viernes, 27 de diciembre de 2013

OTRO TEXTO NAVIDEÑO (YA QUE MUCHOS ESTÁN CON LA TEMÁTICA)



En Navidad, a medida que la tierra gira y pasa por la línea (imaginaria) del huso horario de las doce de la noche las luces de los cohetes y las cañitas voladoras se elevan en dirección al cielo. Hay olor a pólvora en el aire. Las familias reunidas alzan las copas en torno a mesas atiborradas de manjares que ocuparon, con sus dificultosas y elaboradas preparaciones, la cinta del tiempo de los últimos días de  madres, tías, abuelas y cuñadas en un intento de lucir su tradición culinaria, de dejar memoria de un sabor particular en boca de los otros comensales. Una especie de comunión que antecede al proceso deglutorio, a la caída del bolo alimenticio por el tracto esofágico y en algunos casos, a malestares estomacales. La gente incrementa las proporciones del alcohol en el torrente sanguíneo. Se produce una sensación, al principio, de desinhibido bienestar que continúa en crescendo hasta alcanzar el clímax que suele exteriorizarse con una serie de alocados movimientos rítmicos: el baile. Pasado ese momento, todo será en caída.
Las luces de los arbolitos de navidad titilan, como estrellas lejanas, simulando dar la señal de que, por el solo hecho de que la tierra gire y haga pasar su huso horario por la franja fija en la que se encienden las bengalas, algo puede llegar a renovarse en el mundo o en la vida  particular de las personas.

Algunos, los que desesperan, solo se limitan a seguir bebiendo.