martes, 16 de octubre de 2018

La creación del universo




“En el centro puntual de la maraña
Dios, la araña”
Alejandra Pizarnik



Primer día

Teje su tela la araña
pulsa los hilos
tañe sonidos
ondas que viajan
esferas concéntricas
de tiempo y espacio.

“Se ha formado un universo” dice la araña.

A propósito: tal vez sea por su bigote cano o su marcado prognatismo,
pero la cosa es que le encuentro un parecido tremendo
a Roberto Galán.
                                                
El hecho de sentirse reconocida pasados tantos años tras de su deceso
reaviva el ego –eso que se pierde a la hora de la muerte– de la araña.
Por eso ríe, Roberto, y al reír su canino de oro destella.
Dice:
“Y se hizo la luz”.


Es cierto, yo pensé, viendo las chispas en la oscuridad.
Y sólo se trataba del primer día.




Segundo día

Entonces Roberto sopló
y con retazos de su tela hizo al mundo
con sus mares, sus montañas
y sus fuegos.
Lo amasó
le dio forma de bola y lo hizo girar
ante sus ojos como hace
Lebron James
con la bola de baloncesto.


“Primer cuarto”, dijo Roberto, Dios, la araña.
Pero había malicia en su mirada
Nada de todo esto puede terminar bien, concluí.
“Es que sos muy pichi”, agregó con tono burlón. “¿Ni siquiera te diste cuenta de que el tiempo creado es circular, que no tiene cola ni cabeza; ni principio ni fin?”. Y diciendo esto señaló la ola de sonido que se  había formado al pulsar la primera cuerda. La onda se alejaba desde nuestro punto hacia todas direcciones para no volver nunca más. El sonido, en su repetición, formaba bucles de tiempo y al vibrar creaba la materia de las cosas;  igual a eso de que el verbo que se hace carne al ser pronunciado. Daba pena pensar que, culpa de que la araña hubiera creado el tiempo, nadie nunca volvería a oír la bella música del origen de la nada, la primera nota. Me entristecí sobremanera. Caí en la cuenta de que al suceder, cada instante se transforma de inmediato en pasado. La idea me angustiaba: y mucho más si me ponía a pensar que uno nunca sabe lo que el porvenir depara.
Empecé a sentir sudor frío, palpitaciones, temor.
Roberto me observaba.
“Respirá. Respirá tranquilo. Despacio y profundo”, dijo. “No te preocupes; sólo estás teniendo un ataque de pánico”.

Entonces hizo lo más maravilloso que una araña
puede hacer suceder. De entre sus pedipalpos, por arte de magia, hizo aparecer un Rivotril.
El primer Rivo de la creación.
Envió la pastilla flotando hacia mí, adherida a un trozo de tela de araña
La tomé y empecé a calmarme.


“Segundo cuarto”, dijo Roberto. “Entretiempo”.
Pero persistía su mirada maliciosa.
“Lo malo es la abstinencia” agregó con un suspiro.
Sus palabras retumbaron en infinidad de ecos. Estaba atrapado,
de todas maneras no creo que sintiera mucha voluntad de escape. 
Medité sobre deseo y abstinencia:
Resultaban, claramente, dos caras de una misma moneda.
“El deseo”, afirmé alzando un dedo admonitorio, “tira más que yunta de bueyes”. Pero pasó que la pastilla me había adormecido la lengua; creo que sólo emití balbuceos. Un hilo de baba cayó de mi boca.
Sólo se oía la respiración de Dios, Roberto, la araña y los hermosos tañidos, lejanos ya.
No sé si lo soñé o lo pensé entredespierto. Pero hablando de deseo me hubiera gustado no encontrarle tanto parecido a Galán sino mejor a Pampita, o Nicole Neuman o por lo menos a la Moria Casán de cuando yo tenía trece.
¿Ves?, dijo la voz de Dios dentro de mí: te lo dije: es circular.
Y estalló en carcajadas.
Tenía Su Voz dentro de mi cabeza: era espantoso.
“Dame algo más” solicité desesperado. “Algo más fuerte, un whisky, al menos”.
Respondió que no, que debía esperar al domingo,
a que él creara el domingo.
Que los domingos habrían de ser maravillosos días de descanso y adoración de su magna obra. “Obra”, dijo. Que serían de sol, justicialistas, y haríamos fila con las bocas entreabiertas para recibir, según la prescripción, media o un cuartito y los más afortunados, una pastilla entera. Después sí, podéis ir en paz, se nos diría.
Estaba seguro de que se burlaba de mí, Dios, la araña.
Pero parecía concentrado en otras cosas. “Tercer cuarto”, dijo.

Se puso a contar una historia que no entendí en lo más mínimo. Los dinosaurios,
dijo, en realidad no eran animales sino una civilización muy avanzada de reptilianos.
Ellos, y otras razas: los pleyadianos junto a los anunakis y los sirianos,
fueron a la Tierra en busca de la salvación de todas los seres.
No es cierta la teoría del meteorito respecto de la extinción de los dinosaurios, aseveró.
No y no. Puras bobadas. 
Yo no entendía. Nunca había visto un dinosaurio en mi vida ya que no habían sido aún creados.
Es que caminamos hacia el pasado, explicó la araña otra vez metida dentro de mis pensamientos.
El futuro es el punto de partida, el deseo es el motor.
La nada es el punto de llegada.
Demasiado complicado, yo pensé.
La cosa es que esas razas crearon a los humanos. Es decir, dotaron de inteligencia a  monos, dijo.
A monos como vos.
El punto es que la inteligencia artificial es la que vos tenés:
¿Llegás a darte cuenta?
Después se quedó moviendo la mandíbula
como cuando Galán se acomodaba los postizos.
Y con esa inteligencia ahora tienen el tupé de venir y preocupase por los alcances
de la inteligencia artificial de las máquinas que crean.
¡Qué estupidez, por mí!, exclamó Dios, la araña Roberto.

“¡Cuarto cuarto!”, exclamé contento de interrumpir el soliloquio.
“¿Cuarto cuarto, qué?”, preguntó medio enojado.
“Ahora comienza el cuarto cuarto”, dije.
“Ni ahí”, su tono fue cortante. “Sólo tres cuartos, lo que viene es el tercer día”.
“Pero en el básquet…” intenté argumentar, “pero un entero…”
“No existe el básquet” dijo Roberto. “Sólo tres cuartos y chito la boca”.





Tercer día

El tema es que, como Galán provenía del mundillo del espectáculo, le fascinaba el showbisnes.
Dedicó casi toda la mañana a la escenografía: “todo programa debe montarse dentro de un adecuado marco”, dijo. Y así fue. Creó foquitos titilantes que agrupó en galaxias. Era muy gracioso ver cómo se hurgaba la nariz –o lo que parecía su nariz, es decir dos oquedades entre medio de sus ocho ojos– y sacaba un moco y lo arrojaba al vacío: “ahí va Saturno”, decía.
Después, con minuciosidad de divino orfebre, a cada planeta le dio sus lunas y sus atardeceres. Creó la nostalgia de las nubes rosas, las bandadas de patos volando en v sobre extensos pastizales. La niebla, los peces y las garzas. Pintó cada insecto como si fuera único, con mil tornasoles. Sólo bastaba con admirar el brillo verde metálico sobre el negro del cuerpo de una mosca. “¿No son hermosas?” me preguntaba ante el nacimiento de cada bichito. Hizo montañas y ríos plateados y otros marrones. A cada piedra le escondió un tesoro.
Estaba tan concentrado en su creación que se olvidó completamente de mí.
Por la tarde practicó coreografías y dio forma a sus secretarias. ¡Mi Roberto!, ¡qué lindas muchachas! La más hermosa era una mantis religiosa de colores que iban del verde esmeralda al violáceo. Y con unos ojos achinados, ámbar, que podías ahogarte en ellos. Ya quisiera tener yo dotes para el dibujo como para poder retratarla. Pero no, soy sencillamente un negado para el arte. Sólo recordar su sonrisa enciende una especie de fuego en mi interior. Y su cinturita de avispa, la araña me perdone. Hizo también a otras secretarias, todas agradables, sabrosonas y en extremo inteligentes.
Después, como ya he dicho, se pusieron a practicar coreografías. La araña se peinaba las canas con polvo de estrellas y parándose frente a cámara decía: “¿Y usted, cómo está del corazón?”
Los querubines revoloteaban alrededor nuestro. Cantaban con voces llenas de un preciosismo lírico tan elevado que nunca jamás podrá ser reproducido en promo alguna de programa.
Yo no existía, casi, para Dios. Apenas tendría la significancia de un átomo, de una molécula, de un electrón atrapado en la vastedad de la telaraña. La mantis y las otras se hamacaban y reían con mohines indolentes, como chicas adineradas que viven sus lujosas vidas en los countries.
Roberto se dio cuenta de que yo las deseaba.
“Nada de todo esto es cierto”, dijo. “Nada”.
“¿Y entonces?”, pregunté: “¿Cuál es el propósito de todo?
Galán carraspeó.
“¿El propósito del todo?: la nada. No hay propósito, todo es nada, pichi.

Entonces lo vimos llegar flotando,
como un satélite perdido,
se trataba de uno que venía en silla de ruedas.
Daba vueltas, ingrávido
 y nos gritó como si pretendiera advertirnos de algún peligro extremo:
 “Hologramas, no somos otra cosa
que hologramas.”

“¿Y cómo estás del corazón?” volvió a preguntar
Roberto a cámara.
“Porque: yo me quiero casar, ¿y usted?”
Abría los brazos con teatralidad.
La música de los querubines volvió a acontecer.



Cuarto día

A decir verdad, resultó un poco más aburrido que el anterior. Es que Dios, la araña, Roberto estuvo dedicado a la creación del fitoplancton, las amebas y algunos moluscos.
E incluso se vio enredado en las dificultades del ciclo de Krebs respecto de la respiración celular.
De repente, golpeándose la frente dijo: “Pero soy un tarado. Son tres atp, no dos ¡Tres!”
“¿Atp?”, pregunté.
“Adenosín tri fosfato”, respondió con la soberbia de un profesor del colegio secundario que se ve obligado a detener la clase a causa del desinterés de sus alumnos bobotes.
“El atp”, prosiguió, “es la moneda de cambio en todos los procesos metabólicos. Almacena la energía necesaria para producirlos. Al final queda oxalacetato que tiene la capacidad de volver al principio y reiniciar el ciclo. ¡Soy un genio!, ¡me encantan las cosas cíclicas, sin cola ni cabeza!”, gritó aplaudiéndose a sí mismo. Del acetil al oxalacetato. Resultante: cuatro carbonos, ¿entendés?, ¡Cuatro!”
A esa altura yo estaba retorciéndome en la tela. Deseaba con toda mi alma que ya fuera domingo, que correspondiera una pastilla toda entera para mí, que la mantis me charlara, que pasáramos la tarde viendo la lluvia de meteoritos, que comiéramos torta frita.

Roberto estaba feliz. Se había puesto a dar pasos de tap y a cantar la promo otra vez:
            “Nací para ti
Aquí me tienes
qué te hace feliz/
Dime qué quieres/
Esperé en soledad/
por tanto tiempo/
que me estás dando la vida/
si sientes tú lo que yo siento.

Después, prestamente, querubines, secretarias y hasta yo, teníamos que hacer los coros:
“Juntos los dos
es como un sueño.”

Las estrellas titilaban y la mantis y las otras eran tan hermosas…
Sentí prístinamente que de inventarse la felicidad
debía parecerse a esto.


Quinto día

Desperté. Roberto andaba por los confines de la tela, corrigiendo detalles por el lado de Orión. Parece que había una guerra en la que todas las razas estaban dispuestas a exterminarse. A Roberto le daba bronca que sus “hijos” se pelearan. De ahí que vino eso de la creación de los humanos con un poco de adn de cada raza, explicó. Pero a mi qué me importaba. Hacía frio y faltaba para el domingo. La telaraña me dolía en los puntos de contacto. El pegamento que me retenía me provocaba escaras. “Tendrías que usar algo antiescaras”, le grité tratando de que viera cómo se me había puesto la piel a la miseria. Pero nada: Dios andaba en sus cosas. Miré las estrellas. “¿Este es el propósito?”, me pregunté. Porque desde que había empezado todo yo había estado siempre en situación de espera. “¿La espera es el propósito?” grité en dirección a Roberto. Pero sólo el eco, ondas de sonido, bucles, anomalías en la configuración del tiempo espacio. Estática. Ni siquiera la mantis, ni las otras. Todos parecían tener algo que hacer menos el susodicho. Lo mío era la espera nomás, esperar que algo sucediera, esperar la pastilla, esperar que alguien viniera, que algo cambiara.

La vi venir también como a un satélite
Una mujer, una joven suicida.
Traía la camisa envuelta en llamas:
“No es cierto que se espera”
dijo. Tenía la voz dulce, melancólica, arenosa de alcohol  y de tabaco
“No es cierto que se espera, repitió. Se desespera. Esperar no es un verbo
no indica acción, significa
yacer porque alguien no viene.”
La misma fuerza de la inercia que la trajo, la alejó de mí.
Parecía estar tan sola.


Entonces, si esperar no era el propósito: ¿De qué carajos se trata todo? ¿Cuál es el sentido? Dios, Roberto, por favor; que alguien me conteste. Necesito calmar mi ansiedad.

Al rato Roberto se acercó por los hilos.
“No hay ningún propósito” aseveró su voz dentro de mi cabeza.
“Pero, entonces: ¿Qué hacemos acá? ¿Qué sentido tiene todo, incluso tu vida?”
De haberlos tenido, Dios se hubiera encogido de hombros.


Después pasó las horas ensimismado en los detalles
del reino fungi.
Las hifas, las esporas, los esporangios.

Sexto día

Dolor de garganta, sensación de ahogo.
Las patas de la araña
me tenían agarrado del cogote.
Vi mi gesto de terror ocho veces reflejado
en lo negro de sus ojos
tan próximos, pegados a los míos.
Sentí su halitosis
cuando abrió la boca
para comerme:
y me comió.



Séptimo día


Dentro del vientre de la araña no se está tan mal como podría pensarse. Es un sitio como tantos y se siente, incluso, confortable. Aquí sólo hay una luna. Los días sean tal vez un poco iguales los unos a los otros. Al tiempo se lo supone lineal; nadie se atreve a cuestionar eso, lo que lleva a algunos malentendidos. Incluso también existen los domingos. Se envejece, se anhelan cosas materiales. Los atardeceres son nostálgicos. Aquí las mantis son insectos muy pequeños que casi en nada evocan la belleza, la sensualidad de la original. A lo mejor sea el veneno, de la araña, digo, el que provocó el olvido. De todas maneras: ¿a quién le importa? Siempre andamos pendientes de la pantalla de eso que llamamos computadora. A los niños se les enseña la teoría del meteorito como causal de extinción de dinosaurios. Se les habla de la supervivencia del más apto. Se los prepara para adaptarse. Usamos teléfonos para comunicarnos y conocer en qué andan los demás. En realidad mucho no tenemos para decirnos, pero, para disimular, llenamos la conversación de frases hechas, palabras huecas que no dicen nada, verbos que de crear, sólo pueden crean carne muerta, podrida. Una sola cosa es excluyente: se habla siempre de dinero. La vida gira en torno a eso. Lo creemos la médula que sostiene todo, la base de la felicidad y la medida del éxito. Por suerte también aquí, el Rivotril existe.













lunes, 25 de junio de 2018

La luz del sol de la mañana

La luz de la mañana
tiene un poder inmenso.
Lo saben las vecinas
Cuando intentan atraparla
Colgando sábanas
como si fueran redes
de atrapar soles
en terrazas
en jardines
en balcones.

Se exorcizan
las huellas fantasmales
que en la tela impregnó la noche
cuando oscuros visitantes vinieron
en busca de dar mensajes de ayuda,
en busca de cuerpos dormidos.

El sol de la mañana
Tiene poder
Lo sabe mi perra
Que se echa
al influjo  
de su rayo amable e invernal
Lo absorbe en sus huesos
Y sueña
Con olores
Con churrascos
Ella no se pregunta
por esas almas
que penan
Sencillamente las ve
moverse
en las sombras
en las mangas
que bailan al oreo.
Ella se sabe a salvo
si hay sol.

Por las tardes todo es distinto
La suerte del día
Ha sido echada
El poder mengua
Como mengua la luz
En su acontecer

El frescor
De esas mañanas puras
Atrapado en esas sábanas
se libera cuando alguien las destiende
al acostarse.
Opera como protección
Contra la muerte
Contra la ocupación
del cuerpo dormido que yace
vacío.
Porque el que sueña
se ha ido
hacia otros sitios
donde sueña que baila,
sueña que canta, sueña que vuela.

 ¿Qué otro cuida entonces de los que dormimos?
¿Quién otro sino que el poder retenido del sol
Extraído del ámbar central de la misma mañana
puntual
en la que amorosas manos
ventilaron
y esparcieron al aire
los vestigios,
las chispas plateadas
de todos los finales
de la noche?

La luz de la mañana tiene más poder
que cualquier nación triunfal.
en el mundo.
Ondean sus banderas
En terrazas
En jardines
En balcones.


lunes, 14 de mayo de 2018


Soñó que se caía en la bañera. Que se patinaba y del golpe quedaba desmayado. No sabe pero supone que dio la nuca con algo y vio negro y esas cosas. El peso de su cuerpo obeso, desnudo, lampiño, enjabonado hizo que se fuera calzando cada vez más dentro de la bañera, situación propiciada por los bordes lisos del enlozado y la lubricación del agua. Perfectamente calzado. Al punto de que al despertar –porque sentía frío– se dio cuenta de que tenía los brazos atorados, porque de algún modo le habían quedado las manos debajo de las nalgas. No podía moverse. Toda su forma era la de la bañera. Lo único que tenía afuera eran los pies, pero no podía moverse, ni salir. Sintió claustrofobia. Desesperación. En el sueño debió haber gritado tanto que Celina apareció. –¿Qué te pasó, boludo? –le preguntó. Estaba tan hermosa. Vestía jeans y las All Stars de siempre. Un sueter de alpaca en tonos marrones con dibujos de llamas en el cuello y en los hombros. Le daba vergüenza no poder taparse. Le daba vergüenza ver que ella le miró el pito, tan chico, más con el frio. Nunca hubiera querido que Celina viera que él era chiquito. Nunca. Después venía Mirko para ayudar. En el sueño sentía celos de verlos juntos a Celina y Mirko. ¿Qué hacen estos dos?, se preguntaba. También llegaban Tito, el maestro y hasta el imbécil del doctor Mastronardi. Todos entraban al baño, observaban la escena, es decir a él atrapado en un sarcófago bañera, le echaban una mirada a su pito y no decían nada. Le pasaron una cincha debajo de la espalda con una argolla sobre el pecho. A esa argolla le ponían un gancho que daba a un aparejo de esos que tienen los mecánicos para subir los motores cuando los sacan de los autos. Esos aparejos que cuelgan de unos caños. Ruidos de cadenas. Lo subían. Uy  miren, tiene sangre en la nuca, decían. Debe haberse golpeado con las canillas. Del pito no decían nada. Pero lo habían visto, todos. Sabían ahora. Al final terminaba sentado. Se masajeaba los brazos. Tenía amoratada la piel en los lugares que estuvo pegada a las paredes de la bañera. Celina le alcanzaba la bata. –Te preparo un café– decía –debés estar muerto de frío, mi amor.
Esas últimas palabras perdonaban todo. Lo curaba del entumecimiento, del dolor de cabeza, de la vergüenza sufrida. Después se iban. Sentía las voces yéndose por el pasillo. Conversaban entre ellos. El olor del café lo despertaba. Lo despierta. El gato Karin Sama a los pies de la cama. Dormido. Con esa cosa de esfinge que tienen los gatos que te miran con los ojos cerrados. Aroma a café desde la casa de Liliana, la vecina. –Hola Karim –saluda Osvaldo. El gato abre una rajita los ojos. Una raja verde en la cara blanca. Tiene las manos escondidas debajo del pecho. Dobladitas. Las dos iguales. Es domingo. Hace frío.

domingo, 18 de febrero de 2018


Página 55, quemá esos papeles

Fondo con fondo, el jardín de la casa de mis padres daba al de la de un vecino, en ángulo. La parrilla no la usaba para asado, no: quemaba papeles. Cada quince o veinte días quemaba papeles. Este debe ser montonero, decía papá. Debe estar quemando literatura montonera por miedo a que vengan y se la encuentren. Le quedó el mote: el monto. Tenía una perra que se llamaba Jimena. También, por extensión, le decíamos Jimeno. El monto, el Jimeno. Y la Jimena a la esposa. Mis papás se saludaban con los Jimenos cuando se cruzaban en la calle. A veces volaban pedazos de papeles carbonizados por el tubo de esa chimenea. Caían a nuestro jardín, eran restos calcinados de revistas. No se deducía nada de dos, tres letras que se entreveían. Nada.

Años después, un día que mis viejos no estaban, con unos amigos nos sentamos a fumar porro en el jardín. Había sol, era un día precioso. El Jimeno nos miraba detrás de la cortina de su ventana, su silueta se entreveía por el contraluz. Mis amigos me dijeron, mirá, tu vecino nos espía. Ese, dije yo, quemaba cosas. Para ellos no significó nada que el tipo quemara cosas. Seguimos fumando, el vecino siguió en el trasluz, como un fantasma.