sábado, 24 de agosto de 2013

LA OFRENDA (fragmento)


                                                                                "il diábolo" Jordi Garriga



 “Como tú no sabes cuál es el camino del viento,
o cómo crecen los huesos
 en el vientre de la mujer encinta,
así  ignoras la obra de Dios,
el cual hace todas las cosas.”

Eclesiastés 11:5

Había sucedido en la playa. Una tarde de sol. María Ofelia y el marido habían traído al abuelo para que conociera el mar. No hablaba el viejecito. Dios le había impedido hablar y caminar. La silla tenía inscripto en el espaldar “Círculo Médico de Lomas de Zamora” como dejando constancia de quién era el que había hecho beneficencia con el pobre abuelo que de tan pobre que había sido, recién ahora tenía la suerte de conocer el mar. El marido de María Ofelia había arrastrado la silla, con dificultad sobre lo blando de la arena, de espaldas. En la reunión en el templo habían estado cantando juntos, eran hermanos.  Sergio se ofreció a ayudar mientras que Dora parecía no percatarse de la fatal corriente de atracción que Sergio sentía por la mujer de su próximo. “No desearás, no fornicarás” pero se trataba de un volcán interior, bullendo incontrolable y ella, María Ofelia, le devolvía las miradas, echando fuego también por sus ojos, como diciendo sí, que a ella le pasaba lo mismo y mientras tanto todos sonreían y charlaban, como si todo fuera cosa de todos los días, viendo cómo el tierno viejecillo mojaba, por primera vez, su pie negro y costrudo, de uñas retorcidas,  en el agua suave y salitrosa de Mar del Tuyú.
–Ah, oh. –emitía su desdentada boca en algo que se suponía, sonaba parecido a una risita nerviosa y aguda.
Entretanto ellos compartían la humedad de haber tocado la bombilla del mate, uno después del otro mientras se contaban retazos de sus vidas dedicadas, claro, al trabajo y a la devoción.
Si Sergio hubiera sabido…  Y cuando se acabaron los bizcochos se ofreció a ir al departamento en busca de más, total quedaba en la costanera y María Ofelia dijo que aprovecharía para ir al baño y Dora, oh tonta Dora, que dijo “usá el de casa, que es más cerca, no vas a ir al restaurante que está sucio o al de tu casa que, me dijiste, queda a diez cuadras” y María Ofelia tan  respetuosa pidiéndole permiso al marido que dijo “andá” con la mirada, “yo me quedo cuidando al abuelito” y Dora dijo entonces: “acompañala, Sergio” y fueron y el Demonio, metiendo su cola voluptuosa entre los dos; una sonrisa, un roce y dejarse caer, ya, los cuerpos entrelazados sobre la cama, rápido que no tenemos tiempo, quitándole los trajes de baño. Y luego de la urgencia apasionada, las promesas de  verse al día siguiente, otra vez, con un poco más de tiempo. “Cuando nos veas venir decí que te vas a caminar”. Y así fue que al día siguiente lo hicieron de nuevo. No bien Sergio la vio venir con su marido y el abuelo en la silla de ruedas, “me voy a caminar un rato” dijo y tomó por la siguiente salida de la playa, para esperarla arrebatado de deseo. Y ella, Sergio no supo bien cómo hizo para deshacerse de su cónyuge, otra vez, se apareció echándose a sus brazos de un salto, a horcajadas, apretándolo con sus muslos, suaves, fuertes, absorbiéndolo, precipitándolo; nuevamente se dejaron quemar por los calores de las gimientes carnes, por la pasión guardada durante años de recato. María Ofelia, sudando, le dijo que nadie nunca la había amado tanto y tan bien; lo dijo con los dientes apretados sosteniendo entre ellos la hebilla para el pelo, peinándolo de nuevo tirante en cola de caballo y él excitándose con lo turgente de esos labios, con la frescura de esa boca y los senos bien formados, perfectos, tapados otra vez con el traje de baño y el solero largo que toda evangelista debe usar hasta los tobillos. Dora, creyó Sergio,  jamás pensaría en una traición de su parte; y menos así, de esa manera apasionada y violenta.

Dora era la hermana menor del pastor evangelista de la congregación. Así fue como la había conocido. Con los años tuvieron dos bendiciones a los que llamaron Jonathan Nathaniel y Elías Gabriel. Luego, tras cuatro años más, dos nuevas bendiciones, dos hijos de crianza, huérfanos de padre y madre a los que la congregación les pidió que acogieran en el seno de ese tibio hogar al que no faltaba nunca el pan ni la alegría de los que sirven al Señor.

Y por eso se sentía, Sergio, más culpable todavía. Porque no era sólo una traición a una mujer, su mujer en este caso; sino que era la traición a todos los hermanos de toda una congregación que lo había ayudado, alguna vez, a salir adelante.
El vórtice de un abismo irremediable se había vuelto a abrir a sus espaldas y luego de haber consumado la trampa carnal urdida por El Oscuro, no podría volver a salir, arrastrando en su caída a los suyos. El pecado mancha a todos y no tiene vuelta atrás. Sólo el perdón de Dios, lo puede redimir, pero ¿se arrepentía Sergio? Únicamente  acciones concretas expían los pecados de la carne.

Pero ¿qué acciones debía acometer?

Porque sucedió que una tarde, de esas tantas, hacia el final de las vacaciones, que María Ofelia y el marido llegaron a la playa más temprano que de costumbre, diciendo algo de ir a cambiar unos pasajes; les pidieron entonces, por favor, si no cuidaban del abuelo una hora mientras ellos solucionaban esos problemitas. Y claro, les contestaron Dora y Sergio que para eso estaban, si la caridad bien entendida empieza por casa. Y Sergio mismo, que se había quedado realmente con las ganas de más María Ofelia, de sentirle los gemidos, las uñas clavadas en su espalda, fue el que empujó la silla, unos metros, por sobre la arena húmeda, hasta la orilla del mar, diciendo: “Hola abuelito, la paz del Señor esté contigo. ¿Necesita alguna cosa?”
 Y el abuelo que sólo se comunicaba con sus guturales “uhs” y “ohs” y “¿María Ofelia es su hija?” preguntó Sergio más por sostener ese excitante nombre un segundo entre sus labios que por un real interés en la cuestión y el viejo que negó desesperado con la cabeza, “uh, uh” “oh, oh” “ah, está bien, abuelo, no tiene importancia” había dicho  interesado en seguir pensando en ella, lamentando no tener esos minutos diarios de fuego que se habían venido dando hasta el momento sin que Dora ni el marido de ella, al parecer, se dieran cuenta de nada.

Al atardecer ni María Ofelia ni el marido aparecieron por la playa. Dora y Sergio se cruzaron miradas llenas de preguntas sin respuestas; y para complicar las cosas, ya era hora de ir dándoles de comer a los chicos, porque estirando un poco la hora del té y adelantando la de la cena, se ahorraban una comida y todos contentos.
Decidieron llevar al abuelo hasta la casa, “total María Ofelia conoce”, dijo Dora con un tono que a Sergio le pareció extraño por lo que procuró dejar asentada la cuestión con un “sí, claro, una vez vino al baño”
Y esa noche compartieron los panes y las oraciones de la cena con el abuelo paralítico y mudo que Dios les había puesto en el camino. El problema era que había que llevarlo a hacer sus necesidades y que después tenían que higienizarlo, porque no se valía y Dora protestaba: -que esto así no son vacaciones para una si además de todo, tengo que limpiarle el traste a un anciano desconocido- y “ojh, ojh” decía el viejo intentando arañarlos y ponerse fuera de su alcance. Y para colmo María Ofelia y el marido seguían sin aparecer y ellos, incautos, sin siquiera haberse precavido de tomar un teléfono de contacto ni nada.
A la hora de ir a la cama el anciano seguía instalado en la mesa señalando con su garra, alternativamente, el garrafón del agua y los sándwiches de salchichón y queso que habían cenado más un suculento café con leche y pan con picadillo. Todo macerado con leche se metía el viejo con cuchara a la desdentada boca.
-Pero válgame Dios, este anciano está muerto de hambre - dijo Dora viendo como el viejo tragaba, -¿Es que no te da nada de comer esa Maria Ofelia?
El viejo, sin escucharla, seguía agitando sus garras; señalaba la botella de leche y hacía gestos como si quisiera indicar, con índice y anular, un cigarrillo imaginario en los llagados labios. Y Dora que no, que fumar era imposible, nadie fuma en esa casa y mucho menos sabiendo que atentar contra la salud del cuerpo es pecado”.
El problema se agudizó a la noche, porque lejos de callar, el viejo seguía practicando sus “oes” y “ues” con voz cada vez más portentosa, reclamando más comida y más idas al baño y otra vez limpiarlo, esta vez de caca descompuesta, lo que era, de algún modo vomitivo; había dejado el baño impregnado de tanta suciedad por lo explosivo de sus deyecciones que hubo que fregarlo entero. A Sergio le dieron arcadas. El olor en toda la casa era nauseabundo.
Decidieron bañarlo. Esa tarea recayó en Sergio, porque Dora se había sacrificado tanto limpiándole el trasero que no estaba dispuesta a dar más, Dios la perdonara. No bien le quitaron el sueter y una camiseta que alguna vez había sido blanca, con gesto compungido, ambos, se asomaron enmudecidos al horror de observar que el pobre viejo tenía la espalda surcada de lonjazos que habían dejado costrones resecos. Algunos, más nuevos, mostraban la carne viva.
El viejo se puso a chillar, agudo, ensordecedoramente
Y ellos se quedaron mudos, intentando que nada vieran los niños, angelitos de Dios, ajenos a todo. ¿Y si iban a la policía? ¿Y si nos acusan a nosotros, Dora, de hacerle eso al abuelo? ¿Y cómo explicamos?
Decidieron practicarle algunas curaciones de emergencia y asearlo como pudieron. En el medio el maldito viejo del demonio otra vez se volvió a cagar vez hubo que limpiarlo.
Nadie pudo dormir. Nunca dejó de aullar el abuelo y quejándose toda la  noche, hasta el paroxismo. Tuvieron que  gritarle “que te calles, viejo, que te calles, porque nos estás volviendo locos a todos” y “uh” y “oh” la botella de agua, no hay más pan ni leche ni nada, te vaciaste toda la heladera, ahora por favor, dejanos dormir.
Y como no se callaba, una Dora desconocida para Sergio, lo empezó a sacudir de los hombros y a gritarle que se callara, porque culpa de la puta de su hija o de su nieta o lo que mierda fuere, que había venido a arruinarle el matrimonio. “Pero Dora” dijo Sergio y “Callate idiota, ¿Qué te creés, que soy una tarada yo?” y el viejo que seguía chillando en un tono tan agudo, “Qué te creés, no me doy cuenta de nada?” Y Sergio que no sabía qué hacer ni qué decir, sólo atinó a emitir un “los niños, Dora, los niños” pero ella estaba enfurecida, eran las tres de la mañana y el viejo no paraba de gritar, por lo que de tanto sacudirlo terminó por fin haciéndolo caer al suelo. Sergio intentó separarla y ponerla de pie pero ella estaba enloquecida gritando ¡No me toques, no me toques maldito hijo de puta! Y él, que nunca en su vida había oído blasfemar a su amada Dora, la más buena mujer que cualquiera hubiera tenido, la que estaba siempre dispuesta a escuchar a todos, a ayudar a los necesitados, a dar la mitad de lo que tenía a los carecientes.
Y así fue como amanecieron al último día de su vacaciones, algo más frio que los anteriores y presagiando, desde el este, nubes de tormenta. Se turnaron en silenciosas y hoscas guardias junto al viejo de la silla de ruedas que a esta altura ya les tenía un terror ciego, mientras que el otro miembro de la pareja aprovechaba para cuidar los niños y pegar una cabeceada en la playa mientras oteaba el horizonte en busca de una María Ofelia y su marido que por supuesto jamás arribarían.
        
Fue entonces que pensó que todo había acabado, para él.
Habló con Dios;  imploró misericordia. Pidió por la salvación de Dora y de los chicos. Le pidió, ya que nunca le sería dado conocer su gracia, que aceptara su alma como ofrenda, a cambio de salvar la de los suyos.
Cuando terminó de orar, estaba determinado.

La tormenta abatió por fin toda su furia sobre el balneario “Las Gaviotas” de Mar del Tuyú. Las ráfagas arremolinaban la lluvia en torno a una luminaria que se balanceaba, con sonido a campana de hojalata, a punto de caer. Sobre la pasarela de madera, que era el acceso obligado a la playa, Sergio, de espaldas al viento, luchaba por arrastrar la silla hacia adelante.
Al llegar a lo blando de la arena empujarla fue  sobrehumano. Sergio maldecía e insultaba al viento y a la arena que parecía erosionar sus pantorrillas, hasta el hueso. Las ruedas se enterraban y avanzar cada centímetro era una tortura.
–Ya vamos a llegar, abuelo. Un esfuerzo más y ya –repetía inclinado sobre el anciano que parecía negar desesperadamente agitando sus manos. Chillaba, pero su voz era arrancada por el viento, de su boca.
Recién al llegar a la arena húmeda y dura, donde la silla de ruedas podía andar, Sergio dejó de maldecir  y avanzó en dirección a las olas cuyo fragor se escuchaba unos metros adelante, en la ceguera de la oscuridad más absoluta.
–¡Ujh! ¡Ojh! –repetía el abuelo agitando los brazos y señalando a sus espaldas, en dirección a la luz vacilante y al silbido del viento en los cables.
–Llegamos –dijo Sergio ignorándolo. –Llegamos al maldito mar, abuelo.
Se tomó unos instantes para recuperar el aliento. Luego se acuclilló delante de la silla para descalzar al viejo de sus chanclas. Una ráfaga se las arrebató, súbitamente, de las manos.
Chilló con voz más aguda, el viejo.
–Sí, el mar –dijo Sergio a modo de respuesta –el asqueroso, estúpido y mojado mar.
El abuelito se desesperaba mientras Sergio sentía los vahos de su pútrido aliento surgiendo de esa boca permanentemente abierta en forma de “o”, bajo las varias vueltas de una bufanda gris de lana, que alguien le habría tejido alguna vez.
Una ola, un poco más fuerte que las otras, llegó silenciosa y mojó las patas del anciano. El viento desenroscó la bufanda que se puso a flamear como si fuera el pendón deshilachado de un barco, en medio de una tempestad.
Sergio se echó a correr. El viento que soplaba desde sus espaldas parecía querer levantarlo haciendo que sus pies casi no tocaran el suelo. Como si cientos de ángeles lo ayudaran, volviéndolo liviano, a huir del sonido ululante del infierno. En ningún momento volvió la vista atrás.


sábado, 17 de agosto de 2013

PITAGORAS, LA MUSICA DE LAS ESFERAS Y LA EMPANADA ENTRERRIANA


Jordi Garriga, boceto de naturaleza muerta


El jueves viene ella, que tiene trece y es dulce (cuando quiere) y bella (siempre) y dice que a partir de esta semana, los viernes a la noche, se va a encargar de cocinar.

Aplaudimos, todos, en casa.

Internet, claro, los chicos, la internet y una receta de empanadas entrerrianas.

Dejate de joder, pensé. Entre Ríos se caracteriza por muchas cosas pero no por la empanada; decime salteña, riojana, catamarqueña. Pero ¿entrerriana?

Canela y clavo de olor. Ella se ocupó de conseguirlo todo.


Jordi Garriga, naturaleza muerta


Y cuando llegué (los viernes juego a la paleta con mi vecino) me esperaba la cosa más aromática del mundo y la sonrisa más orgullosa y perfecta y, entonces juro, sí, que sentí aquello de Pitágoras, que decía que el universo está compuesto por esferas concéntricas que giran en distintas direcciones y que, al entrechocarse, producen ese sonido que denominó "la música de las esferas". 

(No olvidemos que Pitágoras fue el que definió el acorde perfecto mayor).





                                                      Gala

Porque en mi esfera anoche, todo el puto dolor del mundo, y la angustia y la injusticia y los políticos y el capitalismo, se fueron al mismísimo río del olvido (Leteo) o, dicho en lengua materna, a la misma mierda.



Porque el clavo de olor le queda genial a la empanada y mi hija, de quien me siento orgulloso, además, por muchas otras cosas, agregó un aroma que quedará por siempre en mi memoria como un acorde, perfecto, mayor. (Do-mi-sol-si-fa, sostenido).





domingo, 11 de agosto de 2013

Dos Posts

POST NUMERO DOS

  Trece minutos, hasta acabar.


Lalo, con la silla al revés; el respaldo hacia adelante, la botella de cerveza bajo el asiento, miraba sin ver el tráfico y la gente. Se aburría un poco. De hecho, a poco que se lo pusiera a pensar, la rutina de un negocio –porque había abierto hacía un tiempo ya, la carpintería– era parecida, de alguna lejana manera, salvando las distancias, claro, a la del pabellón carcelario en el que se había pasado algunos años de la vida.
Cualquier cosa que se pareciera a una rutina, le hacía acordar a Lalo a aquellos, por suerte ya, lejanos días de la cárcel.
Rutina era abrir, todas las mañanas, el local ubicado en la calle Bolivia, a metros de la esquina de avenida Avellaneda, a eso de las nueve de la mañana; rutina era saludar al chino o coreano o lo que mierda fuere, que también a esa hora abría la ruidosa cortina del supermercadito y sacaba a la vereda el cartel pizarra con  propaganda de la coca–cola con las ofertas del día escritas con tiza. Barría el chino la vereda mientras Lalo encendía la radio, entre los placares y las mesas que vendía en su  carpintería. Comprar el diario Crónica y tomarse un café del tipo que pasaba con el carro de los termos. Ver llegar a la boliviana; verla desplegar, sobre la vereda sucia, una manta con bombachas y ropa interior, además de pequeñas bolsas con especias que ponía a la venta. 
Los clientes de la carpintería no eran muchos aunque alcanzaba perfectamente para los gastos y alguna ganancia. Se trataba en general de señoras con alguna puerta de armario rota. O de alguno que buscaba una silla de paja o falsa esterilla que Lalo a su vez compraba a un tipo que las conseguía en el Tigre y revendía en los negocios de la Capital en una camioneta desvencijada. Luego llegaba el mediodía. Como en la cárcel. Horas signadas por el transcurso de las comidas, por el lento tiempo de cerrar el local, de pensar qué quiero almorzar hoy. Mirarse con el chino o coreano que también cerraba su local al mediodía para descansar a la hora de la siesta. Caminaba, Lalo, silbando las dos cuadras hasta el departamento de la calle Bogotá. Despertaba a Mabel, compartía con ella el almuerzo, el “Termidor” y el café, al terminar.
 A las cuatro y media o cinco, luego de la siesta, abría el negocio de nuevo. Y otra vez el chino con la propaganda de la coca–cola y la misma oferta de yerba o leche o té. La boliviana, sus bombachas y la tarde pringosa, espesa, desplegándose ante sus ojos claros; la dejaba pasar, sentado con el vaso de acero inoxidable de una Quilmes fresquita. Los minutos demoraban y ni qué hablar de las horas. Charlaba, a veces, para distraerse, alguna cosa de ocasión con Carolina, la puta que tenía la parada en esa cuadra. Saludaba a los policías que pasaban buscando su diezmo de manos de esa prostituta y de todas las prostitutas del barrio, incluida Joanna. ¿Cuántas bocas húmedas, abiertas, cuántos petes, cuanto semen? Se preguntaba Lalo. Ríos de semen, tanques de semen cayendo en cascada moviendo la rueda del flujo de la vida y la economía en la ciudad. Eso era. A veces se molestaba por encontrarse pensando estupideces y porque un poco, se estaba aburriendo, allí, en la puerta del negocio, esperando, como en una reiteración de la mismísima mañana, la llegada de la noche. Como un fundido en continuo del día de ayer, del de antes de ayer y así los días y las noches y los meses que pasaban y pasaban como cuando en la cárcel. Acollarado al compañero de celda, en esas charlas pegajosas, en el frío, en la humedad a la espera de la libertad.
La noche, en cambio, era otra cosa
Alrededor de las siete de la tarde ocurría el recambio de las putas. Porque aunque no lo pareciera, todo estaba organizado en la zona roja; las paradas de las chicas, las tarifas de las calles, los horarios. Volvía entonces a pasar el patrullero y el policía de la noche, a cobrar otra vez su diezmo, como un pastor evangélico abriendo las aguas del mar de leches, de pezones, de polleritas y tacos altos.
La boliviana que se había pasado la tarde sentada de esa manera inverosímil, con su muestrario de bombachas y corpiños, se levantaba y enrollando su lona, se llevaba el bulto de su ropa, como si fuera un bebé, terciado en la espalda.
Era a la noche cuando se le daba por lijar a Lalo. Por martillar y taladrar sus muebles.
La noche era la hora de trasegar con la madera, de transpirar como un loco; descargaba toda la fuerza y la ansiedad de sus manos. Mientras Mabel, a dos esquinas del taller, iba y venía de la cama del hotel, al calor de la vereda, porque era verano, con un cliente tras el otro.
Un día de tantos, al mediodía, cuando almorzaba con Mabel, Lalo le preguntó si no se aburría de siempre la misma rutina. De todos los días lo mismo, a la misma hora, como en una cárcel. Mabel se sorprendió por la pregunta. Era raro que Lalo expresara sentimientos hablando. Alzó la mirada y le contestó que a veces. Que a veces todo era lo mismo, era cierto. Lo q      ue en el fondo trataba de decirle era que se sentía como una muñeca de goma, parlante, articulada, pero muñeca de goma al fin; como si toda ella estuviera hecha de la misma silicona de su prótesis. Como si toda ella fuera, para los clientes, una bolsa en la que echarse un polvo en la ranura.
De hecho le contó de Carlos.
Carlos era uno de sus habitués. (O tal vez el tipo dijera llamarse Carlos porque así como ella era conocida por el nombre de Joanna, su cliente también podría llamarse de otro modo. Pero ¿quién elegiría el nombre de Carlos como nombre de guerra, no?)
Venía a buscarla todos los cinco o los seis de cada mes, cuando cobraba.
Desde hacía muchos años. Tal vez diez, ya.
Lo hacía casado. Antes, cuando estaba sola, tal vez le hubiera envidiado la pequeña casita, probablemente en Castelar; el hecho de que alguien lo esperara, la olla al fuego, las tareas del colegio de los chicos, esas cosas. De haberle ella confesado sus elucubraciones, Carlos seguramente le hubiera dicho, que no le cambiaría el lugar, si conociera algo de su vida. El sacrificio por llegar al final de cada mes, la configuración de la rutina regida por el sueldo que se desvanecía tan rápidamente, las cuentas de la luz, del gas, la indistinción del día a día tan igual el uno al otro.
La ropa gastada, tener un jefe.
Las zapatillas de los chicos que debían renovarse; la ropa de marca como un sueño imposible.
Claro que todos los seis, él se había hecho la rutina de cambiarse la rutina. Joanna era entonces su crucero por el mar Caribe, su sushi, su caviar y su Mercedes Benz.
Y siempre tenían sexo de igual modo: como un marido y una mujer de muchos años.
Claro que Mabel no quería abundar en detalles demasiado precisos en su relato, porque Lalo, bueno, era un tipo un poco impredecible y a lo mejor le daba celos y empezaba, bueno como siempre. De todos modos Lalo la estaba escuchando atento como cuando un chico escucha un cuento.
Lo cierto es que al cliente ella, Joanna, lo desvestía de a poco. Botón por botón de la camisa, le desprendía, besándolo en el pecho. Le desabrochaba el cinturón, al  tipo y con los labios y los dientes le bajaba el slip. Ese pequeño acto de bajarle el slip con la boca, la primera vez, lo había calentado tanto, al tal Carlos, casi hasta el punto de enloquecer y a partir de ese día lo había tenido que repetir, cada vez que se veían, los cinco o los seis de cada mes.
Después se desvestía ella. Cerca de él. De espaldas. Rozándolo apenas con las nalgas, incitándolo, envolviéndolo en la nube de su perfume.
Luego, cuando su pollerita caía, él le pasaba los brazos desde atrás, acariciándole las tetas y se movían un rato así. Le besaba la oreja, los hombros. Joanna se daba vuelta dentro del abrazo; respondía a sus besos y se agachaba hasta besársela.
Luego se dejaba caer, de espaldas en la cama y, abriendo las piernas lo recibía dentro de sí. Gemía Joanna, como si el tipo realmente la calentara y cuando lo sentía venirse, gritaba ella también. Parte del show, pero nada le interesaba de esos detalles, a Lalo.
Sólo que siempre se la cogía de igual modo, el tipo. Demasiado igual. Era como estar con un muerto.
Joanna movía las caderas debajo de él, la cara volteada a un lado, para no sentirle el aliento, la vista fija en la proximidad de su propia mano, doblada, indolente, junto a sus ojos. Se distraía, mientras el tipo bombeaba, observando tal vez alguna imperfección en la laca de sus uñas.
Desde hacía un tiempo le venía pareciendo que el tiempo que Carlos consumía con ella era exactamente lo mismo cada vez que se veían. Que entre que empezaba todo, hasta acabar, el tipo tardaba,  como un relojito suizo, la misma cantidad de minutos. Entonces una vez, disimuladamente, claro, había cronometrado el tiempo en el mismo reloj pulsera que usaba el tipo. Y, efectivamente, desde que le desprendía el primer botón de su camisa, hasta que el tipo eyaculaba y se daba la vuelta, tardaban trece exactos minutos. Ni uno menos, ni uno más. Todos los meses lo mismo, trece minutos, hasta acabar.
La rutina era romper la rutina, los cinco o seis de cada mes, cuando cobraba el sueldo.
Después el tal Carlos, se daba vuelta en la cama. 
Joanna podía anticipar cada uno de sus movimientos. Su suspiro satisfecho. Luego encendía dos cigarrillos “Camel”; ponía uno en boca de ella y pitaba del otro con placer. Fumaban mirándose en el espejo del techo. Él le contaba cosas de su trabajo, de sus hijos y de su mujer.
Después le preguntaba, entonces, que cómo andaba ella.
Y ella, invariablemente, como cada mes, apoyaba su mano que sostenía el cigarrillo sobre el pecho de su cliente y cruzaba la rodilla sobre las piernas de él;  le decía al oído que bien, que ella estaba bien. Después se vestían.
Mabel siempre con las botas puestas, por lo de la prótesis.  
–¿Sabés?– le contó entonces Mabel a Lalo, durante aquel almuerzo –años de acostarme con el tipo y nunca se dio cuenta de la prótesis. Solamente preguntó qué me había pasado esos meses en los que no estuve en la parada y yo le dije que había tenido un accidente. Que me había atropellado un auto, en la calle.

Una vez que se vestían, el tipo pagaba la tarifa. Ella agradecía, guardaba el dinero en la carterita y salían juntos a la calle. Se despedían con un beso en la mejilla. Joanna volvía a su parada en la puerta del hotel y el tipo, el tal Carlos, se iba caminando a la estación para enganchar el tren de las ocho, a Castelar.

Fragmento del capítulo dos 
la novela que estoy escribiendo

Dos posts

Post nro 1

En el suplemento cultural ADN del diario La Nación ha salido la reseña de "Escuela para ciegos" 

Este es el link http://www.lanacion.com.ar/1608495-comentarios  aunque de todos modos la copio por que bueno, no todos los días salen reseñas en los diarios de los libros que uno escribe, ni todos los días uno escribe libros ni... (aqui freno porque si no no paro más)


OTROS PAISAJES NARRATIVOS


El primer libro de cuentos de Fernando Garriga (Buenos Aires, 1964) presenta un conjunto de tramas y personajes caracterizados por una voz popular, puntuado por episodios concernientes al arte de narrar. Estructurado en tres partes, el volumen adquiere lógica mientras avanza la lectura. Una primera parte con un único (gran) cuento, el que da título al volumen, da lugar a una sección -"Divino tesoro"- que agrupa relatos protagonizados por niñas y jóvenes. En "Costa del Este", la hija menor de un matrimonio a punto de separarse viaja con su madre y su hermana a la casa de veraneo de una tía casada con un diputado algo débil para resistir tentaciones. Allí Amelia escribirá un cuento para un concurso, empezará a tomar distancia de sus pares ("Al rato reían de reírse, nada más. No tenían motivo. Paraban y volvían a empezar. Estúpidos") e intuirá el agotamiento de cierta dinámica familiar. "La decoración Feng Shui", con una impronta cómica, cuenta la historia de un oficinista porteño enamorado de una chica lesbiana. Ese amor imposible, que crece dentro de Benjamín "como una enredadera" (el autor se gana la vida como jardinero y paisajista, así que abundan las referencias al mundo vegetal), moverá las piezas de una manera milagrosa. La tercera parte ("Un mundo hecho de dogos y de Lauras"), la más interesante de Escuela para ciegos, combina apuntes autobiográficos -el narrador trabaja como paisajista, administra un blog (el del autor es www.solocarneysangrefresca.blogspot.com), su esposa se llama Laura- con digresiones sobre el acto de escribir. A
uspicioso debut tardío.
Daniel Gigena

Así que muchas gracias a Daniel Gigena.