miércoles, 16 de octubre de 2013

Ante último fragmento de todos los fragmentos


                                                             Autoretrato, Jordi Garriga
agradecemos la entrada
referida a este blog. 

Ante último fragmento
Una sola, gran imagen obnubilada. Lalo de espaldas, desnudo, entrándole a la chica y ella, abierta, recibiéndolo rodeando su cintura, con dos preciosas pantorrillas y sus correspondientes pies: dos. ¡Cómo la odió a partir de ese momento!
No la tenía vista. Apenas la visión fugaz de una vecina como tantas; un saludo distraído o el brillo de una sonrisa, frente a la  carpintería de Lalo; recordaba anteojos, un jean y zapatillas, marca All Stars, verdes y un pelo castaño, lacio, con algunos bucles, sujeto en cola de caballo. Eso la ponía de punta, a Mabel, el hecho de no tener una clara imagen sobre la que enfocarse para odiar con precisión.

Los primeros beneficiados de la furia de Joanna fueron los clientes. Eran prácticamente violados por una mujer enardecida. Pedía más y más a cada noche que pasaba. Sus uñas se hincaban en la carne y había que ser, por aquellas camas, muy hombre para bancarse el despliegue de esa prostituta. Y se dejaba llevar hasta casi el punto de sentir orgasmos. Pero no. Los tipos siempre acababan primero y ella se entregaba como ofrece su cruz, el toro, al matador. Porque eso hubiese preferido que le pasara: morir atravesada y no de a poco, como estaba sucediendo.
Los clientes satisfechos, pero ella, inacabada, lo único que hacía era rondar la carpintería con sus tacos golpeando a ritmo desparejo. Una y otra vez. 
Hasta que una tarde la vio bajar del auto, tan fresca y risueña y al ver a Lalo lo saludó. Sólo fue un saludo, como el de siempre, pero ¿por qué tenía que saludarlo, la estúpida?
Lo odió con toda su alma. Y por más que le daba todo lo que tenía, en la cama, era evidente que él hacía tiempo que se había ido. No supo cómo pero había pasado. Hacía tiempo que había pasado. Sólo eso. Tomaba como un desaforado y se esnifaba cocaína, una raya tras la otra; y después se iba a trabajar como un autómata al margen de, bueno, que almorzaba con ella, a cada mediodía, respondiendo monosílabos, como un idiota. Cómo lo odió, Mabel. Hasta incluso pensó en mil formas de matarlo, después que a la pendeja, claro.



















jueves, 3 de octubre de 2013

Más y más y más fragmentación

   Las Nueces de Adán

No fue premeditado. A la primera travesti la mató sin haberlo pensado antes. En realidad mató a tres. Las sorprendió a la salida del bar de la calle Artigas cuando volvía al departamento, borracho como tantas noches. Le estaban robando a un pobre tipo en un autito viejo. Se infería que había estacionado para tener sexo con una y que las otras dos se habían acercado a escondidas a romperle los vidrios de las ventanillas empañadas, con piedras y cascotes, a amenazar al estúpido con una navaja o un cuchillo.
Estaban ahí, como lobas en jauría, forcejeando con el idiota, dando voces, quitándole la billetera, el sacón de cuero que tenía. Lalo venía con las manos en los bolsillos, las mató sin pensar en nada, de un tiro a cada una.
No sintió nada especial, tampoco.
Sólo que al caer, las travestis le parecieron hombres. Pesadamente hombres, cayendo, como hombres. Hombres que lo insultaban como eso, como tipos en la cancha. Que sangraron igual que los que se disparaban en el sótano del Groso.
Las nueces de Adán. Les vio las nueces de Adán, cuando gesticulaban intentando respirar con esos ronquidos horribles que son los estertores de la muerte.
Cayeron, pesadas, como lechones grotescos, a las puteadas. Lalo les vio las bombachas, los tacos enredados en polleras; las vio sucias del barro sucio del asfalto después de cada lluvia, en la calle desierta. Ninguna murió como mujer, todas gritaron con voz gruesa. Lalo oyó esos ronquidos que una vez que se oyen, ya no se pueden olvidar.
Los peruanos vendrían. Escapó con sigilo, por las vías.
Nadie había visto nada. Nadie lo había visto irse, perderse en la noche, envuelto en su impermeable. Antes de entrar a su casa, comprobó que nadie lo siguiera. Nada. Nadie. Estaba a salvo.
Por la mañana cuando fue a verla a Mabel le dolía la cabeza y tenía resaca. En el kiosco de diarios vio los titulares: Matanza de travestis en la zona roja. En Crónica había fotos de los cadáveres; había salido también el autito viejo y roto del cliente. “Ajuste de cuentas en la zona roja” habían titulado.
El sacón de cuero le quedaba largo, a Lalo, pero lo protegía de la lluvia.
–¿Y ese saco?– preguntó Mabel cuando lo vio.
–Mío– gruñó.