sábado, 28 de septiembre de 2013

Mas fragmentos de la desfragmentización

Secándose el pelo, sentada en el borde de la bañera, le preguntó cómo le había ido. Lalo, desde la cama, el antebrazo doblado tapándole los ojos porque realmente le jodía el fulgor de la luz, gruñó que bien o algo así.
Se acostó junto a él; su piel estaba fresca, del baño que se había dado. La montó y abriéndole los muslos como cualquiera de los clientes que Mabel había atendido durante la noche; la penetró con fuerza.
Hay una capacidad de las mujeres de percibir cambios sutiles, tal vez en la composición de la sustancia del aire que las rodea o en el aliento que su hombre les respira en la boca, al besarlas. Mabel sintió que Lalo no estaba realmente allí. Que tras sus párpados cerrados, sus ojos tal vez estuvieran contemplando la presencia de otra mujer. 
A lo mejor sólo se tratara de una intuición, o de alguna alteración de la frecuencia en el impulso eléctrico de sus pulsaciones. Cuestiones de su imaginación, tal vez. No lo supo ni tampoco se lo preguntó, pero supo, de algún modo, que Lalo, o que la mente de Lalo estaba, en ese preciso momento, en otra parte. Lejos. Que el sexo que estaban teniendo era algo mecánico, como el de cualquiera de los desconocidos con los que tenía que tratar toda y cada una de las noches de su puta vida.

La sabiduría se materializa, ciertamente, en la práctica concreta del silencio. Mabel era ducha en ejercerlo. 

sábado, 21 de septiembre de 2013

y un fragmento más

Y fueron nomás, el domingo, al cumpleaños.
Lalo estaba en la cocina cuando tocaron el portero, abajo. Mabel al escuchar el timbre se levantó rauda; había olvidado que su hijo menor había dicho que vendría a visitarla.
–Es Alejandro–, dijo, a los saltos, porque estaba sin la prótesis y se encerró en el baño, a darse una ducha.
A Lalo le tocó el rol de hacer del anfitrión; del tipo que al abrir la puerta dice:
–Pero pasen, por favor, qué lindo día que hace hoy, qué bueno que estén aquí, pasen, pasen. Siéntanse como en su casa.
Claro que nada de eso; sólo abrir la puerta y gruñir un saludo dejando espacio para que entrara el menor de los hijos de Mabel, “el que se había rescatado” y que ahora le estaba dando la mano y le presentaba a una mujer gordita, y a sus dos vástagos que miraron con miedo a ese hombre de barba de días y cara de no haber dormido bien, lo que era cierto. Se apartaron de él, al pasar.
Mabel se estaba vistiendo en la habitación.
–Pasen –dijo. Se la escuchaba forcejear con la silicona de la prótesis. La piel del muñón estaba húmeda, porque recién se había duchado y no se deslizaba bien. Así resultaba imposible colocársela del modo correcto. 
–¡Lalo! –llamó entonces desde la pieza. Lalo, asomó su desgreñada cabezota por la puerta. –¿Me hacés un favor? –pidió, Mabel. Se quedó mirándola, como diciendo qué. –Uno no, amor, dos favores –dijo ella –¿me alcanzás el talco del botiquín del baño, por favor? Y… Pero Lalo ya se había ido. 
–Acá tenés –dijo al volver, tirando sobre la cama el envase, de color rosa, de un talco perfumado.
–Espectacular– dijo Mabel, contenta ahora, porque la prótesis se deslizaría como un guante sobre el muñón. –Y lo segundo–, agregó –¿no te irías a comprar unas facturitas? Me olvidé que venían, por favor.

Lalo fue hasta el baño y orinó. Afuera estaría fresco, calculó. Se pondría el saco de cuero. Se había encariñado con él. Al volver a entrar a la pieza para buscarlo en el placar vio cómo Mabel se acomodaba el pelo. A Lalo le gustaba que se lo peinara en cola de caballo. Le parecía lindo verle el cuello, la curva del nacimiento de los hombros, desde atrás. Le quitaba años. Le excitaban las mujeres que se peinaban en cola de caballo; tenía que ser alta, hacia arriba y después caer, no sabía por qué pero se calentaba cuando caminaba atrás de una mujer que al andar sacudía su cola de caballo de un lado al otro.
En el bolsillo derecho de sacón de cuero, sus dedos encontraron los papeles metalizados con la cocaína del otro día.

Escuchó a Mabel entrar al comedor. La escuchó saludar, alborozarse por los niños, decir ¡qué ricos son!, preguntar si podía tocarle la pancita, a Juliana, que estaba de cuatro meses, que respondió que sí, que con confianza.
Peinó con cuidado el polvo blanco con un pedacito de cartón de una caja de “diclofenac” (de cuando la operación de la pierna de Mabel). Después aspiró.
Escuchó a Mabel pedir disculpas por el desorden. Y preguntar el nombre y la edad de cada uno de los niños.

Tapó con sus pulgares, alternativamente, cada una de sus fosas nasales para  aspirar. Después guardó las cosas en su cajón y volvió a aspirar, esta vez la nada, para limpiar la entrada de aire en su nariz y cualquier resto de cocaína que pudiera haberle quedado. Tomó algunos billetes de la mesa de luz; el maldito fajo se estaba empezando a acabar, quedaba menos de la mitad. Acomodó en el cajón los papeles metalizados de la cocaína que le había quitado a las travestis y salió a la calle gruñendo un “voy a comprar”. 

domingo, 15 de septiembre de 2013

Otro fragmento.



Hacía rato que Lalo no tomaba cocaína, desde antes de la cárcel.
Se la habían convidado Laura y Daniela, dos travestis que había levantado en la esquina de Bogotá y Fray Cayetano. Les había dicho, para convencerlas de subir a la camioneta, de contratarlas para una despedida de solteros, de su jefe, en un country de Canning; les había entregado la mitad del dinero por adelantado, después de haber discutido largamente el precio.
Les preguntó si llevaban cocaína y dijeron que sí; que seis gramos cada una.
Tomaron un pase sobre el tapizado de la camioneta que Máximo había conseguido  la tarde anterior. Lalo puso música en la radio. Las chicas se burlaron del rock de viejo que escuchaba. Después se distrajeron charlando de cosas internas de ellas. Parecía que una de las dos se había peleado con una tercera por un novio. Le preguntaron a Lalo que qué hacía él si otro le robaba la novia. La perra, dijeron en vez de la novia. Que qué hacía si algún mal nacido le robaba la perra. “Le retuerzo las pelotas hasta que diga basta” contestó Lalo. Las travestis se rieron y Daniela, la que estaba sentada a su lado, cambió la estación de radio; puso una en la que el locutor anunciaba “para Lali de Ezpeleta, la canción prometida de Ricardo Arjona:
–Ay Arjona, me encanta Arjona –dijo Daniela, que viajaba sentada a su lado, poniendo  su mano, distraídamente, sobre la bragueta de Lalo.
El tipo cantaba en el estéreo: “Mientras no me falte/ tu beso en las mañanas y un café…”
Lalo hizo el esfuerzo de perdonarlas por adelantado. Resultaba vomitivo el tipo, la voz del tipo, las melodías. Daniela era morocha, cerraba los ojos, como hacen los cantantes, al seguir la letra de la canción. A la altura de la estación de policía ubicada en el cantero central de la autopista Richieri, Lalo tomó el desvío a la derecha. El camino se adentraba a la oscuridad de los bosques de Ezeiza. Detuvo la camioneta y se bajó a mear. Orinó a un costado del asfalto, frente a las luces delanteras, que estaban encendidas. Hacía frío. Salía vapor del pis. La otra, la que se llamaba Laura, se bajó a mear, también.  Le daba la espalda.
–Se me entierran los tacos en el barro, la puta madre que lo parió –dijo.
Lalo sacudió la pija, haciendo tiempo. La travesti se volvió a subir al asiento de atrás.
–Dale que hace frío– le dijeron. Luego empezaron a reír, a decirle groserías, las dos, a Lalo, a propósito del tamaño del pene que él sacudía delante de las luces de la camioneta, exhibiéndose con sonrisa satisfecha. Después, lentamente, abrió la puerta del conductor y se acomodó con cuidado la camisa dentro del pantalón. El viento movía las copas de los eucaliptos. No se dieron cuenta de nada. Ni de los tiros en la noche, del arma, ni del retumbar con ecos en el silencio, en la oscuridad, bajo el cielo infinito iluminado por el resplandor de la ciudad. Después el viento. El sonido del viento disipando el olor de la pólvora. Los autos, los camiones, en la Richieri, las luces de la Richieri, a lo lejos.

Previamente había observado en dónde se guardaban el dinero las dos putas. Una se lo había metido en el corpiño. Tenía las tetas duras. Fue raro tocárselas, ya estando muerta, con la boca así de abierta y un hilo de baba, la mirada fija, en él. Recuperó su plata y unos pocos pesos más que la chica portaba encima. Se hizo también de los papelitos de cocaína. Once, en total. Después, tranquilo porque no venía nadie, vació el bidón de nafta que había comprado a tal efecto y que traía en la caja de la camioneta. Se alejó viendo cómo las llamas azules, tal vez frías al principio, comenzaban a alzarse buscando las alturas. Luego se tornaron naranjas y amarillas. Y Rojas. Trotó en dirección a la ruta, Lalo.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Fragmento de la última novela.

2.     El olor del miedo

¿Por qué acordarse de esa fiesta de cumpleaños de su hermana?
–Es decir, por qué, ahora –pensó Lalo.
Estaba en una mesa, con otros cinco, bajo un círculo de humo y luz. Y le llegaba el turno a él. Es decir el arma, le llegaba.
 El sonido de la cumbia ensordecía; hubiera querido que lo bajaran un poco, porque en aquel cumpleaños, el de la hermana, que ahora le venía a la mente con tanta claridad y otra luz, sonaba música también.
            ¿Elvis? ¿Sonaba Elvis en el cumpleaños de su hermana?
            ¿Eran los quince de la hermana?
Las huellas digitales del tipo a su derecha quedaron impresas, grasosas, en el cañón del arma. Tenía las uñas sucias, el tipo de la derecha. Y a medida que Lalo  estiraba la mano para tomarla, porque era su turno –le tocaba segundo– se iba borrando esa huella.
            “Cuestiones probabilísticas”, había dicho El Groso unos días atrás.
            El de su derecha, el que tenía las uñas sucias, usaba una pulserita de lana azul, tejida a mano. ¿Quién le habría tejido a mano una pulserita a un tarado que estaba jugando a la ruleta rusa con las uñas sucias?
            –¿Jugando? ¿Eso era jugar?, se preguntó Lalo mientras sopesaba el Smith&Wesson, calibre 32, largo.
            El Groso había sacado la cuenta, aquella otra noche, en el bar: (cien por cien dividido seis, boludo, había dicho, te da un 16, un 17 por ciento para cada uno).
            Y ahora que el de al lado había disparado y nada, sólo un cliclkido,          ¿adónde iba a parar ese dieciséis por ciento que ahora sobraba?          
            ¿Se había transformado en algo negro, en una sombra tal vez, detrás de sí? Como si el aire, pesado, fuera un frío recorriéndole la espalda
            Y si era cierto eso de que a cada uno le tocaba el dieciséis, como había dicho el Groso, entonces su porcentaje se sumaba al del tipo a su derecha. Un 32 por ciento de volarse la cabeza con el Smith&Wesson, 32, largo.
            –¡Carajo! ¡Qué putas que son las coincidencias! –pensó, ya el arma entre sus manos, tan perfecta, cargada, agazapada y con la que, en sólo un instante más…
            A su izquierda cuatro pares, ocho ojos, seguían con ansiedad callada, los movimientos que hacía con su mano.
            El tipo de la derecha se inclinó hacia un lado, aliviado. Se pasó la mano izquierda sobre el antebrazo derecho, acariciándose, esperando a que todo terminara.
            –Si zafo de esta, –se dijo Lalo– me voy a pasar la mano como hace él. Debe ser como pellizcarme y sentir que estoy vivo.
            Pero le tocaba disparar y había que hacerlo de una buena puta vez.
            Las luces rojas de las cámaras de filmación estaban prendidas, porque el Groso, que era quien regenteaba el lugar, subía las imágenes a internet. Ganaba fortunas con las apuestas.
            De hecho, cada uno de los seis, vestía una pechera blanca con un número en negro, bien visible.
            ¿Cuánto estarían pagando por él? ¿Lo daban por vivo o pagaban más por muerto? No lo sabía, era la primera vez que asistía a ese sótano de la calle Bacacay, en una casa tomada.
            Había bailado el vals, con la hermanita. El marido de su mamá reía y tomaba vino con sus parientes; un tetrabrick abierto por la parte superior, por la que habían agregado Fernet y hielo y soda. Ese hijo de puta pegaba fuerte, con el cinto, en las piernas. Vaya a saber dónde estaría ahora que todo había quedado esparcido en la memoria. Como si hubiese ocurrido una explosión y los recuerdos de su propio pasado, hubieran volado por todas partes, hechos pedazos. Y a Lalo, ido como estaba, le costaba armarlos en cualquier secuencia inteligible.
            –¿Estas son las boludeces –se preguntó– en las que piensa un tipito antes de embocarse un tiro? ¡Qué joder!
            Pero había que hacerlo de una buena puta vez.
Entonces gatilló: se produjo sólo un clickido.
Es decir: se había salvado.
Y Eso había sido todo. O no.
            La mano con que apoyó el arma sobre la tabla de la mesa tembló imperceptiblemente; por lo demás, su rostro mostraba una tranquila indiferencia; se la pasó al de su izquierda. Dieciséis y dieciséis: treinta y dos, pensó. Pan con picadillo, habían comido aquella vez del cumpleaños. Más tarde llegarían los sandwiches, los chips de pavita, la torta, las masitas. Pero antes de que empezara la fiesta, al mediodía, pan con picadillo habían comido; de eso sí se había acordado cuando cerró los ojos en el instante final.
            El arma, por fin, pasó de manos.
            Su huella digital fue la que entonces se fue difuminando a medida que el calor que la había dejado impresa comenzaba a evanescerse.
            ¿Esbozó una sonrisa de alivio?