domingo, 9 de junio de 2013

FILOMENO





            Los papás de Filomeno, por el tema seguridad, se han tenido que  mudar al country. El chico es algo faltito, dicen. Anda todo el día solo, por las callejuelas, mirando  pájaros o pateando  piñas de los pinos. Los vecinos pasan a su lado en auto pero él rara vez habla con alguien y si lo hace su único tema de conversación es sobre el estado del tiempo.
            Hoy la mamá le ha pedido que la acompañe fuera, a comprar dos cajas de ravioles de verdura y seso.
            - Buenos días – los saluda la señora que atiende en la casa de pastas. - ¿qué van a llevar?-
            - Buenos días – responde la mamá.- Dos cajas de ravioles de verdura y seso y un pote mediano de salsa filetto, por favor-
            - Enseguida- dice la señora. Filomeno la observa ir y venir, traspasando luego de espolvorear con abundante harina, una plancha de ravioles de una caja a otra.
            - ¿Queso?- pregunta la señora al terminar.
            - No, gracias; en casa tenemos- responde la mamá.
            Se hace un silencio  de más harina, papel blanco de envolver e hilo.
            - veinticuatro con cincuenta.- dice la señora
            La mamá paga con veinticinco.
            - Aquí su vuelto y dos cupones de descuento para la inauguración del restaurante. Un restaurante es el complemento ideal para una fábrica de pastas frescas. Vendrá mucha gente- dice la señora – vendrá todo el countrie. –
            Filomeno, la vista fija en las juntas del piso de baldosas, imagina el restaurante. Ve a la señora de atrás del mostrador, vestida con gorro de chef,  el delantal  manchado de salsa, como si fueran chorreaduras de sangre. Camina entre las mesas empujando un carro con la olla enorme. Golpea  con el cucharón el borde:
            - ¿Alguien quiegue más gavioles? – preguntará con fuerte acento alemán pues a esta altura habrá comenzado a parecerse a Gertrud, la cocinera del instituto adonde una vez lo habían internado.
            Los ojos de los comensales,  acuosos por la medicación.
            Las bocas masticando  en plena deglución. La pasta que baja por el tracto esofágico rumbo al estómago. Sibilar de gases y jugos gástricos.
            Golpes del cucharón sobre la olla.
            - ¿Alguien quiegue más?-
            Los pies, arrastrando las pantuflas rumbo a los sanitarios en donde cada quien apoyará su culo, sea gordo, flaco, terso o arrugado, sobre la porcelana de los inodoros. Las cloacas son caños subterráneos que dan al rio.
            El río está contaminado dice siempre su mamá que guarda en su cartera los $ 0,50.
            - No  olvide sus cupones- dice la señora.
            - Hoy es un lindo día –  dice Filomeno.           

            Gertrud una vez le había acariciado el pelo.

sábado, 1 de junio de 2013

PRIMEROS PASOS EN EL MÁS ALLÁ



Hoy René amaneció a un día que sería agitado. Salió al sol de la mañana. El estruendo de los pájaros lo sobresaltó alegremente. La gente bajo los jacarandaes, esperando el colectivo para ir a la estación. Por su parte, él no iría a trabajar. Se quedaría sentado disfrutando lo tibio del sol, en el banco de la plaza. Observó a alguien venir. Era un hombre, que engañando a su familia, dijo haber salido a pasear su perro, aunque en realidad lo que pretendía era sentarse tranquilo a estudiar el programa de carreras en la Rosa de San Isidro. El perro, un labrador inquieto, comenzó a ladrar no bien advirtió la presencia de René. Su dueño, con barba de tres días, seguía inmutable, con el dedo índice que tenía la uña sucia, los nombres de los caballos y sus performances en La Plata y en Palermo.
            René cerró los ojos. Sintió que todo el universo era inmediato; se encandiló con las luces del hipódromo y el frenesí desorbitado de los caballos piafando nerviosamente mientras los jockeys tiraban de las riendas para sofrenar las ansias de echarse a correr ahora. Nunca había apostado René, pero supo que el 7 ganaría en la cuarta. Campana de largada. Las gateras se abrieron de repente con sonido metálico y los caballos se alejaron veloces, tremendo retumbar de cascos en el césped de la pista. Gritos de la gente en las tribunas. Volvió a su plaza, René, a su banco, a su mañana distinta.
            - Double Point- en la cuarta, susurró a oídos del hombre. Tal vez el tipo no notara más que un aire,  un  soplo en el oído, una fija, una corazonada matinal después del fernet en el bar de la estación. Presagios y cosquilleos ante el surgimiento de otra vez la esperanza de ganar algún dinero. Tal vez esta vez sí pudiera sacar cabeza y pagar deudas. Así es con los caballos, te ofrecen desquite. El hombre se acarició la barba y rodeó con una Bic azul de trazo grueso, con el capuchón mordido, el número 7 de Double Point, un debutante que esta noche sería corrido nada menos que por Falero. Era otro indicio; ése jockey sólo se subía a burros buenos.  Pagaría no menos de 17 a 1, tal vez éste sí, fuera su día de suerte.
            René sonrió para sí. En lo fragmentario del espacio, el caballo ya había llegado al disco mientras que el perro, en la plaza, seguía gruñendo, los ojos llenos de perrura, las gotas de baba cayendo de sus mofletes con cada ladrido.
            Al mediodía la casa seguía sola.  Sólo el gotear de una canilla sobre una taza de café en la pileta de la cocina. Sintió sed y deseos de ser un picaflor para poder detener su vuelo  y  libar de esa gota que caía. Llenarse de frescura transparente.
            Al rato llegaron Inés, su esposa, y los chicos. Dejaron las llaves en la mesita del pasillo y subieron las escaleras. Era raro verlos juntos. Se sentaron los tres en sus lugares de siempre en torno a la mesa. Los cuatro si se contaba él mismo. Sebastián sirvió jugo a su hermana.
            Inés clavó la vista fijamente en él.  La miró con ese amor acostumbrado de los que pasan toda una vida juntos.
            - Es raro, dijo Inés. -Es como si estuviera aquí.-
            Sus hijos levantaron sus cabezas. Distraídos sin lograr ver nada. Saludó a todos, tímidamente, con la mano.
            - Dejáte de joder mamá- dijo Anahí- si estuviera aquí estaría sentado en el sillón viendo deportes por Direct TV.
            Todos volvieron la mirada entonces al sofá de gastada pana frente al televisor. El gato que había estado allí sentado, durmiendo la siesta de media mañana, huyó desconfiando. Siempre desconfían de todo, los gatos
        El control en el apoyabrazos.
        Luego cada uno subió a su cuarto a cambiarse.
        René oyó suspiros pesarosos.
        Afuera lo esperaban la tarde infinita, el cielo definitivo, oscuro y solo.