domingo, 11 de agosto de 2013

Dos Posts

POST NUMERO DOS

  Trece minutos, hasta acabar.


Lalo, con la silla al revés; el respaldo hacia adelante, la botella de cerveza bajo el asiento, miraba sin ver el tráfico y la gente. Se aburría un poco. De hecho, a poco que se lo pusiera a pensar, la rutina de un negocio –porque había abierto hacía un tiempo ya, la carpintería– era parecida, de alguna lejana manera, salvando las distancias, claro, a la del pabellón carcelario en el que se había pasado algunos años de la vida.
Cualquier cosa que se pareciera a una rutina, le hacía acordar a Lalo a aquellos, por suerte ya, lejanos días de la cárcel.
Rutina era abrir, todas las mañanas, el local ubicado en la calle Bolivia, a metros de la esquina de avenida Avellaneda, a eso de las nueve de la mañana; rutina era saludar al chino o coreano o lo que mierda fuere, que también a esa hora abría la ruidosa cortina del supermercadito y sacaba a la vereda el cartel pizarra con  propaganda de la coca–cola con las ofertas del día escritas con tiza. Barría el chino la vereda mientras Lalo encendía la radio, entre los placares y las mesas que vendía en su  carpintería. Comprar el diario Crónica y tomarse un café del tipo que pasaba con el carro de los termos. Ver llegar a la boliviana; verla desplegar, sobre la vereda sucia, una manta con bombachas y ropa interior, además de pequeñas bolsas con especias que ponía a la venta. 
Los clientes de la carpintería no eran muchos aunque alcanzaba perfectamente para los gastos y alguna ganancia. Se trataba en general de señoras con alguna puerta de armario rota. O de alguno que buscaba una silla de paja o falsa esterilla que Lalo a su vez compraba a un tipo que las conseguía en el Tigre y revendía en los negocios de la Capital en una camioneta desvencijada. Luego llegaba el mediodía. Como en la cárcel. Horas signadas por el transcurso de las comidas, por el lento tiempo de cerrar el local, de pensar qué quiero almorzar hoy. Mirarse con el chino o coreano que también cerraba su local al mediodía para descansar a la hora de la siesta. Caminaba, Lalo, silbando las dos cuadras hasta el departamento de la calle Bogotá. Despertaba a Mabel, compartía con ella el almuerzo, el “Termidor” y el café, al terminar.
 A las cuatro y media o cinco, luego de la siesta, abría el negocio de nuevo. Y otra vez el chino con la propaganda de la coca–cola y la misma oferta de yerba o leche o té. La boliviana, sus bombachas y la tarde pringosa, espesa, desplegándose ante sus ojos claros; la dejaba pasar, sentado con el vaso de acero inoxidable de una Quilmes fresquita. Los minutos demoraban y ni qué hablar de las horas. Charlaba, a veces, para distraerse, alguna cosa de ocasión con Carolina, la puta que tenía la parada en esa cuadra. Saludaba a los policías que pasaban buscando su diezmo de manos de esa prostituta y de todas las prostitutas del barrio, incluida Joanna. ¿Cuántas bocas húmedas, abiertas, cuántos petes, cuanto semen? Se preguntaba Lalo. Ríos de semen, tanques de semen cayendo en cascada moviendo la rueda del flujo de la vida y la economía en la ciudad. Eso era. A veces se molestaba por encontrarse pensando estupideces y porque un poco, se estaba aburriendo, allí, en la puerta del negocio, esperando, como en una reiteración de la mismísima mañana, la llegada de la noche. Como un fundido en continuo del día de ayer, del de antes de ayer y así los días y las noches y los meses que pasaban y pasaban como cuando en la cárcel. Acollarado al compañero de celda, en esas charlas pegajosas, en el frío, en la humedad a la espera de la libertad.
La noche, en cambio, era otra cosa
Alrededor de las siete de la tarde ocurría el recambio de las putas. Porque aunque no lo pareciera, todo estaba organizado en la zona roja; las paradas de las chicas, las tarifas de las calles, los horarios. Volvía entonces a pasar el patrullero y el policía de la noche, a cobrar otra vez su diezmo, como un pastor evangélico abriendo las aguas del mar de leches, de pezones, de polleritas y tacos altos.
La boliviana que se había pasado la tarde sentada de esa manera inverosímil, con su muestrario de bombachas y corpiños, se levantaba y enrollando su lona, se llevaba el bulto de su ropa, como si fuera un bebé, terciado en la espalda.
Era a la noche cuando se le daba por lijar a Lalo. Por martillar y taladrar sus muebles.
La noche era la hora de trasegar con la madera, de transpirar como un loco; descargaba toda la fuerza y la ansiedad de sus manos. Mientras Mabel, a dos esquinas del taller, iba y venía de la cama del hotel, al calor de la vereda, porque era verano, con un cliente tras el otro.
Un día de tantos, al mediodía, cuando almorzaba con Mabel, Lalo le preguntó si no se aburría de siempre la misma rutina. De todos los días lo mismo, a la misma hora, como en una cárcel. Mabel se sorprendió por la pregunta. Era raro que Lalo expresara sentimientos hablando. Alzó la mirada y le contestó que a veces. Que a veces todo era lo mismo, era cierto. Lo q      ue en el fondo trataba de decirle era que se sentía como una muñeca de goma, parlante, articulada, pero muñeca de goma al fin; como si toda ella estuviera hecha de la misma silicona de su prótesis. Como si toda ella fuera, para los clientes, una bolsa en la que echarse un polvo en la ranura.
De hecho le contó de Carlos.
Carlos era uno de sus habitués. (O tal vez el tipo dijera llamarse Carlos porque así como ella era conocida por el nombre de Joanna, su cliente también podría llamarse de otro modo. Pero ¿quién elegiría el nombre de Carlos como nombre de guerra, no?)
Venía a buscarla todos los cinco o los seis de cada mes, cuando cobraba.
Desde hacía muchos años. Tal vez diez, ya.
Lo hacía casado. Antes, cuando estaba sola, tal vez le hubiera envidiado la pequeña casita, probablemente en Castelar; el hecho de que alguien lo esperara, la olla al fuego, las tareas del colegio de los chicos, esas cosas. De haberle ella confesado sus elucubraciones, Carlos seguramente le hubiera dicho, que no le cambiaría el lugar, si conociera algo de su vida. El sacrificio por llegar al final de cada mes, la configuración de la rutina regida por el sueldo que se desvanecía tan rápidamente, las cuentas de la luz, del gas, la indistinción del día a día tan igual el uno al otro.
La ropa gastada, tener un jefe.
Las zapatillas de los chicos que debían renovarse; la ropa de marca como un sueño imposible.
Claro que todos los seis, él se había hecho la rutina de cambiarse la rutina. Joanna era entonces su crucero por el mar Caribe, su sushi, su caviar y su Mercedes Benz.
Y siempre tenían sexo de igual modo: como un marido y una mujer de muchos años.
Claro que Mabel no quería abundar en detalles demasiado precisos en su relato, porque Lalo, bueno, era un tipo un poco impredecible y a lo mejor le daba celos y empezaba, bueno como siempre. De todos modos Lalo la estaba escuchando atento como cuando un chico escucha un cuento.
Lo cierto es que al cliente ella, Joanna, lo desvestía de a poco. Botón por botón de la camisa, le desprendía, besándolo en el pecho. Le desabrochaba el cinturón, al  tipo y con los labios y los dientes le bajaba el slip. Ese pequeño acto de bajarle el slip con la boca, la primera vez, lo había calentado tanto, al tal Carlos, casi hasta el punto de enloquecer y a partir de ese día lo había tenido que repetir, cada vez que se veían, los cinco o los seis de cada mes.
Después se desvestía ella. Cerca de él. De espaldas. Rozándolo apenas con las nalgas, incitándolo, envolviéndolo en la nube de su perfume.
Luego, cuando su pollerita caía, él le pasaba los brazos desde atrás, acariciándole las tetas y se movían un rato así. Le besaba la oreja, los hombros. Joanna se daba vuelta dentro del abrazo; respondía a sus besos y se agachaba hasta besársela.
Luego se dejaba caer, de espaldas en la cama y, abriendo las piernas lo recibía dentro de sí. Gemía Joanna, como si el tipo realmente la calentara y cuando lo sentía venirse, gritaba ella también. Parte del show, pero nada le interesaba de esos detalles, a Lalo.
Sólo que siempre se la cogía de igual modo, el tipo. Demasiado igual. Era como estar con un muerto.
Joanna movía las caderas debajo de él, la cara volteada a un lado, para no sentirle el aliento, la vista fija en la proximidad de su propia mano, doblada, indolente, junto a sus ojos. Se distraía, mientras el tipo bombeaba, observando tal vez alguna imperfección en la laca de sus uñas.
Desde hacía un tiempo le venía pareciendo que el tiempo que Carlos consumía con ella era exactamente lo mismo cada vez que se veían. Que entre que empezaba todo, hasta acabar, el tipo tardaba,  como un relojito suizo, la misma cantidad de minutos. Entonces una vez, disimuladamente, claro, había cronometrado el tiempo en el mismo reloj pulsera que usaba el tipo. Y, efectivamente, desde que le desprendía el primer botón de su camisa, hasta que el tipo eyaculaba y se daba la vuelta, tardaban trece exactos minutos. Ni uno menos, ni uno más. Todos los meses lo mismo, trece minutos, hasta acabar.
La rutina era romper la rutina, los cinco o seis de cada mes, cuando cobraba el sueldo.
Después el tal Carlos, se daba vuelta en la cama. 
Joanna podía anticipar cada uno de sus movimientos. Su suspiro satisfecho. Luego encendía dos cigarrillos “Camel”; ponía uno en boca de ella y pitaba del otro con placer. Fumaban mirándose en el espejo del techo. Él le contaba cosas de su trabajo, de sus hijos y de su mujer.
Después le preguntaba, entonces, que cómo andaba ella.
Y ella, invariablemente, como cada mes, apoyaba su mano que sostenía el cigarrillo sobre el pecho de su cliente y cruzaba la rodilla sobre las piernas de él;  le decía al oído que bien, que ella estaba bien. Después se vestían.
Mabel siempre con las botas puestas, por lo de la prótesis.  
–¿Sabés?– le contó entonces Mabel a Lalo, durante aquel almuerzo –años de acostarme con el tipo y nunca se dio cuenta de la prótesis. Solamente preguntó qué me había pasado esos meses en los que no estuve en la parada y yo le dije que había tenido un accidente. Que me había atropellado un auto, en la calle.

Una vez que se vestían, el tipo pagaba la tarifa. Ella agradecía, guardaba el dinero en la carterita y salían juntos a la calle. Se despedían con un beso en la mejilla. Joanna volvía a su parada en la puerta del hotel y el tipo, el tal Carlos, se iba caminando a la estación para enganchar el tren de las ocho, a Castelar.

Fragmento del capítulo dos 
la novela que estoy escribiendo

11 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho (para variar). Promete la novela.
    Un abrazo.

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  2. Me gusta la ambientación del barrio y sus actores, el asunto de la rutina, todo tan previsible en el transcurrir de los días que resulta sedante, cualquier pequeño cambio en ese ecosistema será noticia sin duda. También parece querer que el lector se relaje, prepararlo para una un fuerte contraste. El personaje de la puta tendría más fuerza si sintiera algo por ese cliente o si él causara en ella la sensación de humanizarla al menos, que también esa rutina rompiera la de ella y no fuera sólo uno más. ME GUSTA!! Good job, Garriga!!

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    1. of, esta puta siente cosas, sì, pero por otros clientes.
      O al menos eso me dice, cuando la visito. je

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  3. Este fragmento es un reflejo de un estilo que se ciñe al milímetro en cada detalle de la vida de los personajes. Gente humilde, a quienes ya apenas les quedan ilusiones y que van dejando que los días transcurran de la mano de la rutina.
    Me gusta mucho como lo cuentas y me da la impresión de que entre los personajes masculinos anda metido una buena parte de Garriga. Y es normal.
    Ya has conseguido mucho,pero aún te queda, asi que, ánimo querido amigo!
    Bicos.

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  4. Como siempre, unas descripciones perfectas! Transportas, señor escritor, transportas...

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    1. gracias, querida.
      debo parecerte un transportista.
      soy pelado
      puedo filmar
      "el transportador 8"

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  5. Joanna y el claro ejemplo del trabajo de las prostitutas,cansado de todos los días.



    Un abrazo.

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  6. Los personajes quedan definidos en esa tediosa atmósfera a la espera de que ocurra algo que no llega. Será interesante leerlo en su contexto.
    Un abrazo :)

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