viernes, 27 de diciembre de 2013

OTRO TEXTO NAVIDEÑO (YA QUE MUCHOS ESTÁN CON LA TEMÁTICA)



En Navidad, a medida que la tierra gira y pasa por la línea (imaginaria) del huso horario de las doce de la noche las luces de los cohetes y las cañitas voladoras se elevan en dirección al cielo. Hay olor a pólvora en el aire. Las familias reunidas alzan las copas en torno a mesas atiborradas de manjares que ocuparon, con sus dificultosas y elaboradas preparaciones, la cinta del tiempo de los últimos días de  madres, tías, abuelas y cuñadas en un intento de lucir su tradición culinaria, de dejar memoria de un sabor particular en boca de los otros comensales. Una especie de comunión que antecede al proceso deglutorio, a la caída del bolo alimenticio por el tracto esofágico y en algunos casos, a malestares estomacales. La gente incrementa las proporciones del alcohol en el torrente sanguíneo. Se produce una sensación, al principio, de desinhibido bienestar que continúa en crescendo hasta alcanzar el clímax que suele exteriorizarse con una serie de alocados movimientos rítmicos: el baile. Pasado ese momento, todo será en caída.
Las luces de los arbolitos de navidad titilan, como estrellas lejanas, simulando dar la señal de que, por el solo hecho de que la tierra gire y haga pasar su huso horario por la franja fija en la que se encienden las bengalas, algo puede llegar a renovarse en el mundo o en la vida  particular de las personas.

Algunos, los que desesperan, solo se limitan a seguir bebiendo. 

sábado, 16 de noviembre de 2013

LAPACHOS

                                                                    "Díptico" Jordi Garriga



La madrastra de Leandro se llama Javiera. Los guantes del padre le quedan grandes; se los puso para poder lijar sin lastimarse los dedos con el bollo de viruta con que está quitando el barniz de un deck de lapacho que cubre el solado que rodea una pileta. Hace calor y no hay sombra que lo proteja de un sol que cae a plomo sobre su espalda. Está de rodillas. La viruta se traba en las juntas entre madera y madera. Las gotas de sudor se deslizan por su mentón y caen dejando una impronta estrellada. Tiene sed. Trajeron una conservadora con botellas que contienen agua congelada además de los dos “taper” que preparó Javiera con guiso de arroz y pollo, para el mediodía. Pero falta para eso todavía; el padre quiere apurarse y dar antes la primera mano. Después podrán descansar mientras orea. Si hasta pueden hacer una siesta de unas dos horas a la sombra de los árboles, al fondo. “Este barniz seca enseguida” dice el padre preparando los cables y la manguera del soplete para pintar. En tanto Leandro se afana con los últimos listones, su imaginación también trabaja; para él esas maderas son ahora las alfarjías de cubierta de algún viejo bergantín pirata. Puede imaginar la infinitud de los mares mientras navega a la sombra de las velas; el revoloteo desflecado de una bandera negra, con una calavera y dos fémures cruzados. Sólo tres listones para terminar. Su padre ha empezado a pasar la aspiradora sobre lo lijado, detrás suyo, para quitar restos de polvo y de viruta. La madera del lapacho adquiere un tono amarillento cuando está limpia. El padre le ha contado, hace un rato, que su pueblo en Jujuy, donde nació, estaba plagado de lapachos.
            En ese momento el sistema automático de filtrado de la pileta se enciende. A Leandro lo sorprenden dos chorros de agua que salen de unos picos que hay en uno de los extremos y que empujan, lentamente, los restos del aserrín que flota sobre la superficie del agua hacia una abertura en la otra cabecera. La piscina se agita y se producen miríadas de reverberos de sol que por un momento, lo dejan ciego. 
–¡Dale, Leandro! –lo incita el padre. –Un poco más y descansamos, m’hijito.
En su mente esas palabras se transforman en los gritos y el restallar del látigo del contramaestre sobre cubierta del “Espeluznante”; un tipo parado junto al cabrestante con las piernas bien abiertas para prevenir la furia del oleaje. En su rostro, la cicatriz de un pistoletazo le deforma la mirada. Hoy en la escuela hubo paro docente. La suplente les contó que era en reclamo de mejoras salariales y en solidaridad con el tercer aniversario del asesinato de un maestro, en Neuquén. Irina, la titular de sexto grado, hace dos meses que no viene: está embarazada. Leandro calcula que a punto de parir, si no ha sucedido ya. Entonces el padre le ofreció de ir a trabajar con él. Que si lo ayudaba le pagaría cien pesos.
A la hora del descanso, después de limpiar con aguarrás los restos de barniz en el soplete y en sus manos, se dedican en silencio a comer el guiso. El padre preparó el jugo echando el contenido de un sobre en la botella, que ahora es mitad hielo, mitad agua anaranjada. Los vasos son de acero inoxidable. El padre eructa y se echa boca arriba, tapándose la cara con el sombrero de paja. Al rato ronca. Leandro se queda quieto escuchando el canto de los pájaros; de una de las habitaciones de la casa llega música. Busca la netbook en su mochila, pero se encuentra con que no tiene contraseña para entrar en ninguna de las conexiones inalámbricas de las que aparecen como disponibles. La señora de la casa está en la cocina. Leandro se levanta, golpea tímidamente la puerta y le pregunta si le puede facilitar la clave del “wi–fi”. La señora dice que no la sabe, pero que la hija que está arriba, sí. La llama. La chica baja, de mala gana y le da la clave.
–¿Y esa computadora? –pregunta entonces la señora.
–Es la que les da el gobierno, mamá –dice la hija, que tiene los ojos de un celeste aguado.
–Ah, el gobierno –dice la señora.
Leandro agradece y se retira.
Lo primero que aparece en internet cuando escribe la palabra pirata en el buscador, es la saga de Piratas del Caribe, la película.
El padre se despierta y toca con  un dedo la madera, (la cubierta). Dice que ya está seca, lista para otra mano.
–Sería lindo un remojón –piensa Leandro viendo el agua, ahora quieta.
A las cinco empiezan a guardar las cosas.
–Quedó lindo –dice la señora.
El padre está orgulloso de su trabajo. Se le nota en la cara. El hijo recibe unos pesos, de manos de la mujer, como propina.
La camioneta no arranca. Ha sucedido lo mismo en la mañana, antes de salir; deberán empujarla, otra vez. El padre putea en voz baja, dice que va a ir a reclamarle el dinero al inútil del mecánico que arregló el alternador. Esperan por alguno que les quiera dar un empujón, para que arranque. Se acerca una camioneta. Le hacen gestos para ver si se detiene a ayudarlos.
–Andá a la concha de tu madre, boliviano –les grita el conductor, sin detenerse. Los tipos que van en la caja se ríen; son albañiles.
Por fin alguien se detiene. Es un camión de reparto de soda. Los tira con una linga gruesa. La camioneta arranca con ruidos y una nube de humo negro.
–Estaba ahogada –diagnostica el tipo con gesto de entendido–. Hágale ver la bomba inyectora. El padre le agradece mientras desata y devuelve la linga.
Ya en el barrio hacen una parada en el bar de Beto. El padre pide cerveza. Los presentes, entre burlas amigables, le sirven a Leandro. Sabe amarga. Se ríen. Leandro lo hace a su vez de ellos, en secreto, claro; ya ha tomado cerveza. Y ha fumado también, algún domingo, después del fútbol, con los pibes.
Javiera les recrimina la hora cuando llegan. Luego agrega, dirigiéndose al padre:
–Estuviste tomando–. No se trata de un reproche, sólo de una afirmación cansada; de algún modo sutil incluye también al chico que se siente sin saber por qué, avergonzado. La mujer se mete en la cocina. Padre e hijo se sientan en el patio. La ropa pende del alambre, quieta; la luz del día comienza a evanescerse. Se escucha una cumbia, bajito, en lo de algún vecino y el sonido de un bombeador.
–Son todas iguales –dice el padre haciendo un gesto en dirección a donde desapareció Javiera– nunca están contentas con nada.
Luego rebusca en su bolsillo y le paga al hijo los cien pesos.
–¿Qué vas a hacer con esa plata? –pregunta.
Leandro se encoge de hombros. Tal vez ahorrar para una play station o botines nuevos, no lo sabe.
–Los lapachos en mi pueblo –comenta el padre– florecen amarillos o rosados; cuando lo hacen, la plaza parece vestida para una fiesta.
Se quedan calmos y callados. El silencio se interrumpe por el ruido de los trastos de cocina. Leandro podría jurar que escucha también, como música de fondo, el sonido de las mismas cigarras que está oyendo el padre con los ojos entrecerrados, perdidos en el sol de alguna siesta, de cuando tenía la edad del hijo.

Mañana también habrá paro en el colegio.

viernes, 1 de noviembre de 2013

¿Último fragmento?


Y esa misma noche, cuando volvió el desgraciado de ese mugroso bar de la calle Artigas, le dijo que lo sabía todo.
Que era un hijo de puta y que se tenía que ir de la casa, ahora mismo. Lalo no entendía de qué hablaba por lo que la hizo a un lado de un cachetazo diciéndole que con qué huevadas le venía, que se corriera de en medio de una vez.
Ella empezó a revolver los cajones y a revolear su ropa por toda la habitación. Pero lo que realmente lo puso furioso fue ver que esparcía por el piso el contenido de sus papeles de cocaína.
No le importó su furia. Había encontrado un arma y la sostenía entre las manos, apuntándole. Lalo se la quitó y le dio con ella un buen mamporro en el costado de la cabeza. Aulló del dolor como una leona herida. Una puntada aguda le taladraba ahora el oído. No podía sostenerse en pie, perdía el equilibrio. Tambaleándose fue hasta el baño, y vio, en el espejo, que le caía sangre de una oreja.
Él seguía en la pieza, de cuclillas, intentando recoger del suelo las partículas del polvo blanco. Fue ahí, cuando Mabel entró a la cocina y, tomando con dos manos, porque pesaba, la bifera que les había regalado Esther le dio un raquetazo de hierro fundido en el centro de la cabezota.
Lo odió más aún; el tipo se irguió como si nada. Parecía como si el tremendo mandoble que le había asestado no le hubiera percutido en lo más mínimo. Lalo le gritó cosas que ella no podía oír porque el muy imbécil la había dejado sorda.
–¡Andá, idiota, con la pendeja de la calle Bolivia! ¡Andá a que te cure ella! –tal vez le haya dicho. O tal vez no. Las palabras que salían de su boca tampoco las oía por el oído interno. Todo estaba tan enardecido que creía que el dolor la iba a terminar desmayando.
Claro que no sucedió así. Se desmayó, sí, pero por una piña. Lalo le asestó un uppercut, directo a la mandíbula, harto como estaba de escuchar sus gritos.
Vio estrellas, Mabel, y cayó.
La bifera había quedado dando vueltas sobre el suelo, como una moneda absurda, hasta que el movimiento cesó.
Lalo pensó que estaba muerta. De todos modos le dolía la cabeza. Varios vecinos gritaban cosas por el pozo de luz al que daban las habitaciones. “Hijo de puta, golpeador, te vamos a denunciar, drogadicto”.
–Ninguno tiene los huevos de decírmelo en la cara –pensó Lalo que, mareado, salió a la calle y se metió en un bar, a seguir tomando. Sentía que la cabeza le iba a estallar en pedazos, de un momento a otro. Le latía.
El bar era uno cualquiera, de Avenida Rivadavia. Bebió como si fuera la última vez. Cuando hubo de pagar se dio cuenta de que no había traído su dinero, ni billetera y que ni siquiera sabía qué hacía ahí, ni quién era él. Cayó al piso, tras poner ojos en blanco, a la hora o dos de haber recibido el golpe de la bifera.
Los mozos lo arrastraron afuera, estaban acostumbrados a esas cosas y no querían problemas.

Quedó tirado en la vereda, a merced de los que le robaron los zapatos y un anillo. Fue orinado por perros y los madrugadores lo miraron con desprecio al igual que los porteros que empezaban la jornada baldeando las veredas para limpiarlas de vómitos y botellas rotas que son el final de cada una de las noches de putas en la zona roja.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Ante último fragmento de todos los fragmentos


                                                             Autoretrato, Jordi Garriga
agradecemos la entrada
referida a este blog. 

Ante último fragmento
Una sola, gran imagen obnubilada. Lalo de espaldas, desnudo, entrándole a la chica y ella, abierta, recibiéndolo rodeando su cintura, con dos preciosas pantorrillas y sus correspondientes pies: dos. ¡Cómo la odió a partir de ese momento!
No la tenía vista. Apenas la visión fugaz de una vecina como tantas; un saludo distraído o el brillo de una sonrisa, frente a la  carpintería de Lalo; recordaba anteojos, un jean y zapatillas, marca All Stars, verdes y un pelo castaño, lacio, con algunos bucles, sujeto en cola de caballo. Eso la ponía de punta, a Mabel, el hecho de no tener una clara imagen sobre la que enfocarse para odiar con precisión.

Los primeros beneficiados de la furia de Joanna fueron los clientes. Eran prácticamente violados por una mujer enardecida. Pedía más y más a cada noche que pasaba. Sus uñas se hincaban en la carne y había que ser, por aquellas camas, muy hombre para bancarse el despliegue de esa prostituta. Y se dejaba llevar hasta casi el punto de sentir orgasmos. Pero no. Los tipos siempre acababan primero y ella se entregaba como ofrece su cruz, el toro, al matador. Porque eso hubiese preferido que le pasara: morir atravesada y no de a poco, como estaba sucediendo.
Los clientes satisfechos, pero ella, inacabada, lo único que hacía era rondar la carpintería con sus tacos golpeando a ritmo desparejo. Una y otra vez. 
Hasta que una tarde la vio bajar del auto, tan fresca y risueña y al ver a Lalo lo saludó. Sólo fue un saludo, como el de siempre, pero ¿por qué tenía que saludarlo, la estúpida?
Lo odió con toda su alma. Y por más que le daba todo lo que tenía, en la cama, era evidente que él hacía tiempo que se había ido. No supo cómo pero había pasado. Hacía tiempo que había pasado. Sólo eso. Tomaba como un desaforado y se esnifaba cocaína, una raya tras la otra; y después se iba a trabajar como un autómata al margen de, bueno, que almorzaba con ella, a cada mediodía, respondiendo monosílabos, como un idiota. Cómo lo odió, Mabel. Hasta incluso pensó en mil formas de matarlo, después que a la pendeja, claro.



















jueves, 3 de octubre de 2013

Más y más y más fragmentación

   Las Nueces de Adán

No fue premeditado. A la primera travesti la mató sin haberlo pensado antes. En realidad mató a tres. Las sorprendió a la salida del bar de la calle Artigas cuando volvía al departamento, borracho como tantas noches. Le estaban robando a un pobre tipo en un autito viejo. Se infería que había estacionado para tener sexo con una y que las otras dos se habían acercado a escondidas a romperle los vidrios de las ventanillas empañadas, con piedras y cascotes, a amenazar al estúpido con una navaja o un cuchillo.
Estaban ahí, como lobas en jauría, forcejeando con el idiota, dando voces, quitándole la billetera, el sacón de cuero que tenía. Lalo venía con las manos en los bolsillos, las mató sin pensar en nada, de un tiro a cada una.
No sintió nada especial, tampoco.
Sólo que al caer, las travestis le parecieron hombres. Pesadamente hombres, cayendo, como hombres. Hombres que lo insultaban como eso, como tipos en la cancha. Que sangraron igual que los que se disparaban en el sótano del Groso.
Las nueces de Adán. Les vio las nueces de Adán, cuando gesticulaban intentando respirar con esos ronquidos horribles que son los estertores de la muerte.
Cayeron, pesadas, como lechones grotescos, a las puteadas. Lalo les vio las bombachas, los tacos enredados en polleras; las vio sucias del barro sucio del asfalto después de cada lluvia, en la calle desierta. Ninguna murió como mujer, todas gritaron con voz gruesa. Lalo oyó esos ronquidos que una vez que se oyen, ya no se pueden olvidar.
Los peruanos vendrían. Escapó con sigilo, por las vías.
Nadie había visto nada. Nadie lo había visto irse, perderse en la noche, envuelto en su impermeable. Antes de entrar a su casa, comprobó que nadie lo siguiera. Nada. Nadie. Estaba a salvo.
Por la mañana cuando fue a verla a Mabel le dolía la cabeza y tenía resaca. En el kiosco de diarios vio los titulares: Matanza de travestis en la zona roja. En Crónica había fotos de los cadáveres; había salido también el autito viejo y roto del cliente. “Ajuste de cuentas en la zona roja” habían titulado.
El sacón de cuero le quedaba largo, a Lalo, pero lo protegía de la lluvia.
–¿Y ese saco?– preguntó Mabel cuando lo vio.
–Mío– gruñó.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Mas fragmentos de la desfragmentización

Secándose el pelo, sentada en el borde de la bañera, le preguntó cómo le había ido. Lalo, desde la cama, el antebrazo doblado tapándole los ojos porque realmente le jodía el fulgor de la luz, gruñó que bien o algo así.
Se acostó junto a él; su piel estaba fresca, del baño que se había dado. La montó y abriéndole los muslos como cualquiera de los clientes que Mabel había atendido durante la noche; la penetró con fuerza.
Hay una capacidad de las mujeres de percibir cambios sutiles, tal vez en la composición de la sustancia del aire que las rodea o en el aliento que su hombre les respira en la boca, al besarlas. Mabel sintió que Lalo no estaba realmente allí. Que tras sus párpados cerrados, sus ojos tal vez estuvieran contemplando la presencia de otra mujer. 
A lo mejor sólo se tratara de una intuición, o de alguna alteración de la frecuencia en el impulso eléctrico de sus pulsaciones. Cuestiones de su imaginación, tal vez. No lo supo ni tampoco se lo preguntó, pero supo, de algún modo, que Lalo, o que la mente de Lalo estaba, en ese preciso momento, en otra parte. Lejos. Que el sexo que estaban teniendo era algo mecánico, como el de cualquiera de los desconocidos con los que tenía que tratar toda y cada una de las noches de su puta vida.

La sabiduría se materializa, ciertamente, en la práctica concreta del silencio. Mabel era ducha en ejercerlo. 

sábado, 21 de septiembre de 2013

y un fragmento más

Y fueron nomás, el domingo, al cumpleaños.
Lalo estaba en la cocina cuando tocaron el portero, abajo. Mabel al escuchar el timbre se levantó rauda; había olvidado que su hijo menor había dicho que vendría a visitarla.
–Es Alejandro–, dijo, a los saltos, porque estaba sin la prótesis y se encerró en el baño, a darse una ducha.
A Lalo le tocó el rol de hacer del anfitrión; del tipo que al abrir la puerta dice:
–Pero pasen, por favor, qué lindo día que hace hoy, qué bueno que estén aquí, pasen, pasen. Siéntanse como en su casa.
Claro que nada de eso; sólo abrir la puerta y gruñir un saludo dejando espacio para que entrara el menor de los hijos de Mabel, “el que se había rescatado” y que ahora le estaba dando la mano y le presentaba a una mujer gordita, y a sus dos vástagos que miraron con miedo a ese hombre de barba de días y cara de no haber dormido bien, lo que era cierto. Se apartaron de él, al pasar.
Mabel se estaba vistiendo en la habitación.
–Pasen –dijo. Se la escuchaba forcejear con la silicona de la prótesis. La piel del muñón estaba húmeda, porque recién se había duchado y no se deslizaba bien. Así resultaba imposible colocársela del modo correcto. 
–¡Lalo! –llamó entonces desde la pieza. Lalo, asomó su desgreñada cabezota por la puerta. –¿Me hacés un favor? –pidió, Mabel. Se quedó mirándola, como diciendo qué. –Uno no, amor, dos favores –dijo ella –¿me alcanzás el talco del botiquín del baño, por favor? Y… Pero Lalo ya se había ido. 
–Acá tenés –dijo al volver, tirando sobre la cama el envase, de color rosa, de un talco perfumado.
–Espectacular– dijo Mabel, contenta ahora, porque la prótesis se deslizaría como un guante sobre el muñón. –Y lo segundo–, agregó –¿no te irías a comprar unas facturitas? Me olvidé que venían, por favor.

Lalo fue hasta el baño y orinó. Afuera estaría fresco, calculó. Se pondría el saco de cuero. Se había encariñado con él. Al volver a entrar a la pieza para buscarlo en el placar vio cómo Mabel se acomodaba el pelo. A Lalo le gustaba que se lo peinara en cola de caballo. Le parecía lindo verle el cuello, la curva del nacimiento de los hombros, desde atrás. Le quitaba años. Le excitaban las mujeres que se peinaban en cola de caballo; tenía que ser alta, hacia arriba y después caer, no sabía por qué pero se calentaba cuando caminaba atrás de una mujer que al andar sacudía su cola de caballo de un lado al otro.
En el bolsillo derecho de sacón de cuero, sus dedos encontraron los papeles metalizados con la cocaína del otro día.

Escuchó a Mabel entrar al comedor. La escuchó saludar, alborozarse por los niños, decir ¡qué ricos son!, preguntar si podía tocarle la pancita, a Juliana, que estaba de cuatro meses, que respondió que sí, que con confianza.
Peinó con cuidado el polvo blanco con un pedacito de cartón de una caja de “diclofenac” (de cuando la operación de la pierna de Mabel). Después aspiró.
Escuchó a Mabel pedir disculpas por el desorden. Y preguntar el nombre y la edad de cada uno de los niños.

Tapó con sus pulgares, alternativamente, cada una de sus fosas nasales para  aspirar. Después guardó las cosas en su cajón y volvió a aspirar, esta vez la nada, para limpiar la entrada de aire en su nariz y cualquier resto de cocaína que pudiera haberle quedado. Tomó algunos billetes de la mesa de luz; el maldito fajo se estaba empezando a acabar, quedaba menos de la mitad. Acomodó en el cajón los papeles metalizados de la cocaína que le había quitado a las travestis y salió a la calle gruñendo un “voy a comprar”. 

domingo, 15 de septiembre de 2013

Otro fragmento.



Hacía rato que Lalo no tomaba cocaína, desde antes de la cárcel.
Se la habían convidado Laura y Daniela, dos travestis que había levantado en la esquina de Bogotá y Fray Cayetano. Les había dicho, para convencerlas de subir a la camioneta, de contratarlas para una despedida de solteros, de su jefe, en un country de Canning; les había entregado la mitad del dinero por adelantado, después de haber discutido largamente el precio.
Les preguntó si llevaban cocaína y dijeron que sí; que seis gramos cada una.
Tomaron un pase sobre el tapizado de la camioneta que Máximo había conseguido  la tarde anterior. Lalo puso música en la radio. Las chicas se burlaron del rock de viejo que escuchaba. Después se distrajeron charlando de cosas internas de ellas. Parecía que una de las dos se había peleado con una tercera por un novio. Le preguntaron a Lalo que qué hacía él si otro le robaba la novia. La perra, dijeron en vez de la novia. Que qué hacía si algún mal nacido le robaba la perra. “Le retuerzo las pelotas hasta que diga basta” contestó Lalo. Las travestis se rieron y Daniela, la que estaba sentada a su lado, cambió la estación de radio; puso una en la que el locutor anunciaba “para Lali de Ezpeleta, la canción prometida de Ricardo Arjona:
–Ay Arjona, me encanta Arjona –dijo Daniela, que viajaba sentada a su lado, poniendo  su mano, distraídamente, sobre la bragueta de Lalo.
El tipo cantaba en el estéreo: “Mientras no me falte/ tu beso en las mañanas y un café…”
Lalo hizo el esfuerzo de perdonarlas por adelantado. Resultaba vomitivo el tipo, la voz del tipo, las melodías. Daniela era morocha, cerraba los ojos, como hacen los cantantes, al seguir la letra de la canción. A la altura de la estación de policía ubicada en el cantero central de la autopista Richieri, Lalo tomó el desvío a la derecha. El camino se adentraba a la oscuridad de los bosques de Ezeiza. Detuvo la camioneta y se bajó a mear. Orinó a un costado del asfalto, frente a las luces delanteras, que estaban encendidas. Hacía frío. Salía vapor del pis. La otra, la que se llamaba Laura, se bajó a mear, también.  Le daba la espalda.
–Se me entierran los tacos en el barro, la puta madre que lo parió –dijo.
Lalo sacudió la pija, haciendo tiempo. La travesti se volvió a subir al asiento de atrás.
–Dale que hace frío– le dijeron. Luego empezaron a reír, a decirle groserías, las dos, a Lalo, a propósito del tamaño del pene que él sacudía delante de las luces de la camioneta, exhibiéndose con sonrisa satisfecha. Después, lentamente, abrió la puerta del conductor y se acomodó con cuidado la camisa dentro del pantalón. El viento movía las copas de los eucaliptos. No se dieron cuenta de nada. Ni de los tiros en la noche, del arma, ni del retumbar con ecos en el silencio, en la oscuridad, bajo el cielo infinito iluminado por el resplandor de la ciudad. Después el viento. El sonido del viento disipando el olor de la pólvora. Los autos, los camiones, en la Richieri, las luces de la Richieri, a lo lejos.

Previamente había observado en dónde se guardaban el dinero las dos putas. Una se lo había metido en el corpiño. Tenía las tetas duras. Fue raro tocárselas, ya estando muerta, con la boca así de abierta y un hilo de baba, la mirada fija, en él. Recuperó su plata y unos pocos pesos más que la chica portaba encima. Se hizo también de los papelitos de cocaína. Once, en total. Después, tranquilo porque no venía nadie, vació el bidón de nafta que había comprado a tal efecto y que traía en la caja de la camioneta. Se alejó viendo cómo las llamas azules, tal vez frías al principio, comenzaban a alzarse buscando las alturas. Luego se tornaron naranjas y amarillas. Y Rojas. Trotó en dirección a la ruta, Lalo.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Fragmento de la última novela.

2.     El olor del miedo

¿Por qué acordarse de esa fiesta de cumpleaños de su hermana?
–Es decir, por qué, ahora –pensó Lalo.
Estaba en una mesa, con otros cinco, bajo un círculo de humo y luz. Y le llegaba el turno a él. Es decir el arma, le llegaba.
 El sonido de la cumbia ensordecía; hubiera querido que lo bajaran un poco, porque en aquel cumpleaños, el de la hermana, que ahora le venía a la mente con tanta claridad y otra luz, sonaba música también.
            ¿Elvis? ¿Sonaba Elvis en el cumpleaños de su hermana?
            ¿Eran los quince de la hermana?
Las huellas digitales del tipo a su derecha quedaron impresas, grasosas, en el cañón del arma. Tenía las uñas sucias, el tipo de la derecha. Y a medida que Lalo  estiraba la mano para tomarla, porque era su turno –le tocaba segundo– se iba borrando esa huella.
            “Cuestiones probabilísticas”, había dicho El Groso unos días atrás.
            El de su derecha, el que tenía las uñas sucias, usaba una pulserita de lana azul, tejida a mano. ¿Quién le habría tejido a mano una pulserita a un tarado que estaba jugando a la ruleta rusa con las uñas sucias?
            –¿Jugando? ¿Eso era jugar?, se preguntó Lalo mientras sopesaba el Smith&Wesson, calibre 32, largo.
            El Groso había sacado la cuenta, aquella otra noche, en el bar: (cien por cien dividido seis, boludo, había dicho, te da un 16, un 17 por ciento para cada uno).
            Y ahora que el de al lado había disparado y nada, sólo un cliclkido,          ¿adónde iba a parar ese dieciséis por ciento que ahora sobraba?          
            ¿Se había transformado en algo negro, en una sombra tal vez, detrás de sí? Como si el aire, pesado, fuera un frío recorriéndole la espalda
            Y si era cierto eso de que a cada uno le tocaba el dieciséis, como había dicho el Groso, entonces su porcentaje se sumaba al del tipo a su derecha. Un 32 por ciento de volarse la cabeza con el Smith&Wesson, 32, largo.
            –¡Carajo! ¡Qué putas que son las coincidencias! –pensó, ya el arma entre sus manos, tan perfecta, cargada, agazapada y con la que, en sólo un instante más…
            A su izquierda cuatro pares, ocho ojos, seguían con ansiedad callada, los movimientos que hacía con su mano.
            El tipo de la derecha se inclinó hacia un lado, aliviado. Se pasó la mano izquierda sobre el antebrazo derecho, acariciándose, esperando a que todo terminara.
            –Si zafo de esta, –se dijo Lalo– me voy a pasar la mano como hace él. Debe ser como pellizcarme y sentir que estoy vivo.
            Pero le tocaba disparar y había que hacerlo de una buena puta vez.
            Las luces rojas de las cámaras de filmación estaban prendidas, porque el Groso, que era quien regenteaba el lugar, subía las imágenes a internet. Ganaba fortunas con las apuestas.
            De hecho, cada uno de los seis, vestía una pechera blanca con un número en negro, bien visible.
            ¿Cuánto estarían pagando por él? ¿Lo daban por vivo o pagaban más por muerto? No lo sabía, era la primera vez que asistía a ese sótano de la calle Bacacay, en una casa tomada.
            Había bailado el vals, con la hermanita. El marido de su mamá reía y tomaba vino con sus parientes; un tetrabrick abierto por la parte superior, por la que habían agregado Fernet y hielo y soda. Ese hijo de puta pegaba fuerte, con el cinto, en las piernas. Vaya a saber dónde estaría ahora que todo había quedado esparcido en la memoria. Como si hubiese ocurrido una explosión y los recuerdos de su propio pasado, hubieran volado por todas partes, hechos pedazos. Y a Lalo, ido como estaba, le costaba armarlos en cualquier secuencia inteligible.
            –¿Estas son las boludeces –se preguntó– en las que piensa un tipito antes de embocarse un tiro? ¡Qué joder!
            Pero había que hacerlo de una buena puta vez.
Entonces gatilló: se produjo sólo un clickido.
Es decir: se había salvado.
Y Eso había sido todo. O no.
            La mano con que apoyó el arma sobre la tabla de la mesa tembló imperceptiblemente; por lo demás, su rostro mostraba una tranquila indiferencia; se la pasó al de su izquierda. Dieciséis y dieciséis: treinta y dos, pensó. Pan con picadillo, habían comido aquella vez del cumpleaños. Más tarde llegarían los sandwiches, los chips de pavita, la torta, las masitas. Pero antes de que empezara la fiesta, al mediodía, pan con picadillo habían comido; de eso sí se había acordado cuando cerró los ojos en el instante final.
            El arma, por fin, pasó de manos.
            Su huella digital fue la que entonces se fue difuminando a medida que el calor que la había dejado impresa comenzaba a evanescerse.
            ¿Esbozó una sonrisa de alivio?
            

sábado, 24 de agosto de 2013

LA OFRENDA (fragmento)


                                                                                "il diábolo" Jordi Garriga



 “Como tú no sabes cuál es el camino del viento,
o cómo crecen los huesos
 en el vientre de la mujer encinta,
así  ignoras la obra de Dios,
el cual hace todas las cosas.”

Eclesiastés 11:5

Había sucedido en la playa. Una tarde de sol. María Ofelia y el marido habían traído al abuelo para que conociera el mar. No hablaba el viejecito. Dios le había impedido hablar y caminar. La silla tenía inscripto en el espaldar “Círculo Médico de Lomas de Zamora” como dejando constancia de quién era el que había hecho beneficencia con el pobre abuelo que de tan pobre que había sido, recién ahora tenía la suerte de conocer el mar. El marido de María Ofelia había arrastrado la silla, con dificultad sobre lo blando de la arena, de espaldas. En la reunión en el templo habían estado cantando juntos, eran hermanos.  Sergio se ofreció a ayudar mientras que Dora parecía no percatarse de la fatal corriente de atracción que Sergio sentía por la mujer de su próximo. “No desearás, no fornicarás” pero se trataba de un volcán interior, bullendo incontrolable y ella, María Ofelia, le devolvía las miradas, echando fuego también por sus ojos, como diciendo sí, que a ella le pasaba lo mismo y mientras tanto todos sonreían y charlaban, como si todo fuera cosa de todos los días, viendo cómo el tierno viejecillo mojaba, por primera vez, su pie negro y costrudo, de uñas retorcidas,  en el agua suave y salitrosa de Mar del Tuyú.
–Ah, oh. –emitía su desdentada boca en algo que se suponía, sonaba parecido a una risita nerviosa y aguda.
Entretanto ellos compartían la humedad de haber tocado la bombilla del mate, uno después del otro mientras se contaban retazos de sus vidas dedicadas, claro, al trabajo y a la devoción.
Si Sergio hubiera sabido…  Y cuando se acabaron los bizcochos se ofreció a ir al departamento en busca de más, total quedaba en la costanera y María Ofelia dijo que aprovecharía para ir al baño y Dora, oh tonta Dora, que dijo “usá el de casa, que es más cerca, no vas a ir al restaurante que está sucio o al de tu casa que, me dijiste, queda a diez cuadras” y María Ofelia tan  respetuosa pidiéndole permiso al marido que dijo “andá” con la mirada, “yo me quedo cuidando al abuelito” y Dora dijo entonces: “acompañala, Sergio” y fueron y el Demonio, metiendo su cola voluptuosa entre los dos; una sonrisa, un roce y dejarse caer, ya, los cuerpos entrelazados sobre la cama, rápido que no tenemos tiempo, quitándole los trajes de baño. Y luego de la urgencia apasionada, las promesas de  verse al día siguiente, otra vez, con un poco más de tiempo. “Cuando nos veas venir decí que te vas a caminar”. Y así fue que al día siguiente lo hicieron de nuevo. No bien Sergio la vio venir con su marido y el abuelo en la silla de ruedas, “me voy a caminar un rato” dijo y tomó por la siguiente salida de la playa, para esperarla arrebatado de deseo. Y ella, Sergio no supo bien cómo hizo para deshacerse de su cónyuge, otra vez, se apareció echándose a sus brazos de un salto, a horcajadas, apretándolo con sus muslos, suaves, fuertes, absorbiéndolo, precipitándolo; nuevamente se dejaron quemar por los calores de las gimientes carnes, por la pasión guardada durante años de recato. María Ofelia, sudando, le dijo que nadie nunca la había amado tanto y tan bien; lo dijo con los dientes apretados sosteniendo entre ellos la hebilla para el pelo, peinándolo de nuevo tirante en cola de caballo y él excitándose con lo turgente de esos labios, con la frescura de esa boca y los senos bien formados, perfectos, tapados otra vez con el traje de baño y el solero largo que toda evangelista debe usar hasta los tobillos. Dora, creyó Sergio,  jamás pensaría en una traición de su parte; y menos así, de esa manera apasionada y violenta.

Dora era la hermana menor del pastor evangelista de la congregación. Así fue como la había conocido. Con los años tuvieron dos bendiciones a los que llamaron Jonathan Nathaniel y Elías Gabriel. Luego, tras cuatro años más, dos nuevas bendiciones, dos hijos de crianza, huérfanos de padre y madre a los que la congregación les pidió que acogieran en el seno de ese tibio hogar al que no faltaba nunca el pan ni la alegría de los que sirven al Señor.

Y por eso se sentía, Sergio, más culpable todavía. Porque no era sólo una traición a una mujer, su mujer en este caso; sino que era la traición a todos los hermanos de toda una congregación que lo había ayudado, alguna vez, a salir adelante.
El vórtice de un abismo irremediable se había vuelto a abrir a sus espaldas y luego de haber consumado la trampa carnal urdida por El Oscuro, no podría volver a salir, arrastrando en su caída a los suyos. El pecado mancha a todos y no tiene vuelta atrás. Sólo el perdón de Dios, lo puede redimir, pero ¿se arrepentía Sergio? Únicamente  acciones concretas expían los pecados de la carne.

Pero ¿qué acciones debía acometer?

Porque sucedió que una tarde, de esas tantas, hacia el final de las vacaciones, que María Ofelia y el marido llegaron a la playa más temprano que de costumbre, diciendo algo de ir a cambiar unos pasajes; les pidieron entonces, por favor, si no cuidaban del abuelo una hora mientras ellos solucionaban esos problemitas. Y claro, les contestaron Dora y Sergio que para eso estaban, si la caridad bien entendida empieza por casa. Y Sergio mismo, que se había quedado realmente con las ganas de más María Ofelia, de sentirle los gemidos, las uñas clavadas en su espalda, fue el que empujó la silla, unos metros, por sobre la arena húmeda, hasta la orilla del mar, diciendo: “Hola abuelito, la paz del Señor esté contigo. ¿Necesita alguna cosa?”
 Y el abuelo que sólo se comunicaba con sus guturales “uhs” y “ohs” y “¿María Ofelia es su hija?” preguntó Sergio más por sostener ese excitante nombre un segundo entre sus labios que por un real interés en la cuestión y el viejo que negó desesperado con la cabeza, “uh, uh” “oh, oh” “ah, está bien, abuelo, no tiene importancia” había dicho  interesado en seguir pensando en ella, lamentando no tener esos minutos diarios de fuego que se habían venido dando hasta el momento sin que Dora ni el marido de ella, al parecer, se dieran cuenta de nada.

Al atardecer ni María Ofelia ni el marido aparecieron por la playa. Dora y Sergio se cruzaron miradas llenas de preguntas sin respuestas; y para complicar las cosas, ya era hora de ir dándoles de comer a los chicos, porque estirando un poco la hora del té y adelantando la de la cena, se ahorraban una comida y todos contentos.
Decidieron llevar al abuelo hasta la casa, “total María Ofelia conoce”, dijo Dora con un tono que a Sergio le pareció extraño por lo que procuró dejar asentada la cuestión con un “sí, claro, una vez vino al baño”
Y esa noche compartieron los panes y las oraciones de la cena con el abuelo paralítico y mudo que Dios les había puesto en el camino. El problema era que había que llevarlo a hacer sus necesidades y que después tenían que higienizarlo, porque no se valía y Dora protestaba: -que esto así no son vacaciones para una si además de todo, tengo que limpiarle el traste a un anciano desconocido- y “ojh, ojh” decía el viejo intentando arañarlos y ponerse fuera de su alcance. Y para colmo María Ofelia y el marido seguían sin aparecer y ellos, incautos, sin siquiera haberse precavido de tomar un teléfono de contacto ni nada.
A la hora de ir a la cama el anciano seguía instalado en la mesa señalando con su garra, alternativamente, el garrafón del agua y los sándwiches de salchichón y queso que habían cenado más un suculento café con leche y pan con picadillo. Todo macerado con leche se metía el viejo con cuchara a la desdentada boca.
-Pero válgame Dios, este anciano está muerto de hambre - dijo Dora viendo como el viejo tragaba, -¿Es que no te da nada de comer esa Maria Ofelia?
El viejo, sin escucharla, seguía agitando sus garras; señalaba la botella de leche y hacía gestos como si quisiera indicar, con índice y anular, un cigarrillo imaginario en los llagados labios. Y Dora que no, que fumar era imposible, nadie fuma en esa casa y mucho menos sabiendo que atentar contra la salud del cuerpo es pecado”.
El problema se agudizó a la noche, porque lejos de callar, el viejo seguía practicando sus “oes” y “ues” con voz cada vez más portentosa, reclamando más comida y más idas al baño y otra vez limpiarlo, esta vez de caca descompuesta, lo que era, de algún modo vomitivo; había dejado el baño impregnado de tanta suciedad por lo explosivo de sus deyecciones que hubo que fregarlo entero. A Sergio le dieron arcadas. El olor en toda la casa era nauseabundo.
Decidieron bañarlo. Esa tarea recayó en Sergio, porque Dora se había sacrificado tanto limpiándole el trasero que no estaba dispuesta a dar más, Dios la perdonara. No bien le quitaron el sueter y una camiseta que alguna vez había sido blanca, con gesto compungido, ambos, se asomaron enmudecidos al horror de observar que el pobre viejo tenía la espalda surcada de lonjazos que habían dejado costrones resecos. Algunos, más nuevos, mostraban la carne viva.
El viejo se puso a chillar, agudo, ensordecedoramente
Y ellos se quedaron mudos, intentando que nada vieran los niños, angelitos de Dios, ajenos a todo. ¿Y si iban a la policía? ¿Y si nos acusan a nosotros, Dora, de hacerle eso al abuelo? ¿Y cómo explicamos?
Decidieron practicarle algunas curaciones de emergencia y asearlo como pudieron. En el medio el maldito viejo del demonio otra vez se volvió a cagar vez hubo que limpiarlo.
Nadie pudo dormir. Nunca dejó de aullar el abuelo y quejándose toda la  noche, hasta el paroxismo. Tuvieron que  gritarle “que te calles, viejo, que te calles, porque nos estás volviendo locos a todos” y “uh” y “oh” la botella de agua, no hay más pan ni leche ni nada, te vaciaste toda la heladera, ahora por favor, dejanos dormir.
Y como no se callaba, una Dora desconocida para Sergio, lo empezó a sacudir de los hombros y a gritarle que se callara, porque culpa de la puta de su hija o de su nieta o lo que mierda fuere, que había venido a arruinarle el matrimonio. “Pero Dora” dijo Sergio y “Callate idiota, ¿Qué te creés, que soy una tarada yo?” y el viejo que seguía chillando en un tono tan agudo, “Qué te creés, no me doy cuenta de nada?” Y Sergio que no sabía qué hacer ni qué decir, sólo atinó a emitir un “los niños, Dora, los niños” pero ella estaba enfurecida, eran las tres de la mañana y el viejo no paraba de gritar, por lo que de tanto sacudirlo terminó por fin haciéndolo caer al suelo. Sergio intentó separarla y ponerla de pie pero ella estaba enloquecida gritando ¡No me toques, no me toques maldito hijo de puta! Y él, que nunca en su vida había oído blasfemar a su amada Dora, la más buena mujer que cualquiera hubiera tenido, la que estaba siempre dispuesta a escuchar a todos, a ayudar a los necesitados, a dar la mitad de lo que tenía a los carecientes.
Y así fue como amanecieron al último día de su vacaciones, algo más frio que los anteriores y presagiando, desde el este, nubes de tormenta. Se turnaron en silenciosas y hoscas guardias junto al viejo de la silla de ruedas que a esta altura ya les tenía un terror ciego, mientras que el otro miembro de la pareja aprovechaba para cuidar los niños y pegar una cabeceada en la playa mientras oteaba el horizonte en busca de una María Ofelia y su marido que por supuesto jamás arribarían.
        
Fue entonces que pensó que todo había acabado, para él.
Habló con Dios;  imploró misericordia. Pidió por la salvación de Dora y de los chicos. Le pidió, ya que nunca le sería dado conocer su gracia, que aceptara su alma como ofrenda, a cambio de salvar la de los suyos.
Cuando terminó de orar, estaba determinado.

La tormenta abatió por fin toda su furia sobre el balneario “Las Gaviotas” de Mar del Tuyú. Las ráfagas arremolinaban la lluvia en torno a una luminaria que se balanceaba, con sonido a campana de hojalata, a punto de caer. Sobre la pasarela de madera, que era el acceso obligado a la playa, Sergio, de espaldas al viento, luchaba por arrastrar la silla hacia adelante.
Al llegar a lo blando de la arena empujarla fue  sobrehumano. Sergio maldecía e insultaba al viento y a la arena que parecía erosionar sus pantorrillas, hasta el hueso. Las ruedas se enterraban y avanzar cada centímetro era una tortura.
–Ya vamos a llegar, abuelo. Un esfuerzo más y ya –repetía inclinado sobre el anciano que parecía negar desesperadamente agitando sus manos. Chillaba, pero su voz era arrancada por el viento, de su boca.
Recién al llegar a la arena húmeda y dura, donde la silla de ruedas podía andar, Sergio dejó de maldecir  y avanzó en dirección a las olas cuyo fragor se escuchaba unos metros adelante, en la ceguera de la oscuridad más absoluta.
–¡Ujh! ¡Ojh! –repetía el abuelo agitando los brazos y señalando a sus espaldas, en dirección a la luz vacilante y al silbido del viento en los cables.
–Llegamos –dijo Sergio ignorándolo. –Llegamos al maldito mar, abuelo.
Se tomó unos instantes para recuperar el aliento. Luego se acuclilló delante de la silla para descalzar al viejo de sus chanclas. Una ráfaga se las arrebató, súbitamente, de las manos.
Chilló con voz más aguda, el viejo.
–Sí, el mar –dijo Sergio a modo de respuesta –el asqueroso, estúpido y mojado mar.
El abuelito se desesperaba mientras Sergio sentía los vahos de su pútrido aliento surgiendo de esa boca permanentemente abierta en forma de “o”, bajo las varias vueltas de una bufanda gris de lana, que alguien le habría tejido alguna vez.
Una ola, un poco más fuerte que las otras, llegó silenciosa y mojó las patas del anciano. El viento desenroscó la bufanda que se puso a flamear como si fuera el pendón deshilachado de un barco, en medio de una tempestad.
Sergio se echó a correr. El viento que soplaba desde sus espaldas parecía querer levantarlo haciendo que sus pies casi no tocaran el suelo. Como si cientos de ángeles lo ayudaran, volviéndolo liviano, a huir del sonido ululante del infierno. En ningún momento volvió la vista atrás.


sábado, 17 de agosto de 2013

PITAGORAS, LA MUSICA DE LAS ESFERAS Y LA EMPANADA ENTRERRIANA


Jordi Garriga, boceto de naturaleza muerta


El jueves viene ella, que tiene trece y es dulce (cuando quiere) y bella (siempre) y dice que a partir de esta semana, los viernes a la noche, se va a encargar de cocinar.

Aplaudimos, todos, en casa.

Internet, claro, los chicos, la internet y una receta de empanadas entrerrianas.

Dejate de joder, pensé. Entre Ríos se caracteriza por muchas cosas pero no por la empanada; decime salteña, riojana, catamarqueña. Pero ¿entrerriana?

Canela y clavo de olor. Ella se ocupó de conseguirlo todo.


Jordi Garriga, naturaleza muerta


Y cuando llegué (los viernes juego a la paleta con mi vecino) me esperaba la cosa más aromática del mundo y la sonrisa más orgullosa y perfecta y, entonces juro, sí, que sentí aquello de Pitágoras, que decía que el universo está compuesto por esferas concéntricas que giran en distintas direcciones y que, al entrechocarse, producen ese sonido que denominó "la música de las esferas". 

(No olvidemos que Pitágoras fue el que definió el acorde perfecto mayor).





                                                      Gala

Porque en mi esfera anoche, todo el puto dolor del mundo, y la angustia y la injusticia y los políticos y el capitalismo, se fueron al mismísimo río del olvido (Leteo) o, dicho en lengua materna, a la misma mierda.



Porque el clavo de olor le queda genial a la empanada y mi hija, de quien me siento orgulloso, además, por muchas otras cosas, agregó un aroma que quedará por siempre en mi memoria como un acorde, perfecto, mayor. (Do-mi-sol-si-fa, sostenido).