viernes, 7 de febrero de 2014

Ana 24

24–

Para matar a un toro debe clavársele el estoque justo en la cruz. Cualquier matador lo sabe. Entonces si se traza una línea recta hacia la derecha, por los tres puntos del cinturón del gigante Orión, la primera gran estrella brillante que se encuentra en esa dirección es Aldebarán. Aldebarán o el ojo del toro, (taurus) sobre quién el gigante hace puntería con el arco y sobre quién, al final, asestará el golpe con la espada que enarbola sobre su cabeza (si no es muerto, antes, por los cuernos del bovino, que apuntan hacia él). A la altura de su cruz, están las Pléyades. Pero claro. Todo es imaginación. No existen las figuras. No bien la observadora se acerca, digamos que unos cuatrocientos o quinientos años luz, asiste a la desfragmentación del dibujo porque el espacio que separa lo que se veía junto es tan inmenso que ya no hay nada. No hay toro, no hay gigante, nada. Apenas galaxias, como nubes estelares y brillantes. La observadora, con la vista alzada en dirección al nuevo cielo, tratará de capturar otras figuras. Eso es lo único que puede entenderse como permanente: los globos oculares captando en sus esferas la luz a distintas incidencias. La chispa en la retina, tan oscura, enciende la conformación de la imagen. Y las asociaciones (libres o no), para ponerle nombres a esas cosas que se ven. Y así el toro, el gigante, las Pléyades. Claro que para que las constelaciones tengan su nombre hay que estarse quieta, porque a cada un año luz que ella se mueve, las estrellas adquieren una asociación distinta. Es tan diminuto el ojo que no puede pretenderse otra cosa que la desazón de saber que el pequeño universo atesorado en su globo, es nada más que un fosfeno impermanente. Un parpadeo, por imperceptible que sea, produce una interrupción del flujo de la luz. Ana sabe que no debe engañarse porque las imágenes no dejarán de verse; no cejarán en su empeño de aparecer y aparecer y aparecer. Y así la desilusión, otra vez.

7 comentarios:

  1. Hermosa la analogía del final. Podría ponerme a hablarte de constelaciones, pero en vez de eso...prefiero regalarle esta canción a Ana.
    Por ahí le haga bien :)

    http://www.youtube.com/watch?v=UPCObZGatxo

    ResponderEliminar
  2. Yo tenía un pececito, un superhéroe, y cada tanto un cruce de dos líneas con mi propio Jorge Luis...

    ResponderEliminar
  3. Los matadores saben cómo matar, dudo mucho que sepan de estrellas e infinitas constelaciones. Si supieran, no lo harían. Bellísimo texto.

    ResponderEliminar









  4. el cielo lejano y ajeno nos regala formas que sólo nosotros vemos e interpretamos. como arenitas a lo lejos, como espectadores ilusionados, como si alguna vez entendiéramos un poco de qué trata todo esto...
    (qué feo lo de los toros, prrrffffffff, no me gusta para nada)
    besOs!


    ResponderEliminar
  5. Has puesto tu certera pluma en estas cosas universales que tanto vértigo me dan.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  6. Tantas cosas pueden inferirse al leer estas letras... Lecturas que emergen estimuladas por tu historia y donde cada uno de los que te leemos, sacamos conclusiones bien diferentes. Lo que queda claro, es Ana tiene una historia bien complicada: se deja estar pero sabe que no tiene tiempo. Cualquier cosa que haga va a tener consecuencias y me pregunto: tiene agallas para bancárselas?
    Me gusta esta historia, Fernando.
    Un saludo y beso para Jordi.

    ResponderEliminar
  7. Una breve exposición sobre las constelaciones,una interpretación, de Ana,muy personal,una ensoñación que acaba desnudando su preocupación, casi palpable. Y es que la realidad nunca desaparece ni cambia de sitio, aunque cierres los ojos la ves,está ahí:esperándote.
    Bicos.

    ResponderEliminar