lunes, 25 de junio de 2018

La luz del sol de la mañana


La luz de la mañana
tiene un poder inmenso.
Lo saben las vecinas
Cuando intentan atraparla
Colgando sábanas
como si fueran redes
de atrapar soles
en terrazas
en jardines
en balcones.

Se exorcizan
las huellas fantasmales
que en la tela impregnó la noche
cuando oscuros visitantes vinieron
en busca de dar mensajes de ayuda,
en busca de cuerpos dormidos.

El sol de la mañana
Tiene poder
Lo sabe mi perra
Que se echa
al influjo  
de su rayo amable e invernal
Lo absorbe en sus huesos
Y sueña
Con olores
Con churrascos
Ella no se pregunta
por esas almas
que penan
Sencillamente las ve
moverse
en las sombras
en las mangas
que bailan al oreo.
Ella se sabe a salvo
si hay sol.

Por las tardes todo es distinto
La suerte del día
Ha sido echada
El poder mengua
Como mengua la luz
En su acontecer

El frescor
De esas mañanas puras
Atrapado en esas sábanas
se libera cuando alguien las destiende
al acostarse.
Opera como protección
Contra la muerte
Contra la ocupación
del cuerpo dormido que yace
vacío.
Porque el que sueña
se ha ido
hacia otros sitios
donde sueña que baila,
sueña que canta, sueña que vuela.

 ¿Qué otro cuida entonces de los que dormimos?
¿Quién otro sino que el poder retenido del sol
Extraído del ámbar central de la misma mañana
puntual
en la que amorosas manos
ventilaron
y esparcieron al aire
los vestigios,
las chispas plateadas
de todos los finales
de la noche?

La luz de la mañana tiene más poder
que cualquier nación triunfal.
en el mundo.
Ondean sus banderas
En terrazas
En jardines
En balcones.


lunes, 14 de mayo de 2018


Soñó que se caía en la bañera. Que se patinaba y del golpe quedaba desmayado. No sabe pero supone que dio la nuca con algo y vio negro y esas cosas. El peso de su cuerpo obeso, desnudo, lampiño, enjabonado hizo que se fuera calzando cada vez más dentro de la bañera, situación propiciada por los bordes lisos del enlozado y la lubricación del agua. Perfectamente calzado. Al punto de que al despertar –porque sentía frío– se dio cuenta de que tenía los brazos atorados, porque de algún modo le habían quedado las manos debajo de las nalgas. No podía moverse. Toda su forma era la de la bañera. Lo único que tenía afuera eran los pies, pero no podía moverse, ni salir. Sintió claustrofobia. Desesperación. En el sueño debió haber gritado tanto que Celina apareció. –¿Qué te pasó, boludo? –le preguntó. Estaba tan hermosa. Vestía jeans y las All Stars de siempre. Un sueter de alpaca en tonos marrones con dibujos de llamas en el cuello y en los hombros. Le daba vergüenza no poder taparse. Le daba vergüenza ver que ella le miró el pito, tan chico, más con el frio. Nunca hubiera querido que Celina viera que él era chiquito. Nunca. Después venía Mirko para ayudar. En el sueño sentía celos de verlos juntos a Celina y Mirko. ¿Qué hacen estos dos?, se preguntaba. También llegaban Tito, el maestro y hasta el imbécil del doctor Mastronardi. Todos entraban al baño, observaban la escena, es decir a él atrapado en un sarcófago bañera, le echaban una mirada a su pito y no decían nada. Le pasaron una cincha debajo de la espalda con una argolla sobre el pecho. A esa argolla le ponían un gancho que daba a un aparejo de esos que tienen los mecánicos para subir los motores cuando los sacan de los autos. Esos aparejos que cuelgan de unos caños. Ruidos de cadenas. Lo subían. Uy  miren, tiene sangre en la nuca, decían. Debe haberse golpeado con las canillas. Del pito no decían nada. Pero lo habían visto, todos. Sabían ahora. Al final terminaba sentado. Se masajeaba los brazos. Tenía amoratada la piel en los lugares que estuvo pegada a las paredes de la bañera. Celina le alcanzaba la bata. –Te preparo un café– decía –debés estar muerto de frío, mi amor.
Esas últimas palabras perdonaban todo. Lo curaba del entumecimiento, del dolor de cabeza, de la vergüenza sufrida. Después se iban. Sentía las voces yéndose por el pasillo. Conversaban entre ellos. El olor del café lo despertaba. Lo despierta. El gato Karin Sama a los pies de la cama. Dormido. Con esa cosa de esfinge que tienen los gatos que te miran con los ojos cerrados. Aroma a café desde la casa de Liliana, la vecina. –Hola Karim –saluda Osvaldo. El gato abre una rajita los ojos. Una raja verde en la cara blanca. Tiene las manos escondidas debajo del pecho. Dobladitas. Las dos iguales. Es domingo. Hace frío.

domingo, 18 de febrero de 2018


Página 55, quemá esos papeles

Fondo con fondo, el jardín de la casa de mis padres daba al de la de un vecino, en ángulo. La parrilla no la usaba para asado, no: quemaba papeles. Cada quince o veinte días quemaba papeles. Este debe ser montonero, decía papá. Debe estar quemando literatura montonera por miedo a que vengan y se la encuentren. Le quedó el mote: el monto. Tenía una perra que se llamaba Jimena. También, por extensión, le decíamos Jimeno. El monto, el Jimeno. Y la Jimena a la esposa. Mis papás se saludaban con los Jimenos cuando se cruzaban en la calle. A veces volaban pedazos de papeles carbonizados por el tubo de esa chimenea. Caían a nuestro jardín, eran restos calcinados de revistas. No se deducía nada de dos, tres letras que se entreveían. Nada.

Años después, un día que mis viejos no estaban, con unos amigos nos sentamos a fumar porro en el jardín. Había sol, era un día precioso. El Jimeno nos miraba detrás de la cortina de su ventana, su silueta se entreveía por el contraluz. Mis amigos me dijeron, mirá, tu vecino nos espía. Ese, dije yo, quemaba cosas. Para ellos no significó nada que el tipo quemara cosas. Seguimos fumando, el vecino siguió en el trasluz, como un fantasma.


El Gorila

Mirábamos el parque. El paraíso que supimos implantar, el que Laura cuida en la tranquila suma de todos sus días. De pronto, al fondo de un sendero que se inicia detrás del nogal, entre los bananos, veo la oscura silueta sentada de un gorila. Un gorila enorme, como los de las películas. El miedo me hizo reír. Es imposible, decía mi mente, que existan gorilas en la provincia de Buenos Aires y blá, blá, blá. La imagen contradice: el ojo percibe la presencia bestial entre la vegetación. No nos mira: está sentado, la espalda contra un tronco y mira hacia atrás de la loma, más allá del estanque. Parece nostálgico, o al menos pensativo. Axioma: si se da vuelta y sus ojos brillan, corremos peligro. No soy tan idiota. No chisto ni nada. Laura susurra, es verdad, es un gorila. Se le ve el brazo, largo, apoyado más allá de sus cortas piernas. ¿Y si se trataba de una presencia fantasmal? ¿Una premonición no enunciada y ya cumplida? Seguimos mirando, esclavos de nuestra adicción al miedo. En eso estábamos cuando se acercó Celeste, mi sobrina que está pasando una temporada con nosotros antes de su viaje a Francia. Ella es un ser racional.  ¿Qué miran?, preguntó. Le contamos con gestos y susurros, no fuera cosa que. Vio al mismo gorila que nosotros.  Son sombras, dijo, explicó. Claro, es joven: tiene su mente llena de pensamientos lógicos. Yo lo único que pedía era que el gorila no se diera vuelta, que no tuviera ojos brillantes aunque parecía, en su actitud, un poco triste; como sumido en la profundidad de sus propios pensamientos. Vení vamos a ver, dijo Celeste. Supongo que mi hombría indicó que yo, el tío, el marido, tenía que ir primero. Encaramos esquivando el chorro de los aspersores que hace ya rato estaban regando. Al atravesar la humedad se sintió cierto frescor en el bochorno de la siesta de febrero. La sombra de las plantas era densa, tranquila, como si la energía de nuestro parque fuera el bucle que hace una sábana cuando se tiende la cama. Llegamos al sitio: estaban los plátanos, los lazos de amor, el nogal y el azarero. Ni rastros del gorila. ¿Ves? Los ojos celestes de Celeste me miraban, segura de sí misma. ¿Qué? Le pregunté encogiéndome de hombros: se fue, ¿no te das cuenta? Se fue porque vinimos. Su sonrisa persistió pero en la luz de su mirada había una hendija de duda. Laura observaba el otro lado de la loma. Buscaba rastros en los terrenos de las quintas vecinas.  Son bichos salvajes, dije los espanta la presencia humana. Me miró incrédula, como cuando era chiquita. Volvamos a la casa, dijo Laura. Nos sentamos donde antes y la sombra del gorila ya no estaba.

jueves, 15 de febrero de 2018

Página 12

A mi cumple de cuatro vino un compañero de papá
con su señora a la que le decían Mimí. Recuerdo su peinado
sesentoso, tipo Jackie Kennedy. Recuerdo que me trajeron de regalo un camioncito
militar de plástico, que cargaba chocolatines bajo la lona.
Recuerdo que ellos se pusieron a jugar a las cartas y yo con el camión y
otros juguetes. Recuerdo haber encontrado una aguja de tejer bajo el
sillón; recuerdo haberla embocado en el enchufe. Recuerdo que salían chispas y
que la aguja se derretía maravillosamente. Recuerdo los gritos de los grandes. No recuerdo nada más.
Papá me explicó que me salvé porque la aguja tocaba un radiador de hierro de la calefacción y que la electricidad desviaba por ahí.
Me atrajo esa idea de peligro en la que el destino parece estar jugado a cara o ceca.
Años más tarde, Mimí se suicidó.
Tomó todas sus pastillas
y chau, no se salvó.
(de libro de próxima aparición ¿parición?).