sábado, 13 de diciembre de 2014

Salsa o Chimi, Capítulo 3


Los anteojos de sol –la imitación china del famoso modelo aviador de Ray ban- del cabo Almirón patrullan la zona. La camioneta policial, una Toyota identificada con el número 17, avanza lentamente en su recorrido diario. Los anteojos de Almirón son capaces de captar, como si fueran la lente de una cámara de seguridad de carne y hueso, cualquier movimiento sospechoso que pudieran efectuar los malvivientes de la zona. Le duelen los nudillos a Almirón. Es que hace unas horas, esta misma madrugada, se ha visto obligado a golpear muy duro. Sucedió que en su recorrido, la patrulla se topó con un auto sospechoso entre los árboles. Adentro del mismo, el cabo Almirón, se encuentra con la sorpresa de ver a su mujer, semidesnuda, en brazos de un sujeto. Y no es la primera vez que le sucede. El cabo sabe que es cornudo. Sin embargo ahora se pregunta si no se estará volviendo un tipo demasiado blando tal vez a causa de la edad; porque otros, en su lugar, hubieran matado al sujeto en vez de molerlo metódicamente como había hecho él. Primero doblegarlo hasta ponerlo de rodillas. Patearle los testículos, las costillas y el rostro. Y después aplicar la furia concentrada de su puños ante la mirada atónita de Teresa, su esposa, que llora y pide con las manos juntas, como si rezara, pensando, además, que esta vez las cosas se le están yendo un poco de control y tiene miedo, mucho miedo. Un golpe, dos, tres sobre la cara y perder la cuenta. No habla Almirón, no piensa. Sólo golpea. Se detiene únicamente cuando considera que la cara tumefacta del tipo tumbado a su frente será una buena señal para otros como él y sobre todo para la misma Teresa que hace silencio ahora y deja de pedirle que deje de golpear. Ahora ella tiene toda la atención del cabo. Se trata de una esposa que implora pidiendo no y no y no, Almirón, por favor no. Pero debe hacerlo. Un hombre debe hacer lo que tiene que hacer cuando encuentra “ipso facto” a su mujer con otro tipo; le aplica primero un buen revés, es cierto que con mano abierta porque así hay que pegarle a las mujeres, pesadamente si se quiere, pero con la mano abierta. Ella llora pero sabe que la ha cagado y ofrece su cara sin siquiera protegerse. No Almirón, por favor, ya basta, dicen los labios que sangran, manchando el corpiño dentro de la camisa desprendida; como si invocar su nombre o mejor dicho su apellido –ella siempre lo llama Almirón- pudieran provocar el milagro de detener ese pesado péndulo de cinco dedos y un anillo de plata.

Por fin la suelta. Tiene sangre en la mano, el cabo. Sangre de los dos que se ha mezclado, eso no va a poder evitarlo. ¡Sorete!, hablan por fin sus labios que estaban contraídos. Sorete, repiten, y se sube a la patrulla y se aleja del lugar dejando atrás a la mujer junto al idiota tendido. Ya todos saben que a Almirón no se le escapa nada. Entonces ¿por qué la hija de puta tiene esa fastidiosa tendencia de hacerlo cornudo a la vista de todos? El otro, el tipo, es un bulto apenas, un guiñapo en el espejo retrovisor de la camioneta policial que se aleja y vuelve a mojar con la luz azul de sus balizas los oscuros contornos de la ciudad. 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Salsa o Chimi: Capítulo 2

La demora de esta publicación
se debe a la huelga
declarada por el dibujante.
Esperamos solucionarla pronto



 17 y 30 PM. Herbert, el alemán

Unos dos meses y medio antes del día específico en el que el rengo Danilo cuelga la ristra de lamparitas del acacio ignorante de lo que al mediodía habría de suceder, Herbert, o el alemán como se lo conoce en el barrio, estaba jugando fútbol al costado de la autopista, a unos doscientos metros de la parrilla, aprovechando su día franco que caía los martes. Herbert es apellido pero parece un nombre y todos lo llaman así. El partido era por la cerveza y se había puesto picante. Estaban seis a seis y el que metía gol ganaba. Además la luz ya escaseaba y la tarde noche se había puesto fría. Los dos equipos trababan fuerte y en una de esas escaramuzas, Herbert recibió un planchazo que le quebró, después sabría, el peroné. Tibia y peroné no, solamente el hueso peroné. El dolor fue tan intenso que casi se desmaya. Los muchachos primero amagaron agarrarse a las trompadas, pero como los otros eran más, tuvieron que limitarse a una protesta llena de gestos airados, que disimulaban la falta de valor. Después opinaron que lo urgente sería llamar a la ambulancia. Herbert se opuso. Que no llamaran, dijo. El rubio tenía auto, así que se ofreció a transportarlo. El alemán tenía un plan en mente, aunque los demás no lo sabían. El rubio y Herbert eran compañeros de trabajo en el peladero de pollos. Le decían rubio sarcásticamente porque su cabello llegaba a ser de un tono azulado de tan negro. La fractura del alemán era evidente. De hecho el tobillo estaba un poco desplazado de su posición normal. Romina, la esposa, puso el grito en el cielo cuando vio que se lo entraban entre dos a la casa del barrio Montana. Herbert le pidió que se callara. Se ponía loco cuando ella se alteraba. La quería pero mujeres son mujeres y él estaba dispuesto a llevar a cabo su plan hasta las últimas consecuencias. Romina por aquel entonces se encontraba embarazada -y todavía lo está porque no ha pasado mucho tiempo desde aquel día-; lo que él pretendía era aguantarse el dolor -a fuerza de whisky y analgésicos y más whisky hasta las cinco y media de la mañana del día siguiente, hora de salir a trabajar. Recién ahí llamaría a la ambulancia y pasaría la quebradura por ART para que no le descontaran no perder los premios por productividad que eran más del cincuenta por ciento de su sueldo y ver de cobrar algún seguro: de eso se trataba su plan maestro. Al final Romina se dejó convencer. En toda la noche no se movió de su lado más que para cambiar la bolsa de hielo que enfriaba la zona hinchada. El Rubio había dicho que el frío estaba bien para bajar el dolor, pero la cosa se estaba poniendo negra. Herbert, insomne, se quejaba y las horas parecían no pasar. Hasta que a eso de las cuatro y media, con muchísima dificultad y apoyándose en un secador de piso que utilizó como muleta, salió a la vereda y se dejó caer junto al cordón. A partir de ahí, la ambulancia tardó veintiséis interminables minutos en llegar. Lo llevaron al hospital, y a las nueve y media ya andaba, Herbert, con su bota de yeso, lo más contento, de vuelta a la casa. El plan había funcionado a la perfección. Romina lo miraba como sólo se mira a los héroes porque sentía que todo lo estaba haciendo por ella y por el bebé para el nacimiento del que faltaban cuatro meses todavía. Pero las cosas nunca son como se las espera. Sucedió que el rubio, sin suponer que el mundo está invariablemente lleno de traidores, contó, sin querer, lo sucedido a un compañero de trabajo y este a otro y este otro a un cuarto hasta que el engaño de Herbert llegó a oídos del encargado de turno del sector evisceración del peladero “Cresta Roja”. Inmediatamente el hecho fue puesto en conocimiento de la Oficina de Personal: Herbert se había quebrado el peroné jugando al fútbol y pretendía engañar a la empresa. Lo despidieron sin más. El punto es que un abogado que el alemán había conocido en el hospital –abogado de apellido Estevanez, que merodeaba ofreciendo sus servicios a los accidentados en la vía pública- le aconsejó mandar carta documento porque la cuestión del engaño era incomprobable y además la concubina, dijo, estaba embarazada lo que el derecho del trabajo mira con muy malos ojos. Así lo planteó. Resultado, unos diez mil dólares de indemnización, que siempre es mejor un buen arreglo que llegar a juicio-. Descontados los tres mil del abogado, fueron a parar a los bolsillos de Herbert. El alemán los escondió, dentro de una bolsa negra, detrás de la mochila del depósito del baño. Es decir, estaba sin trabajo pero contento y ya repuesto de la quebradura dos meses y medio después. Lo que había salido mal, había terminado, de algún modo, bien. O eso pensaba Herbert, que había puesto su Chevrolet Corsa, azul, a trabajar de remis para no tocar esa reserva de dinero. Esos son los sucesos previos al momento en el que el rengo Danilo, cuelga la ristra de luces, a las diez, en la parrillita “El 73” en la colectora de la Ezeiza-Cañuelas, a unos doscientos metros nomás, de donde aquel día, hace dos meses y medio, jugando un mediocre partido de fútbol, Herbert se había quebrado el peroné. Pero por supuesto Herbert ya no piensa ahora en ello sino que anda por las noches, trabajando en el remis y pergeñando esos planes suyos que surgen en el momento, y de a montones.

lunes, 24 de noviembre de 2014

SALSA O CHIMI

EN SU REGRESO, GARRIGA Y GARRIGUITA, PRESENTAN, UNA BREVE NOVELA EN 13 ENTREGAS COLECCIONABLES. 


Salsa o chimi.
(Una novela con varios finales felices)

Capítulo 1: Las 10 AM. Danilo

Después de haber encendido el fuego en un tacho de metal ennegrecido, como todas las mañanas, el rengo Danilo conecta la ristra de luces –que consiste en varias lamparitas colgando de sus respectivos portalámparas a lo largo de un cable de unos diez metros- entre el poste del tendido eléctrico y la rama alta de un acacio blanco en un punto específico de la colectora de la autopista Ezeiza-Cañuelas. Por supuesto, la conexión es clandestina, por eso no le importa tenerla encendida a la plena luz para anunciar que la parrilla está abierta para los que quieren inaugurar el día tomando una cerveza o un fernet o un blanquito, con hielo, si hace calor. Eso sí, de comer no se sirve hasta las doce y punto. Entonces:  son como las diez, ya, de un día caliente de noviembre. Los autos, los camiones, los tipos en las motos, en las bicis y hasta los carros de los cartoneros pasan raudos y no tan raudos; algunos le tocan bocinazos cortos a modo de saludo. Es que la parrilla “el 73”, según nomina un cartel de chapa pintado a mano, es bastante conocida en la zona. Hace cinco años y medio que Danilo se instaló en el lugar con un tambor de aceite partido al medio en el que hace el fuego y ofrece a la venta ocasional, choripanes de tamaño “extralarges” y sándwiches de bondiola, de morcilla o de vacío. Los camioneros fueron sus primeros clientes y luego todo tipo de personas a las que el mediodía los sorprende en el lugar; la cantidad de vehículos detenidos en el pasto en derredor de la columna de humo blanco que asciende recta hacia el cielo desde el chulengo, indican que allí se comen porciones abundantes, adobadas con salsa criolla o chimichurri de elaboración casera. El negocio ha crecido tanto que se compró una vieja Volkswagen, cercana al desguace, que deja estacionada bajo la sombra del mismo acacio del que hace un rato colgó la ristra de las luces. Allí tiene su cama, una tele, para ver los partidos y una heladera y un freezer, al costado, bajo un toldo que los protege, un poco, de la intemperie.  Puede decirse que Danilo ha ejercido una exitosa adaptación al medio en el que vive y que, aunque no tenga progenie, ha progresado como individuo a pesar de que su lugar no tenga habilitación municipal alguna y de que todo, según desde dónde se lo mire, es bastante precario. Tan precario como su baño, una letrina que simplemente es un pozo cavado en el suelo, entre dos árboles y cruzado por una tabla, cercado de la vista, con unas chapas de viejos carteles publicitarios. 

sábado, 1 de noviembre de 2014

Halloween (atrasado)


 Ahora que se festeja Halloween vienen los niños del edificio con eso de dulce o truco a interrumpir mi descanso en el pequeño departamentito que me ha quedado luego de la división de bienes. Siempre elijo dulce y entrego, primorosamente envueltas, dos trufas a cada niño. La grana de colores disimula perfectamente el veneno para ratas. En realidad la gracia que yo le encuentro a las noches de brujas consiste en dulce y truco al mismo tiempo.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Hace calor
Es la siesta, hace calor y ella, la madre, vestida con una remera holgada de tela blanca, sin mangas y con unos anteojos redondos dibujados y la leyenda “imagine”, más abajo en letras cursivas, está viendo un programa en la tele de esos en los que hay personas que buscan a otras personas. Viste, además, un short de jean con dobladillo y unas ojotas violetas. Con el calor que hace se metería en la piscina pero el agua está verde ya que la bomba se quemó hace meses y el jardín es un yuyal porque nadie corta el césped en la casa. Entonces permanece frente a la tele tomando una cerveza que se ha puesto un poco tibia mientras se deja acariciar por el flujo de aire húmedo que proviene de un ventilador de techo.
Un segundo antes de que la llave gire en la cerradura desde afuera, siente la voz de la hija. La voz y la risa de la hija que habla con alguien.
–Hola, ma.  –dice no bien entra.               
Viene con un joven, al parecer músico porque trae un estuche de bajo o de guitarra que, incómodo, busca dónde apoyar. Tendrá unos veinticuatro años y es flaco y fibroso. Usa un jean ajustado tipo chupín y un cinturón de tachas además de un extraño peinado cigomorfo que debe llevarle horas y kilos de gel. Tiene la mirada dura, diamantina. Parece, no un gato, sino algún otro animal más avieso. Después de hurgar en la heladera en busca de algo para comer, se encierran en la pieza de la hija.
Al rato se los escucha gemir.
Piensa, la madre, en ponerse a hacer algo. Se le ocurre, por ejemplo, unos de esos postres instantáneos a los que se les agrega leche, se baten y al freezer y ya. Entonces decide buscar un bol en el bajo mesada de la pileta de la cocina pero advierte, cuando abre, que todo está húmedo allí adentro y que  hay, en el fondo de las cosas que se guardan, un agua color óxido marrón con cadáveres de insectos. Se fastidia. Busca un balde y le echa un chorro de lavandina. Quita todo con estruendo y se pone a fregar.
Así la encuentran la hija y el novio que vinieron a untar pan con mermelada porque les dio hambre. Se ríen de la situación de la madre, metida de cabeza bajo el mueble sin advertir que ellos le miran, desde atrás, el culo redondo que avanza y retrocede. Tiene, la madre, los dedos de los pies apoyados fuertemente contra el piso para darse impulso. Se le ve la piel arrugada del arco de la planta del pie y la más amarilla de los talones; es raro el dedo chico, un poco inútil, de costado.
–Me voy a bañar –dice la hija.
La madre emerge enrojecida por el esfuerzo. Ha advertido que es un flexible el que gotea. Claro que por esos defectos constructivos que tienen algunas casas no se había dado cuenta de la pérdida porque la rejilla queda justo bajo el mueble de cocina y para ahí escurría el agua.
Se siente un poco ultrajada por esa mirada de algo así como un reptil del novio de la hija. Los dientes blanquísimos desplegados en una sonrisa tal vez aprobatoria de la esfera que un instante antes avanzaba y retrocedía al vaivén de la furia del cepillo; de la porción de piel de la cintura de la madre, adornada con un tatuaje tribal que se hizo cuando joven.
La madre pregunta o más bien afirma:
–¿No sabés nada de flexibles, vos?
El muchacho no quita la sonrisa ofídica de sus labios y no deja de mirarla a los ojos. Se escucha el agua de la ducha, tras la pared, en el baño.
–No, qué vas a saber  –dice y se inclina para limpiar las partículas de suciedad que han quedado adheridas a sus rodillas. Los ojos fríos del muchacho son color aguamarina; se fijan en las tetas de la madre que, así agachada, aparecen como dos conos apuntados hacia el suelo.
–Ma, ¿me alcanzás un toallón? –grita la hija, como siempre gritan las hijas a las madres, desde el baño. Los toallones se guardan en el armario del pasillo. Pero por la mañana entró dos que estaban en el tender y se encuentran doblados sobre el lavarropas. La cocina no es grande; con solo estirar el brazo se puede llegar a alcanzar uno. Pero el muchacho no se aparta haciendo que los dos se rocen. La madre no puede evitar su perfume. Por fin logra agarrar el toallón y, quebrando la muñeca, lo deja pender de su dedo insinuando con los ojos y una media sonrisa la orden de llevarlo. El muchacho lo toma y se dirige hacia el baño. Su espalda es larga; el elástico de su ropa interior es negro con letras blancas.
Más tarde cenan los tres. Más calor y más cerveza.

Después la madre se va a su habitación. Acostada boca arriba se aferra a los barrales de la cama. Afuera la noche y algún pájaro nocturno; y las estrellas, arriba, titilando pálidas, tal vez aguamarinas.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Anticipándonos a la Navidad



Tres días en la vida de Santa


1er. día: 22 de diciembre

El laburo –el curro, diría mi viejo– se lo consiguió Telmo. En realidad lo venía haciendo él hasta ese día, pero le había salido para hacer de mozo en un bar de karaoke, que era más guita, por las propinas, por lo que le habló a Beto. Incluso le dijo de tirar un colchón en el living de su casa, total quedaban solamente tres días hasta Navidad. María Gabriela no se enojaría, no. Con lo de las fiestas estaba a jornada extendida porque en la tienda no daban abasto con las ventas. Beto aceptó. De cualquier manera, no le quedaba otra.
El trabajo era un clásico, cualquiera lo conoce. Consistía en disfrazarse de Papá Noel e instalarse en una silla frente a una especie de cabaña en el tercer piso del shopping para recibir las peticiones de los chicos, hacerles upa y posar para las fotos. El traje era la muerte: hedía a dinosaurio y estaba hecho de un pañolenci grueso como una frazada. El horario era de diez de la mañana a diez de la noche con quince minutos de descanso para una hamburguesa en el patio de comidas –gentileza del shopping, por supuesto–.
Para cuando llegó el fin de la primera jornada, Beto estaba deshidratado y le dolía la cabeza; a lo único a lo que atinó fue a tomar una aspirina y a tirarse en el colchón que le habían puesto.


Segundo día: 23.

Hacía más calor y el traje era una sopa por adentro. Trataba de moverse lo menos posible pero el gerente se había ensañado con él y pasaba a cada rato; que agitara la campanita y jo, jo, jo, le ordenaba con esos ojos que destilaban tirria. Y los chicos haciendo fila y todas sus voces agudas al mismo tiempo con eso de la play, la patineta y las zapatillas de Violeta. Unos botines de Messi y otra vez la play y las zapatillas. Y para colmo tres adolescentes de flequillo y shorcitos –supuso que habrían hecho una apuesta entre ellas– que lo miraban y se reían señalándolo. Una insistió en subirse a sus rodillas y empezó a frotarse y a pedirle guarradas en el oído. Se quería matar, Beto. Estaba todo mal, era chiquita, no podía estar haciéndole lo que le hacía y con las madres y los nenes viendo todo, todo el tiempo. Cuando las chicas por fin se cansaron y se fueron, Beto quedó envarado y no había modo de volver a la normalidad. Para las diez de la noche no sabía ni cómo se llamaba. Daba vueltas en el colchón tratando de pensar en cualquier cosa para calmarse. Fue inútil. María Gabriela pasó al baño en ropa interior, dos o tres veces. Pensó que no se controlaría.

3er día: Nochebuena.

El traje parecía de lata a esta altura. Como el de un buzo o un astronauta. Y más y más chicos en la fila interminable. Pero había que ponerle el pecho. Después de la hamburguesa, al retomar su puesto, se encontró con que la primera era la adolescente del otro día. –Me estás jodiendo– pensó Beto, pero ya se le había puesto dura y ella, frotándose y diciéndole al oído que quería un vibrador y una ropita ¿eh, Santa?
Beto no tenía más minutos de descanso pero le importó un cuerno. Fue hasta el baño y se hizo una paja de parado, en el retrete. Eyaculó lo que le pareció un litro entero de esperma. Tanto que manchó el traje justo donde más se notaba por lo que intentó limpiárselo con ese papel ordinario que salía de un coso de acrílico al que hay que bajarle y subirle una palanca. Cualquiera sabe lo difícil que resulta quitar manchas de semen de una tela que absorbe.
Cuando quiso retornar a sus tareas vio que en su puesto había dos agentes de seguridad del shopping y uno que a todas luces era un poli de civil. Emprendió la retirada intentando que no lo vieran pero ¡ey! le gritaron y entonces se echó a correr. Se largaron tras él como perros de presa que eran. Bajó la escalera mecánica usando el pasamanos de tobogán pero tenían handys, los tipos. Otros dos lo estaban esperando abajo. Los borcegos le apretaban por lo que mucho no podía correr; se tiró de cabeza atravesando el kiosco de sweet candys. Los globos inflados con helio volaron hacia el techo tras el consiguiente desparramo y griterío. Pudo salir con lo justo por la puerta que daba al estacionamiento del bingo; esquivó por milímetros una mano que le retuvo el gorro tomándolo de la borla. Corrió por entre los autos estacionados. Se trataba de un extraño Papá Noel, sudado y calvo: llamaba demasiado la atención. Una cuarenta y cinco reglamentaria apuntada al medio de los ojos le detuvo la carrera. Lo pusieron boca abajo, le esposaron las manos en la espalda y se lo llevaron a la seccional. Lo ficharon y le preguntaron una y mil veces por qué había corrido. No supo que decirles. Sólo que se había asustado. Le dejaron hacer una llamada. No les dijo, pero fue larga distancia. La madre al otro lado le preguntó si estaba bien y Beto le dijo que sí, que había conseguido un trabajito en el shopping, que todo estaba perfecto. Entonces le preguntó con quién iba a pasar la Nochebuena y él le dijo que con amigos. “Feliz Navidad, m`hijito” le deseó la vieja. Después cortaron. A las diez, diez y media de la noche pisó las calles nuevamente. Telmo y María Gabriela no le preguntaron nada. Con verle la cara se notaba que no estaba para contestar preguntas. Además tenían invitados. Le hicieron un lugar en la mesa y a las doce, que ya eran, brindaron todos.   

sábado, 2 de agosto de 2014

Hacía rato que no andábamos por acá, mis disculpas.












Jordi Garriga. mamá dormida.


Miré por la ventana y las plantas del cerco estaban blancas de hielo y la mesita de plástico verde que está en el jardín de adelante, también. El jazmín chino tenía las ramas caídas por el peso. Ya había salido el sol. Puse la estufa, me hice un café con leche. Me quedé leyendo.
Al rato alcé la mirada: se había nublado o por lo menos estaba brumoso y las plantas ya no estaban blancas de hielo sino que mojadas.
Así es el clima en Buenos Aires, te digo.
Claro, vos en París: es otra cosa allá.
Bah, si lo pensás un poco, las plantas brotan en todos lados, ¿no?
Agosto se avecina.
Las yemas se hinchan. Se ponen turgentes.
Son las nueve de la mañana de un domingo.
Después seguí en lo mío y el sol en lo suyo
Por supuesto ¿por qué habría de detenerse?
Lo cierto es que al mediodía hacía frío todavía y prendí un fuego entonces y me senté cerca, en el sillón de jardín que tiene los almohadones violetas para
sentir un poco de calor mientras seguía leyendo
Después asé ciertos manjares que comí con mi familia. Y tomé vino tinto.
Ahora despierto y estoy solo y el sol que entraba por la ventana ya no abriga con la misma tibieza que hace un rato.
(porque también es cierto que construí mi habitación con un gran ventanal hacia el oeste para aprovechar, justamente, ese resplandor de las siestas de julio)
Me asomo ahora al jardín. Son las cinco de la tarde, hora del mate
Y veo al gato
lamiendo la parrilla en donde asé los manjares
Es así como se comprueba, te digo
que llegará la noche, por supuesto
aquí como en París o en cualquier parte y
 que hagamos lo que hagamos,la luz
no se detiene. ¿Por qué habría de hacerlo?











               

domingo, 1 de junio de 2014

A carne es el sonido que produce la hoja de un puñal al deslizarse.

El padre los coleccionaba. Puñales de todo tipo. Facas y facones de campo repujados, con incrustaciones de oro y plata. Los tenía exhibidos en las vitrinas de la sala; colecciones valiosísimas. Mangos de asta de ciervo o de armadillo. Antiguos. Y ahí están. Quedaron. También dos autos. Juan José acaba de llegar manejando uno. En el garaje, y agitado por la urgencia, comienza a desnudarse sin siquiera esperar a que el portón termine de cerrarse. Se quita los zapatos manchados de barro; incluso el slip y las medias. Con nerviosas manos mete la ropa en una bolsa que trae preparada para ese fin, en el asiento trasero. La puerta interior del garaje da a la cocina. A la derecha está la habitación de servicio pero Sarita tiene franco hoy. Se toma desde el sábado a las siete de la tarde, hasta el domingo a la misma hora.
Procura no hacer ruido para no despertar a la madre, enferma.
–¿Dónde estuviste? –le grita desde arriba, no bien acaba de entrar.
Juan José dirige su mirada hacia arriba, desnudo y con la bolsa aún en la mano al pie de la escalera:
–Estás despierta, mamá.
–Y claro –contesta la voz. –Son las seis de la mañana. Ya es día. –Después tose. –¿Adónde estuviste? Vení, subí a saludar a tu madre como corresponde.
Al hijo le retumba la cabeza todavía. El beat de los parlantes le había hecho sacudir el pecho con tanta potencia. La masa de la gente se movía, compacta al ritmo de la música. Los flashes estroboscópicos resaltaban lo blanco de las ropas y de los dientes de los que reían; las uñas pintadas de colores estridentes de las chicas, todas putitas, fáciles. Era un boliche de barrio, barato, de esos a los que concurren las mucamas porque dejan entrar a las mujeres gratis.
Vuelve al lavadero con la bolsa negra alejada del cuerpo a todo lo largo que le da el brazo. Es una de esas bolsas grandes que usa el jardinero para recoger hojas los jueves cuando viene, si no llueve.
Limpia con un trapo sus zapatos. Les quita el barro y la suciedad de la zanja de esa calle en la que forcejeó y patinó. Elije un programa de lavado corto y mete las prendas con cuidado, una por una. La suavidad de la tela de una tanga  animal print lo estremece. La pasa por su cara oliendo con fruición los restos de los flujos. La madre llama, arriba.
–¡Ya va! –grita de mal modo. –¡Recién llego, mamá!
La escucha protestar. Conoce de memoria lo que dice. No está bien la vida que estás llevando, despierto por las noches y durmiendo todo el día. Si tu padre…
El patovica había echado a la chica afuera de la disco porque había vomitado. Usaba minifalda y estaba muerta de frío. Había quedado en pie sólo porque se sostenía de una señal de tránsito.
Él la había empujado a través de la bocacalle, abrazándola, como si la conociera. Casi no podía caminar.
–Vení que te llevo a tu casa –le había dicho tratando de no dejarla pensar.
 –Mirá cómo estás.
–Mirá el auto que tenés, gato –había dicho la pendeja con esa boca que ponen las minas a las que le gustan los coches caros. Sola, ya apartada del cardumen de las risas y los vasos de  fernet barato.
–¿Te sentís mejor? Dale, subí –había dicho Juanjo apretando el botón del cierre centralizado haciendo que las luces se encendieran con un breve parpadeo.
–Sos gato, vos. Ni loca me subo.
–Dale, si te gusta, putita –había dicho él, tomándola del brazo con violencia.
Del canasto de la ropa que Sarita deberá planchar, toma un pantalón de jogging gris y una remera. La madre, para el desayuno, se sirve té con leche y dos tostadas untadas con queso crema light. Ordena las cosas en una bandeja.
Sube la escalera. No querrá hablar con ella. Le dejará las cosas a un costado intentando no mirarla y se escabullirá a  su cuarto hasta pasado el mediodía cuando tenga que calentar en el microondas, la vianda que Sarita dejó preparada para ambos. Lleva la bombacha en el bolsillo; se acostará con ella entre las manos para revivir el éxtasis, la reiteración de ver el miedo asomando, súbito, a los ojos que miró tan próximos cuando la sostuvo en vilo, empuñando firmemente de abajo hacia arriba, antes de extraer la hoja.

Sarita llegará compungida, con la noticia de que han matado a otra, pobrecita, apenas una nena. La madre la escuchará desde la cama como quien oye llover. Si son nenas no tienen nada que hacer en los boliches. Si ella no es tonta. Sabe, porque lo ha visto en la tele, cómo se visten de provocativas. Y cuánto alcohol que toman. Sarita refunfuña cuando la oye hablar así. Al día siguiente se refugiará en la sala, toda la mañana, como un modo de protesta, concentrada en dar lustre, uno por uno, a todos los puñales. 

jueves, 22 de mayo de 2014

Sin Título




El perro
Aúlla y al aullar cree
En la luna
Como quien sostiene una vela en medio de la tempestad
E intenta proteger la llama
O como quien empuña un cuchillo que de pronto
Apareció en su mano y pretende rasgar así como así
El cuero de los monstruos
Que no se pueden vencer porque, se sabe, uno es el vencido
Como quien dice lo que no se sabe decir
Lo que no se tiene cómo nombrar y por eso 
Grita porque el silencio inventa palabras que nadie 
Porque el miedo siempre es virgen.
Otros hacen marcas en los árboles o tiran migas de pan
Pero qué, si el único camino es hacia adelante.

domingo, 4 de mayo de 2014

Mr. Paisajes y el recital de One Direction

Anoche mi hija se perdió en el recital de One Direction. Llamó, que se había separado en la multitud, de su amiga, que estaba sola, que una señora le había prestado el teléfono porque el suyo se había quedado sin batería, que qué hacía. La señora interviene en la conversación entrecortada por los gritos de las fanáticas, dice que tiene poca batería ella también, que nos mandemos mensajitos.
Mensajitos, mierda. ¿Dónde coño está mi hijita?
Hoy es domingo, ahora, y ella está conmigo. Hago una tapa de asado a las tres de la tarde, en la parrilla.
Todo fue a contramano. Es difícil tener una actitud budista en estos días.
Me cuesta grabar el teléfono de la señora en la memoria de mi celular. Mi mujer me habla, desesperada, porque la nena se ha perdido. ¡Esperá un poco! Le grito fastidiado, porque soy viejo y no soy práctico en los manejos de los mensajes.
Al rato estoy conduciendo el auto por la autopista. Voy tranquilo. La señora que se hizo cargo de mi hija, tiene, ella, dos hijas, me dijo que la cruza hasta la estación de servicio Shell que está en frente del estadio de Vélez.
De Ezeiza a Liniers, sábado a la noche, unos veinte, treinta minutos.
Mi mujer va desesperada.
La madre de la amiga de mi hija atiende por fin el teléfono que no tenía señal. Parece que su hija se ha desmayado y la encontró en una enfermería. Está desesperada porque no encuentra a la mía.
Le digo de la Shell. Que vaya, pero tranquila.
Estacionamos a veinte cuadras, del lado de provincia. Es imposible conducir con el  tráfico del lado de capital.
Hay micros y una multitud. Mi vista distraída no deja de detenerse en cuatro o cinco indigentes, entre ellos una mujer crenchuda, en torno a un fuego, debajo de los puentes de la General Paz. Ajenos a todo, bajo la atmósfera que el vino en cajita provoca en sus mentes, están tranquilos.
No se puede caminar de tanta gente.
Los autos están detenidos, tocan bocina. La gente siente que ha quedado atrapada y está enfurecida.
Fragmentos de diálogos.
 Nadie parece encontrar a nadie. Están todos perdidos. Mi mujer parece darse cuenta de eso. De algún modo la tranquiliza.
Recuerdos de mi época de rugbier. Me abro camino entre la multitud a paso firme. Avanzamos y llegamos a la estación de servicio.
Nadie conocido.
Al rato la madre de la amiga de mi hija con la hija que se ha desmayado y se ha recuperado. No pudo ver nada del recital.
Vaya mierda, pienso, ahora que doy vuelta la tapa de asado en la parrilla. Con lo que costó la entrada.
Hablamos por teléfono, otra vez, con la señora que se hizo cargo de mi hija.
Por fin nos encontramos. Besos y abrazos.
La tomo de las manos, a la señora, le agradezco mirándola a los ojos.
Ella se incomoda, al fin y al cabo no nos conocemos.
Más gente. Más autos trabados. Mi hijo dice que se había asustado por su hermana. Lo beso en la mejilla. No puedo creer que en el mundo haya todavía seres buenos.
Caminamos. Hay un supermercado Carrefour. Los clientes han quedado atrapados en el estacionamiento. Un señor intenta avanzar con su camioneta. Yo avanzo de  la mano de mis hijos y el tipo no frena. Tiene un metro por delante y lo quiere ocupar. No le importa que nosotros estemos en el espacio de lo que considera “su metro” suelta el freno calculando, supongo, que si morimos seremos apenas daños colaterales en el cumplimiento de su misión que era ocupar “su metro”. Me empuja con el auto. Empuja a mi hijo. Lo miro a los ojos a través del vidrio y con cierto placer le doy una buena piña al capot de su vehículo. Siento que la chapa cede y se abolla. No es cierto placer. Es mucho placer. El tipo es un señor mayor. Yo también lo soy pero él me aventaja en eso de estar antes que yo en este mundo. Quiere bajarse del auto a pelear. Su mujer le pide que no lo haga. Yo pienso que si se baja me gustaría mucho molerle los huesos bien molidos pero es “mucho más mayor que yo”. El tipo se queda, siento que me tiene miedo. Me burlo de su miedo entonces y lo señalo a través del vidrio y le digo con gestos ¿a quién vas a pegarle vos?” y me empiezo a reír de él. Los que vienen detrás mio, mi hija, la amiga de mi hija con su madre, mi mujer y mi otro hijo, se burlan del señor mayor que nos quiso atropellar y tiene el auto abollado ahora. Debe ser feo, pienso, ser viejo y estar enojado y que todos se rían de vos. Para evitarlo uno debe intentar no andar por la vida atropellando gente.
Seguimos, muertos de risa. Yo perfectamente hubiera sido capaz de matarlo, para qué ocultarlo. Pero claro, dentro de unos pocos años yo voy a tener su edad. La gente se va a reír de mí, pienso. Deberé comprarme una ametralladora para el próximo recital.
Un señor desesperado le grita a su hija en el teléfono que hace tres días que está allí, que quiere irse y “vos no venís”
Me parece divertido. Nos reímos también de él mientras avanzamos por la multitud a los codazos. Mi hija dice que no ha comido que su azúcar está demasiado baja. Damos con un quiosco. Compramos coca y alfajores. Cuarenta y cinco pesos. ¿Es el chino? Le pregunto a propósito de la pelea de box que están dando por su tele y que había programado de quedarme viendo con mi hijo. El chino es el chino Maidana contra Floyd Myweather. Dios, cómo me gusta el nombre Floyd. Pienso en Pink Floyd. El quisoquero dice que no, que es la preliminar. Buenísimo nos decimos con Jordi, entonces vamos a llegar a verla.
Al fin damos con nuestro auto.
Llegamos a casa.
Comemos sándwiches.
La pelea la gana Floyd Myweather. Pero para mí estuvo pareja. El chino la peleó de guapo. Jordi se quedó dormido, lo llevé alzado hasta su cama.

La tapa de asado, la verdad, me salió deliciosa. Llega una amiga de mi hija. Dividimos las porciones, no alcanza bien para todos pero no importa. Mi hija le cuenta su experiencia en el recital a su amiga. Y mi hijo la parte en la que yo le hubiese partido la cabeza al señor mayor de la camioneta. Se siente orgulloso de mí. Vaya héroe, le digo. Recuerdo que me dibujó los otros días como un súper héroe, todo pelado, visto de atrás. Mr. Paisajista, me bautizó y me hizo con una capa que en realidad es una cascada y bien pelado. Vaya héroe, me vuelvo a decir. 

sábado, 3 de mayo de 2014

El insomnio es un gruyere

Insomnio.
Grillos y ranas en el jardín.
Los perros ladran desaforados y alertas al paso de una patota de muchachos por la calle. Los chicos llevan skates, tiran piedras a los portones y pelean, jugando, entre ellos. Los vecinos se despiertan, encienden luces. Hay inseguridad, dicen los noticieros.
Insomnio (sin culpa, porque es feriado).
Estoy entre leer Stephen Hawkins, William Faulkner o un libro de cuentos de una alumna del taller al que concurro. Llevo leídos a todos por la mitad. Se me hace un caldo de lecturas como si todos fueran el resultado de uno solo. La suma de todo lo que leo, entonces, se hace cero. Como la suma total de la(s) energía(s) del universo, según Hawkins. A la energía de cada partícula se corresponde una antipartícula gravitatoria que la tensa y la obliga a volver, como un elástico. La suma de la energía de todas las partículas del universo conocido, según el hombre de la silla de ruedas, es cero.
Me imagino algo así como un queso en el que a cada trozo que se extrae de la, digamos, masa láctica, se corresponde un espacio, un agujero, que es la antipartícula. La noche entonces queda como un gruyere.
Al escribir, los tendones de las manos me duelen.
Supongo que el dolor es la antipartícula; que a cada letra que lacera el silencio de la  pantalla, los tendones gritan. Es el precio de pasar a ser materia, en el universo. El Budismo  nació de preguntarse qué es el dolor. Su respuesta es la búsqueda de la inmaterialidad. Es decir, el pedazo de queso vuelto a su lugar. Cerrar la angustia de la tensión entre la partícula que se aleja y su gravedad residual (tal vez por residente). De todos modos, la suma de todo lo que hagamos siempre va a dar  cero.
De a poco el miedo (por las cosas que los vecinos hemos visto en los noticieros) se apacigua en tanto los muchachos avanzan por la calle. Las luces de esta cuadra se apagan mientras comienzan a encenderse las de  una cuadra más allá.
Los perros de mi calle, dejan de ladrar y vuelven a echarse, tras dar algunas vueltas sobre sus pedazos de trapos o frazadas, frente a las puertas de cada casa.

Los gatos, en cambio, se esconden de los perros en la oscuridad y acechan a los pájaros que empiezan a cantar, porque amanece.

martes, 29 de abril de 2014

ESCUELA PARA CIEGOS

En librerías  

En vistas de que por segundo año la editorial Malas Palabras Buks, en el Stand 322 de la Feria del Libro, ofrece "Escuela Para Ciegos" (Estaremos firmando ejemplares el 7 de Mayo a las 20 hs.) aquí va el texto completo (sí, es largo para blog) del relato que da título a la cuestión. 

Escuela Para Ciegos

Atardece y la llovizna es pertinaz. El hombre bebe sentado en la barra del bar frente a la estación. Hoy ha tenido un mal día y quisiera que termine, pero le ha prometido a su mujer reemplazarla en su hora de lectura en la Escuela para Ciegos. Malditas las ganas que tiene de ir, pero no puede fallarle, precisamente, esta vez.
 Abona la cuenta y sale. El instituto queda en la misma cuadra, de la vereda de enfrente. Entra. Se disculpa con la maestra por su tardanza. Murmura algo así como:
–El tráfico, usted sabe…-
La docente siente su aliento a whisky. Menea la cabeza, con gesto escéptico.
-Es por aquí- dice, conduciéndolo a través de la penumbra de un pasillo al final del cual un grupo de ciegos, de entre doce y trece años, aguarda su hora de lectura de cuentos. Todos los jueves, a la misma hora, alguien viene a leerles, voluntariamente, algo de literatura.
El tipo se toma su tiempo. Deja el impermeable húmedo en el respaldo de la silla y contempla esos rostros pálidos direccionados hacia él como temblorosos receptores satelitales buscando alguna señal más allá de las que ya perciben; el raspar de la tela de su traje o el tufo a alcohol mezclado con restos de agua de colonia y desodorante que se puso a la mañana. Carraspea:
-Buenas tardes. Estoy muy contento de estar acá-
Miente, por supuesto. Está profundamente arrepentido. Pero ya es tarde como para cambiar las cosas.
De su bolsillo extrae un libro de tapas azules con el título “Cuentos para Niños”, en letras góticas, doradas. No bien lo abre, se da cuenta de que no va a poder leer; se ha olvidado los anteojos en el bar cuando estuvo hojeando el diario. Busca algún tipo de salvación en los estantes de la pequeña biblioteca que está junto al escritorio de la docente, pero los decrépitos tomos de Mark Twain, Emilio Salgari y Luisa María Alcott parecen querer decirle, dado lo minúsculo de su tipografía, que nada bueno podrá obtener de ellos. La docente misma, a pesar de las dudas que el tipo le provoca, se ha ido arrastrando sus chanclas por el pasillo, en busca de un café aguado.
Los jóvenes se impacientan. El tipo observa las mustias cuencas de sus ojos.
-Tienen algo precadavérico- piensa.
-Veamos- dice para ganar tiempo. Claro que inmediatamente la crueldad de una sonrisa asalta sus labios. Intenta reprimirla antes de que se note. No se dice “veamos” en una escuela para ciegos. Fue algo involuntario. No quiso burlarse. De todos modos no va a poder hacerlo, las letras siguen con sus extrañas danzas invisibles sobre el papel. Después de los cuarenta, la presbicia reina, y por más que aleje de sí el libro a todo lo largo que le dé el brazo, resulta imposible. Toma fuerzas de la nada y haciéndose el que lee, comienza a improvisar lo que le viene en mente:
-Ese día Ariel descubrió que su padre tenía una puta, en el centro.-
Por lo menos es un modo de comienzo, piensa el tipo, una especie de había una vez.
Los chicos se revuelven en sus asientos. Se codean, apuntándose unos a otros, sus cuencas vacías. Se preguntan ¿Qué? ¿Qué dice?
-Sí- reafirma el tipo. – Lo descubrió de casualidad, a las diez de la mañana. Había ido a la calle Azcuénaga a cumplir un encargo de la madre;  retirar del servis unos audífonos de una tía abuela que habían dejado para reparar.-
-Esto tiene que interesarle a estos cieguitos- piensa – los problemas de los sordos.-
De repente ve a su padre descender de un taxi. Esa fue la primera sorpresa que tuvo. (Ese día tendría, al menos, tres.) Por lo que sabía, a esas horas, su papá debería estar de viaje y no llegaría hasta mañana por la noche.-
Los ciegos respiran agitados. Son tal vez un poco más niños que otros niños de su edad con la posibilidad de ver; más sensibles. La historia, evidentemente, los conmueve.
El hombre continúa simulando que lee, sigue con el índice las letras que bailan. Dice:
-La segunda sorpresa de Ariel fue ver que su padre se quedaba sosteniendo la puerta del auto para que baje una mujer de tacos, rubia, con un abrigo que tenía piel sintética en el cuello. Gentil, le ofreció el brazo y se perdieron de vista en el fárrago del tráfico.-
-¿Qué es fárrago?- pregunta una chica, rubiecita, perfectamente peinada con dos trenzas gruesas y un moño en cada una.
-No molestes con preguntas- se enoja el tipo. – Lo importante es que  descubre a su papá con una puta y no lo complicado que pueda ser el tráfico. –
El padre entra a un edificio de departamentos, media cuadra más adelante. Presiente la mirada de su hijo clavada en su espalda y se da vuelta. La vista de ambos se cruza, echando fuego, de vereda a vereda, entre colectivos ruidosos. El padre comprende que lo han descubierto. Está perdido.
En ese momento se larga a granizar. La calle se transforma en un pandemónium. Imagínense. Los autos desesperados intentando evitar los bollos de las piedras en las carrocerías, las bocinas, la gente que corre.
Ariel, que tiene dieciséis años, se queda mudo, boquiabierto. Su papá tiene una mina, que no es su madre, en el centro. A lo único a que atina es a tomar el ventolín del bolsillo derecho de su campera marrón y, aprovechando que no cerró la boca todavía, se da un puf, para el asma, enfermedad a la que es muy propenso.
Está empapado. El agua lo congela. Hace frio. Tirita durante el viaje en subte hasta su casa; el corazón late con fuerza en su pecho. Siente que quiere escapársele por la boca y perderse, a los saltos, como un sapo, entre los pies de las personas que viajan ensimismadas, colgadas sus vidas de los pasamanos.
Su madre, que prepara la comida en la cocina con los vidrios empañados, lo recibe con reproches por haberse mojado tanto.
-Mirá, estás empapado-  dice y corre a abrir el grifo de la ducha porque a esta altura ya es experta en eso del asma. Un baño caliente con mucho vapor a veces ayuda a mejorar las cosas.
Hay olor a milanesas, a puré, a nuez moscada.
Ariel quiere decir, pero no puede. Teme arrepentirse de las palabras que pugnan por salir de su boca. No quisiera lastimar a esa mujer que es buena y comprensiva. No va a arruinarle la vida a su madre poniéndola en conocimiento de que es una cornuda. Entra al baño. Se desnuda y se queda pensando, dejando que el agua corra por su cuerpo. Su padre es el traidor. No le importa su familia, ni el hecho de tener un hijo. No le importa si son felices o no. El muy tarado pone todo en peligro. Jura que se las va a hacer pagar. Se vengará. Y he aquí su tercer descubrimiento: Al padre se lo puede extorsionar. Está en desventaja ahora.
-Lo que voy a hacer, se dice Ariel, es sacarle plata. Voy a comprarme la moto que le pedí y que me ha negado. ¡Claro que sí! La información bien vale una moto. Y mucho más-.
A la una sale para la escuela. Apenas prueba bocado de la comida que, solícita, le sirve la mamá. Se encuentra con su amigo, Emiliano. A grandes rasgos le cuenta esta misma historia.
-¿Está buena?- pregunta Emiliano cuando Ariel termina.
- No. Es vieja. Y fea.  Es una puta. Una puta cualquiera-.
- Miralo al pelado ¿quién lo hubiera dicho?-
A algunos ciegos les da risa.
En ese momento la maestra mira a través del vidrio de la puerta. Los chicos aparentan estar bien, aunque al principio el marido de la voluntaria no le agradó en nada. Parecen estar interesados en la historia. Seguirá con su café.
-¿Y qué pasó? –preguntan los ciegos.
-Pasó que el imbécil del padre, en un estúpido intento por anticiparse a los hechos, se dirige a la casa para hablar con la mujer.
Su presencia inesperada la sorprende.
-Ya sé, la encuentra con un amante- razona un ciego, de pelo revuelto y de aspecto pervertido; al tipo le hace acordar a las fotos de los diarios de Robledo Puch, hace muchísimos años.
-No- contesta- la madre está en joggineta, viendo la novela de las tres.
-¿Qué hacés acá?- le pregunta a su –marido que, intempestivamente, acaba de entrar.
-Tenemos que hablar- responde él, tirando el impermeable sobre el respaldo del sofá.
-Me asustás. ¿Pasa algo?-
-Sí.- Dice él.- Pasa.- Entonces cuenta que Ariel lo vio, con su amante, en el centro. Habla de la lluvia y del taxi. Que lo del viaje que lo había alejado de casa por dos días había sido una mentira, urdida vaya uno a saber por qué-.
-Te he estado engañando- dice- te pido que me perdones-.
La madre se mira las manos. Guarda silencio.
El hombre se exaspera. ¿Cómo puede ser que no estalle en llanto, que no le dé un arrebato de furia y empiece a romper cosas y dar gritos corriendo por toda la casa?
Los ciegos abren las bocas, azorados. El tipo piensa que tal vez ellos pueden ver, pero con toda la cara. El alma se les trasluce en sus facciones blancas, de tanto vivir a oscuras.
De algún modo, y desde hacía tiempo, la mujer esperaba que algún día  le viniera con un planteo así.
-¿Y quién es ella?- inquiere.
-¿Cómo se llama la madre?-pregunta un ciego.
-Ponele que Alicia- contesta el tipo y sigue con su cuento. Ahora habla con los ojos cerrados, la cara en dirección a su auditorio:
- El padre de Ariel contesta: No importa quién. Lo importante es que ya  todo terminó.-
-Silvia- dice la madre.- Es Silvia. Lo sé-
- ¿Qué?- pregunta él, sintiéndose al descubierto.
- La perra inmunda- agrega ella- mil veces estuve tentada de ir y golpear su puerta pero ¿Sabés por qué no? Porque no te necesito. Siempre lo supe. En el fondo, me estás haciendo un favor.-
Se quedan callados. Afuera ha vuelto a llover.
La madre siente, ahora que el tema está confirmado, una increíble sensación de alivio. Una especie de vértigo. Va a ser bueno que él se vaya. Sus manos ya no van a tener que levantar del piso los bollos de sus medias sucias; no va a servirle más su whisky mientras mira esos aburridos programas en la tele. Hace tiempo que no se tocan. Hace tiempo que a ella nadie la acaricia, ni le pregunta cómo estás, cómo fue tu día hoy. Han pasado muchos años y siente que los dejó pasar. 
-¿No vas a decir nada?- pregunta él.
-No- contesta la madre- O sí: Pronto va a llegar Ariel. Quiero que te vayas.-
El hombre, incrédulo obedece. Toma su impermeable. Sale.
-Esto no puede estar pasándome – se dice, a las cuatro de la tarde.
No esperaba una reacción así, pero en el fondo, siente temor de cruzarse con su hijo y lo que entonces pueda suceder.
La madre se queda en el sillón; tiene lágrimas en los ojos.
Las cuencas vacuas de los ciegos apuntan hacia él; lo tienen en sus miras. Algunos de los chicos ostentan algo acuoso donde debería haber estado el iris. Algo blanco y sanguinolento, como un pedazo de miga de pan mojado en leche y helado de frutilla derretido. El tipo, ahora sí, comprende por qué los ciegos andan con esos anteojos negros.
Ridículamente todavía sostiene el libro de tapas azules en sus manos. Piensa: ahora vienen las preguntas.
Y efectivamente, las preguntas vienen.
-¿Y qué pasó?-
-¿Tenés hijos vos?-
-¿Qué hizo la madre?-
La madre – contesta el tipo – hace lo que toda madre en una situación así. Agarra el teléfono y marca el número de Brenda, su amiga separada. Escueta e impersonalmente le informa, lo que hasta aquí ha sucedido.
La amiga se enoja. Siente esa solidaridad de género que enarbolan las mujeres en esta clase de situaciones. Dice:
 -Qué desgraciado hijo de puta- acto seguido, le pasa el teléfono de su abogado.
El tipo, por su parte, hubiera querido volver el tiempo un poco atrás. Pero no se puede; su vida se ha precipitado inmanejablemente. Encima llueve. A las cinco y media recibe un llamado de Ariel. Se encuentran. El chico no menciona que lo ha visto; el chico no hace otra cosa más que pedirle que reconsidere su negativa a comprarle una moto.
El padre se siente extorsionado. No puede creer que el propio hijo de su sangre sea tan frio y desalmado como para pensar en una moto, cuando a su edad, bien puede comprender que todo se está yendo al demonio. No obstante concede un: “lo voy a pensar”
-Bueno.- contesta Ariel. De pronto se golpea la frente. De su mochila saca un libro azul con letras doradas. Agrega:
- Te manda esto mamá. Dice que no te olvides que prometiste reemplazarla en su hora de lectura. Los ciegos te esperan.-
El hombre cierra el libro con un golpe seco.
- Se terminó el cuento.- dice.- Fin-

 La maestra entra al silencio sepulcral del salón.
-¿Y?- pregunta- ¿les gustó?-
Sostiene un jarro de café, adornado con una inicial. El tipo observa, nítidas, las chorreaduras marrones en el borde. A él le hubiera venido bien ese café. Hubiese cambiado las cosas. Tal vez.
-Tu cuento es una porquería.- La que habla es la chica de las trencitas y moños cuadrillé.- El tipo es un malo.
- Lo que tiene que hacer- aporta ese otro ciego que, piensa el tipo, decididamente es un pervertido- es sacar una póliza de seguro a nombre de su mujer, tirarse debajo de un tren y dejarse de joder.-
El hombre se pone de pie y toma su impermeable.- Hasta la próxima, chicos.- dice, y se mete en la llovizna.
Va hasta el bar a recuperar sus anteojos y, de paso clavarse un whisky más, el último tal vez.
No tiene adonde ir. Su futuro inmediato es una habitación de hotel, en flagrante soledad. No podrá, lo sabe, conciliar el sueño. Se la pasará en la cama, la tele encendida, viendo girar las aspas de un ventilador.
Maldice y paga. Sale del bar guardando el vuelto en su billetera; es por eso que no ve a dos que vienen bajo un paraguas, hablando en susurros de las cosas que hablan, entre sí, los ciegos.
Tropiezan.
-Perdón- se disculpa, cambiando la voz para que no lo reconozcan.
Es inútil. El rubio, el parecido a Puch, olfatea el aire moviendo las aletas nasales. Parece un depredador nocturno en la selva a oscuras.
            -No se olvide de la opción del tren- dice al fin. – Un tren es lo mejor para un imbécil.-
El tipo intenta ignorarlos e irse. Los ciegos se lo impiden. Lo palpan con manos ágiles y blancas. Se le ríen en la cara con la triunfal insolencia que les da percibir su miedo. Él cierra los ojos. Les siente la halitosis. Resulta espeluznante. Los ciegos revolotean a su alrededor produciendo torbellinos en el aire. Parecen dráculas.
Por fin, repentinamente, desaparecen tragados por la noche de la que nunca tendrían que haber salido. El tipo escucha los susurros que se alejan; van contentos y animados, golpeteando sus bastones.
En el paso a nivel se bajan las barreras y comienza a sonar la chicharra; las luces anuncian, con su roja intermitencia, la proximidad del tren.
Ha dejado de llover. Hace calor. La humedad es insoportable.