra y las dos lavan la cara. Sí, también me llamó y quiso venir a verme pero le dije que no, viste cómo es esto. Yo le dije a Mármol: hay que hablar con Castiglione. Pero no, dijo  Mármol. Castiglione sólo va y trabaja si la orden viene de Cero. Claro. No. Lógico; no lo vamos a mandar nosotros, ¿no es cierto? No te da bola ese desgraciado. Para mí que disfruta con sus limpiezas, el desgraciado.  Te agarra de atrás y te estrangula el hijo de puta. Con una soguita. Qué querés que te diga; goza con eso. Frío como un bloque de hielo. ¿Sabés lo que me contó el otro día? Que antes de cada trabajo va a la puerta de las peluquerías y les revuelve la basura. Agarra los pelos que sobran del barrido y con esos pelos contamina la soga. Queda en la escena. Después toman el ADN de cualquiera. Imaginate, vas a cortarte el pelo y tu ADN está involucrado en un caso de estrangulamiento. Estás en el horno si te lo comparan con otra causa. Imaginate si algún día a estos reptilianos hijos de puta se les ocurre lo del ADN obligatorio. Tu perfil figura en el DNI. Cagamos. Y sí que se les puede ocurrir. Viste cómo es eso. Ahora quieren criminalizar la protesta. El que corte la calle va preso. Es un delito penal. Quiénes se creen que son. La derecha es así, boludo, viene y avanza, arrasa con todo. Como hacen con la selva cuando limpian para la soja. No queda nada. Sólo dólares, boludo. Se los van a comer cuando pudran todo el mundo. Son así, no les importa. Y yo desde que me contó lo de los pelos, me compré una Oster. Sí, son las de  los peluqueros. Me lo rapo. A veces cuando laburo uso peluca. Son boludeces pero hay que ser precavido. No, una mierda me crece el pelo. Apenas pelusa. Dicen que la pelada es por abuelo materno. Sí, el papá de tu mamá: si era pelado, fuiste. No sé. Cosas de la genética. Vos tenés suerte, tenés una pelambre…, viejo. Mi abuelo materno se llamaba Martín y tenía una calva lustrosa, así que imagínate.
Eso te digo. La cosa empezó a complicarse cuando Mármol me dijo lo de Nueve. Y viste cómo es. No voy a ir con el cuento a Uno y menos a Cero. El punto es que un montón de operaciones se frustraron culpa de la bendita fuga. Uno estaba como loco. Yo sé que sospechó de todos nosotros pero somos de fierro. Tal vez por eso no prosperó mi informe sobre el reptiliano. Me hace bien hablar con vos, boludo. Me siento solo acá. No. Alicia no sabe una mierda. Le dije que había sido un tiroteo, que quedé en el medio. Sólo que recopilamos información para el gobierno, bah, el antiguo gobierno. Por eso se vendió la flaca. Sí, Nueve. Está buena, te digo. Tiene buen culo. Y buenas tetas. Si tenía esperanzas ya las perdí con la jeta como la tengo, como una colita de cuadril mechada. Por suerte no puedo verme, boludo. No sé para qué me dan habitación si con un sillón me alcanza. No sabés. Me pongo frente a la ventana –las ventanas dan a Parque Centenario, eso lo sé- y al rato, por una cuestión térmica, tal vez, distingo en dónde está ubicada la ventana. Es decir: visualizo el calor. Yo me lo imagino rojo, rojo fuego, boludo. Y al resto de la pared lo veo negro. Es decir: negro con un círculo rojo. Claro, boludo, las ventanas del Hospital Naval son circulares. Y dan al parque. ¿Que qué hago en el Naval? Y, atiende OSECAC. Como monotributista a mí me tocó OSECAC. Una mierda, como quien dice. Damos la vida por la Organización pero somos monotributistas, nomás. Sin beneficios ni vacaciones.
Igual, en su momento, le había deslizado un informe a Uno en el que, muy tangencialmente, le daba a entender que me había llegado una data incomprobable, le puse entre comillas, sobre Nueve. Deducciones mías, como para que se diera cuenta. Como que algunos seguimientos se vieron frustrados cuando ella intervenía.
Bueno. Te dejo. Ahí viene la comida. Es un asco el morfi acá. Enferma más lo que comemos que lo que la gente trae de afuera. Deseame suerte, boludo, duele como la puta madre. Y sí, ya te digo, son los ojos. Además, tengo todo en carne viva.

***




Y claro que me doy cuenta de que es la mañana. Cantan los pájaros, loco. Los escucho: debe haber un árbol cerca porque algunos cantan más arriba y otros más abajo. Se los visualiza aunque no los veas. Es decir: veo negra la pared, el círculo celeste de la ventana -porque no hace calor ahora- y el esqueleto de un árbol, qué sé yo, un pino, un cedro, eso me imagino, con los pajaritos en las ramas. Además con la llegada del día el tráfico medio que se pone intenso. Bueno. Te contaba, ayer. Después de ese informe se me complica porque me aparece el perro muerto en la vereda. El perro, boludo. Lolo. Mi perro; no sabés lo que lloramos con Alicia. Y los chicos, ni te digo. Si siempre está adentro. Un re quilombo. Degollado. Sí. Un aviso. Yo le dije a Alicia, esto es obra de un loco. Nadie en sus cabales puede matar un perro. Lo que más te duele, chabón, es que son inocentes de todo, los perros. Son fieles, son alegres. Lo único que quieren es estar en la manada. Y ahora la manada se me estaba complicando a mí. Porque si le mando el informe a Uno y alguien se entera como para matarme el perro, la fuga es más grande de lo que parece, ¿no es cierto? Debe estar en los sistemas, Alguien lee o escanea la data. No puede ser. Y encima Castiglione estaba afuera, en Brasil, por lo del tipo ese que terminó, bueno, ya sabés cómo terminó. Entonces viene Uno y me dice vas a tener que operar vos sobre Nueve: desertó. No atiende los teléfonos, nada. Yo sabía que algún día me iba a pasar que iba a tener que hacerlo. No. Nunca. Pero había que hacerlo. Me acordé de Castiglione y lo de los pelos, entonces dije, ma sí, yo contamino todo con sangre. Fui y me conseguí de un laboratorio de análisis clínicos como diez tubitos con sangre. No. Tengo una prima que labura en uno. A Nueve no la íbamos a encontrar ni en pedo. Vos le das a la madre o a la hermana, ordenó Uno, donde se entera de a lo que estamos dispuestos, va a parar, antes de que le limpiemos a la otra. Ella vivía con la madre y una tía vieja. En San Isidro. Sí. Pero en la parte más pobretona. No tiene perro. De algún modo me pareció que el hecho de que no me saliera un perro a chumbar cuando salté la verja confirmaba que fue ella la que estuvo detrás de la muerte de Lolo, pobrecito. Sí. El perro, boludo. Gatos. Las viejas tenían gatos. No se me va más la baranda a meo de felino. No sé cómo mierda podían vivir en esa casa. Entré tranqui. Dormían. Y ahí medio que la cagué poque antes de hacerles nada empecé a esparcir por el suelo la sangre de los frascos. Quería hacer lo que me había dicho Castiglione. Un boludo total. Primero le tendría que haber dado porque cuando los gatos olieron la sangre vinieron y se pusieron a maullar, los pelotudos. Y cuando alzo la vista ahí la tengo a la vieja huesuda, con una bata de puntillas y una sonrisa traidora. No la olvido más. La hija de puta tenía una escopeta recortada. Fue lo último que vi, el fogonazo. El dolor. La huida a ciegas, tragándome las cosas. No. Se ve que la tenía cargada con cartuchos de sal. Después alguien me dijo que mucha gente le mete sal a los cartuchos en vez de perdigones. Sobre todo esas conchudas mata perros. Eso me salvó la vida, loco. Y habrá que aguantar, sí. La ceguera y este gobierno de reptilianos de mierda. Qué se le va a hacer. Lo que te mata, te digo es la espera. Ni siquiera leer puedo y Fabiana que no viene. Me abandonó, loco. Me dejó clavado. Solo. Escuchando radio y esperando las visitas. Y claro, tus llamados, viejo. Tus llamados son lo más: me desahogan. Porque sabés qué es lo más horrible de todo: la última imagen fija en las retinas ya inservibles, che. La cara biliosa de la vieja, la bata con puntilla: ¿Cómo es que se llaman esas telas? ¿Broderie se llaman? Y el fogonazo, loco. La flor de sal incandescente viniendo a quemarme las mucosas de la cara. Imprimiendo como un póster fijo la imagen de ese sol circular en la pared negra. Te mentí, viejo. Lo veo todo el tiempo, mire para el lado que mire. Ganó Nueve como ganaron los reptilianos. Ojalá algún día yo pueda volver a ver los pájaros. Volveremos, sí. Volveremos. Porque los pájaros siempre están en todos los árboles, todas las madrugadas. Solo que no les damos bola. ¿Por qué somos tan giles, Siete? Una mierda, che. Una verdadera mierda.

martes, 17 de noviembre de 2015

BUENAS NOTICIAS

Se dieron a conocer los ganadores del Premio Tejeda

La Municipalidad de Córdoba dio a conocer los nombres de los autores distinguidos por la edición 2015 del Premio Municipal de Literatura “Luis José de Tejeda”, de alcance nacional y abocado en esta oportunidad al género cuento. Los ganadores se detallan a continuación:

1° Premio, “VARIACIONES SOBRE EL MAGÚN”, de BEATRIZ ALOÉ (seudónimo: Cordobesuá), con residencia actual en Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

  Premio, “MAPAS”, de MÁRGARA AVERBACH (seudónimo: Selva Danel), con residencia actual en Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires.

3°  Premio, “CONTINUIDAD DE LA OBRA”, de FERNANDO GARRIGA (seudónimo: Carlitos), con residencia actual en Ezeiza, provincia de Buenos Aires.

Las dos menciones honoríficas fueron otorgadas a las obras:
“LA SUPERACIÓN DEL TIEMPO” de GUILLERMO SANTIAGO GRIBAUDO (seudónimo Gambetti), con residencia actual en Villa Giardino, provincia de Córdoba.

“LA GUERRA DE LOS POZOS”, de JUAN REVOL (seudónimo Rigby), con residencia actual en Villa Allende, provincia de Córdoba.
La selección corrió por cuenta del jurado que integraron Jorge Felippa, Gustavo Gros y Sebastián Menegaz; y se realizó mediante convocatoria abierta y pública (http://oficinadeletras.cordoba.gov.ar/premio-municipal-de-literatura-luis-jose-de-tejeda-genero-cuento-2015/)
Sobre el PremioEl  premio Luis José de Tejeda fue instituido por Decreto Nº 372 “B” del Gobierno Municipal, el día 21 de Diciembre de 1984. Al denominar a este concurso con el nombre de Luis José de Tejeda (1604-1680), la Municipalidad de Córdoba rinde homenaje al escritor cordobés, el primero nacido dentro del territorio que comprende hoy nuestro país.
Este concurso, de carácter permanente y periodicidad anual, está destinado a promover, alternativamente, los géneros de cuento, poesía, novela, ensayo y crítica literaria.
Una característica destacable del Premio Municipal de Literatura es la publicación de las obras galardonadas, esfuerzo que se funda en el interés por jerarquizarlo y, primordialmente, en la necesidad de brindar un efectivo aporte a la cultura de modo que la obra literaria cumpla con su destino final de constituirse en un acto de comunicación con el público.

sábado, 5 de septiembre de 2015



La práctica de la caridad cristiana

En casa no recibíamos regalos de Navidad; papá decía que eso era algo inventado por los comerciantes y que Cristo mismo había echado a los fariseos del templo a los cinturonazos limpios. Papá tenía la manía de “actualizar” su versión del evangelio para que nosotros lo entendiéramos mejor. Por ejemplo, para él, Cristo hablaba a los apóstoles tomando mate; o cuando se metía en el río con Juan el Bautista, usaba un short de baño.
Estaba convencido de que el espíritu navideño era “otra cosa”: significaba la alegría del nacimiento del niño Dios, por supuesto, pero también un día especial en el que, cada año, teníamos que poner a prueba nuestra fe cristiana. Y en función a eso era que a la llegada de diciembre nos organizábamos. Se trataba, ni más ni menos, de una cacería. Mis hermanas y yo, entonces, éramos los encargados de hacer las tareas de inteligencia previas a la operación. En aquella época no había tanta gente viviendo en la calle como hay ahora que se ven familias enteras bajo los puentes de la capital. No. Los pobres eran unos pocos locos que vagaban por el barrio mendigando su comida. De hecho alrededor de algunos se tejían vagas leyendas: por ejemplo había un barbudo del que mis amigos me dijeron un día que era doctor. No sé si en derecho o medicina pero sí que era un erudito que había estudiado y estudiado y que un día le había dado algo así como un surmenage por lo que se había largado a las calles. El tipo era alto, de ojos claros y a mí me hubiera gustado conocer su historia. Pero no. Papá no quería. También se decía de ese tipo que había perdido a la mujer y a los hijos en un enfrentamiento subversivo. Ese, por las dudas, que se vaya con las locas de la plaza, decía mi viejo con esa sonrisa rara que ponía a veces. Entonces, para practicar esa caridad cristiana que dice que el que tiene dos túnicas debe darle una al que no tiene ninguna, terminábamos eligiendo a un mendigo; generalmente se trataba de alguno de los que acampaban a la vera del río o de los que se refugiaban en la estación abandonada, la que ahora es la estación Borges del Tren de la Costa. El punto es que entonces –papá se hacía acompañar por mamá porque él metía un poco de miedo, tan alto y acostumbrado a la voz de mando- para convencer al que habíamos elegido. La idea era hacer que se viniera a casa. Para eso le pedíamos prestada la camioneta del campo al Tío Henry, bah, Enrique. Metían las cosas del vago y al vago en la parte trasera, porque esta gente siempre hiede, y lo traían. Papá mismo, con palangana, jabón blanco y la manguera, se dedicaba al aseo y al baño del necesitado. Con la tijera grande le cortaba las crenchas y después, lo “tusaba”, él decía, con una maquinita de cortar cabello. Por último, lo obligaba a bañarse en la ducha que había a la salida de la pileta, -teníamos orden de no espiar la desnudez escuálida del tipo y nos daba asco, incluso, la posibilidad de andar descalzos por ahí aunque Ramona se hubiera ocupado de trapear todo con lavandina-. Esa misma noche, el resultado, era que teníamos por fin al invitado a nuestra mesa. Había que verlo: quedaba irreconocible así rapado, con un traje bueno de papá, tan impecable que parecía un ejecutivo del Bank of Boston. Comía con hambre y miedo. Nosotros no nos atrevíamos a decir palabra. Eso era la Navidad. Más tarde lo llevábamos de vuelta a sus cartones y sus plásticos bajo su árbol, alejado de todo. Papá le daba unos pesos, antes, ropa y una caja con pan dulce y unas latas de comida.

Al día siguiente nos ocupábamos de las prendas del tipo que habían quedado, hechas un bollo, al costado de la pile. Las levantábamos con unos palos, porque estaban llenas de bichos que podían contaminar, para terminar echándolas a una hoguera. Listo: fin de la Navidad. Después sobrevendría nuestra vida normal, nuestro año de todos los años. Ese era, sencillamente, el regalo que papá nos hacía: la experiencia de practicar la caridad bien entendida, que empieza por casa.

domingo, 23 de agosto de 2015

El pescador

Como óptimos turistas, la práctica que hacemos con Daniel a media mañana, porque en las playas de Santa Marta el sol del mediodía te puede llegar a matar, es esperar que vuelvan los pescadores a la costa, para comprarles lo que hayan podido sacar.
Elías García, pesca con red. Es decir, doce tipos con sogas, desde la playa y uno en bote desplegándola.
Charlamos, mientras. Ah, argentinos, boludo, che, dice uno. Risas de ocasión. Luego del trabajo, la transacción y por un plus, la limpieza del pescado. Pargos. Pocos, de poco tamaño. Los pelícanos como perros, sobre las vísceras que arrojo a la rompiente de ese mar cálido, maravilloso. La sartén espera.
Elías se queja. Cada vez menos pescado, dice.
Tal vez sean las barcazas, dice.

Las barcazas son unos pontones que se ven desde el avión: cien tal vez o mil, fondeados a las afueras del puerto. Tienen que ver con el carbón. En Santa Marta se extrae carbón. Dicen que por sobre peso algunos se hunden, que contaminan. Dicen que cada vez hay menos pescado. Por cada tirada de la red, operación de gran esfuerzo físico que insume toda la mañana, desde la siete hasta las once, todo lo que sacan es unos diez o veinte pargos y alguna pescadilla que se reparten entre los presentes, para sopa tal vez, con ruido a tripa. Cuánto pueden sacar, nos preguntamos. La pobreza de los tipos es obscena. Duele. El costeño en que hablan es indescifrable. Todo es como un condimento más; no deja de estar riquísimo. 


 

martes, 18 de agosto de 2015

Lo que hay que saber al volar


 La excitación infantil es producida por el sello en el pasaporte. La chica de migraciones está dentro de su pecera (debería decir de emigraciones, pienso). Ella se sonríe cuando le digo, chica de la pecera. El trámite me coloca al otro lado, el borde de un país, en la cornisa. Miro a través del vidrio la reposta de combustible por parte de las empresas de servicios que cargan el avión en la pista. La organización hormiga que implica la actividad aeroportuaria. El asiento por fin, cuando embarcamos, incómodo, tan chiquito para un grandulón. La prueba de los botones; el personal de a bordo y las indicaciones, el carreteo, el silencio religioso de los pasajeros que se aferran y sienten el rigor de la aceleración. Las vibraciones, fuentes de posibles peligros, los sonidos que desconoce el que vuela por primera vez, el movimiento ascendente, repentino silencio y la tarde afuera, las casitas allí abajo, tan pequeñas. Al avión se lo siente flotar: en definitiva el aire es un fluido; luego se inclina y muestra un suelo verde y poblado. Y sigue ascendiendo hasta que de repente obsceno, majestuoso, enorme: el Río de la Plata. El horizonte curvo y otra vez la inclinación de las alas y mi amado Delta: las luces de los barcos y ahora sí, rumbo oeste. Ciudades a cada tanto, la noche, la Cordillera de los Andes, las turbulencias, el abróchense los cinturones. La comida insípida, en una bandejita plástica con gusto artificial y la imposibilidad de comer sin hacer chanchadas en un espacio tan mínimo. Por suerte sirven vino una o dos veces. Dormir. Cambio de avión en Lima. El de seguridad que me pide que me quite el cinturón y la chaqueta. Dice chaqueta: primera, mínima rajadura idiomática ya que lo que llevo es una camperita de algodón y la porteñidad lingüística que me va a acompañar como un asfixiante vestido o un traje de buzo, mejor dicho, de incomunicación porque, ya me lo han dicho, mi argot rioplatense es bastante cerrado y las mismas palabras significan distintas cosas en distintos lugares. O nada; como monedas que uno arrojara, justamente, desde un avión sobre ciudades. Lima en los rasgos japoneses de la chica de la compañía aérea. Bellos ojos gatunos. La espera. La compañía telefónica que me brinda solo diez minutos de wi fi gratuitos dejando en claro que el Perú es un país neo liberal, si supiera San Martín. Distintos cánones de la belleza adaptados, según las publicidades, a los fenotipos locales. La sospecha de una especie de gran hermano transnacional, cosas que a fuerza de costumbre y cotidianeidad se me pasan por alto.
El segundo avión. La organización del embarque. Las prerrogativas de los que viajan en business que se exhiben en la holgura de sus asientos de cuero, a dos filas por lado y no a tres como en la económica, con sus copitas de champán (plásticas, eso sí) en las manos mientras los que embarcamos después, estamos condenados a la sórdida envidia y transitamos como una cuerda de condenados a la clase que va al fondo del avión. Y todo a pesar de la amabilidad de las azafatas con esos peinados tersos y sus trajecitos y boquitas pintadas de dientes tan blancos que nos indican cómo se ajusta la balsa amarilla que hay debajo del asiento y otra vez el traqueteo del despegue, los sonidos raros como de perrito ladrando en la bodega y la cortina que separa las clases sociales que vuelan, los agujeros de los culos de todos apuntando hacia tierra, sentaditos, con i- phones puestos en modo avión y en los jueguitos o libros: novelas amorosas, o best sellers policiales, rara vez literatura.
Y bueno. En Bogotá otra espera y otro avión hasta que Santa Marta y, digamos, el bochorno del calor y, como un paréntesis: las vacaciones. Los amigos, el cariño en la comida que Diana prepara y la risa de Daniel cuando digo nafta en vez de gasolina y estacionamiento en vez de parqueadero. La vuelta, cerrado el parénteis, bien digo, es otro avión, las mismas ciudades traslúcidas tras los vidrios de los aeropuertos, esta vez en el sentido inverso. Bogotá, Lima. Los controles, los cacheos. La vergüenza idiosincrática de soportar la prepotencia de las risas y los vozarrones de mis compatriotas que vienen de Cancún. Las compras ostentosas, los últimos dolaritos transformados en botellas de Bailley´s, en perfumes. Recluido en mi burbuja de silencio los observo apartando apenas  la mirada de los renglones de Saer. Más que observo los escucho. Sigo sus diálogos: los distingo del silencio y de las voces respetuosas con que se hablan entre sí los colombianos, ecuatorianos y peruanos. A algunos argentinos, los que no callan, se los reconoce por el modo en que mascan el chicle, por el grito y la falta de respeto con que expresan su fastidio por la demora de casi una hora en embarcar. La chica de la empresa, con estudiada corrección, indica que hay una conexión con retraso desde Miami de la que deben provenir unos treinta compañeros de nuestro vuelo. Y las voces que se elevan diciendo que se jodan, que los pongan en otro y las risas y a ver quién se destaca por ser el más gracioso de entre todos los tarados, recientes amigos de tour de compras que veré más tarde, ya en Ezeiza, después de otras nuevamente compras de perfumes en el tax free shop, abrazarse y despedirse diciéndose a ver cuándo nos vemos en casa, y comemos carne de verdad, che, y no esa mierda que nos daban. Y dale, que siga, que no se corte. Y llegar por fin a la patria, es decir el abracito de mis chicos, la delicadeza de los labios de Laura, que está tan suave y bella, que ha ido a la peluquería. Y los perros y mi calle todavía de tierra y el cielo arriba, noche que nos envuelve.