martes, 29 de abril de 2014

ESCUELA PARA CIEGOS

En librerías  

En vistas de que por segundo año la editorial Malas Palabras Buks, en el Stand 322 de la Feria del Libro, ofrece "Escuela Para Ciegos" (Estaremos firmando ejemplares el 7 de Mayo a las 20 hs.) aquí va el texto completo (sí, es largo para blog) del relato que da título a la cuestión. 

Escuela Para Ciegos

Atardece y la llovizna es pertinaz. El hombre bebe sentado en la barra del bar frente a la estación. Hoy ha tenido un mal día y quisiera que termine, pero le ha prometido a su mujer reemplazarla en su hora de lectura en la Escuela para Ciegos. Malditas las ganas que tiene de ir, pero no puede fallarle, precisamente, esta vez.
 Abona la cuenta y sale. El instituto queda en la misma cuadra, de la vereda de enfrente. Entra. Se disculpa con la maestra por su tardanza. Murmura algo así como:
–El tráfico, usted sabe…-
La docente siente su aliento a whisky. Menea la cabeza, con gesto escéptico.
-Es por aquí- dice, conduciéndolo a través de la penumbra de un pasillo al final del cual un grupo de ciegos, de entre doce y trece años, aguarda su hora de lectura de cuentos. Todos los jueves, a la misma hora, alguien viene a leerles, voluntariamente, algo de literatura.
El tipo se toma su tiempo. Deja el impermeable húmedo en el respaldo de la silla y contempla esos rostros pálidos direccionados hacia él como temblorosos receptores satelitales buscando alguna señal más allá de las que ya perciben; el raspar de la tela de su traje o el tufo a alcohol mezclado con restos de agua de colonia y desodorante que se puso a la mañana. Carraspea:
-Buenas tardes. Estoy muy contento de estar acá-
Miente, por supuesto. Está profundamente arrepentido. Pero ya es tarde como para cambiar las cosas.
De su bolsillo extrae un libro de tapas azules con el título “Cuentos para Niños”, en letras góticas, doradas. No bien lo abre, se da cuenta de que no va a poder leer; se ha olvidado los anteojos en el bar cuando estuvo hojeando el diario. Busca algún tipo de salvación en los estantes de la pequeña biblioteca que está junto al escritorio de la docente, pero los decrépitos tomos de Mark Twain, Emilio Salgari y Luisa María Alcott parecen querer decirle, dado lo minúsculo de su tipografía, que nada bueno podrá obtener de ellos. La docente misma, a pesar de las dudas que el tipo le provoca, se ha ido arrastrando sus chanclas por el pasillo, en busca de un café aguado.
Los jóvenes se impacientan. El tipo observa las mustias cuencas de sus ojos.
-Tienen algo precadavérico- piensa.
-Veamos- dice para ganar tiempo. Claro que inmediatamente la crueldad de una sonrisa asalta sus labios. Intenta reprimirla antes de que se note. No se dice “veamos” en una escuela para ciegos. Fue algo involuntario. No quiso burlarse. De todos modos no va a poder hacerlo, las letras siguen con sus extrañas danzas invisibles sobre el papel. Después de los cuarenta, la presbicia reina, y por más que aleje de sí el libro a todo lo largo que le dé el brazo, resulta imposible. Toma fuerzas de la nada y haciéndose el que lee, comienza a improvisar lo que le viene en mente:
-Ese día Ariel descubrió que su padre tenía una puta, en el centro.-
Por lo menos es un modo de comienzo, piensa el tipo, una especie de había una vez.
Los chicos se revuelven en sus asientos. Se codean, apuntándose unos a otros, sus cuencas vacías. Se preguntan ¿Qué? ¿Qué dice?
-Sí- reafirma el tipo. – Lo descubrió de casualidad, a las diez de la mañana. Había ido a la calle Azcuénaga a cumplir un encargo de la madre;  retirar del servis unos audífonos de una tía abuela que habían dejado para reparar.-
-Esto tiene que interesarle a estos cieguitos- piensa – los problemas de los sordos.-
De repente ve a su padre descender de un taxi. Esa fue la primera sorpresa que tuvo. (Ese día tendría, al menos, tres.) Por lo que sabía, a esas horas, su papá debería estar de viaje y no llegaría hasta mañana por la noche.-
Los ciegos respiran agitados. Son tal vez un poco más niños que otros niños de su edad con la posibilidad de ver; más sensibles. La historia, evidentemente, los conmueve.
El hombre continúa simulando que lee, sigue con el índice las letras que bailan. Dice:
-La segunda sorpresa de Ariel fue ver que su padre se quedaba sosteniendo la puerta del auto para que baje una mujer de tacos, rubia, con un abrigo que tenía piel sintética en el cuello. Gentil, le ofreció el brazo y se perdieron de vista en el fárrago del tráfico.-
-¿Qué es fárrago?- pregunta una chica, rubiecita, perfectamente peinada con dos trenzas gruesas y un moño en cada una.
-No molestes con preguntas- se enoja el tipo. – Lo importante es que  descubre a su papá con una puta y no lo complicado que pueda ser el tráfico. –
El padre entra a un edificio de departamentos, media cuadra más adelante. Presiente la mirada de su hijo clavada en su espalda y se da vuelta. La vista de ambos se cruza, echando fuego, de vereda a vereda, entre colectivos ruidosos. El padre comprende que lo han descubierto. Está perdido.
En ese momento se larga a granizar. La calle se transforma en un pandemónium. Imagínense. Los autos desesperados intentando evitar los bollos de las piedras en las carrocerías, las bocinas, la gente que corre.
Ariel, que tiene dieciséis años, se queda mudo, boquiabierto. Su papá tiene una mina, que no es su madre, en el centro. A lo único a que atina es a tomar el ventolín del bolsillo derecho de su campera marrón y, aprovechando que no cerró la boca todavía, se da un puf, para el asma, enfermedad a la que es muy propenso.
Está empapado. El agua lo congela. Hace frio. Tirita durante el viaje en subte hasta su casa; el corazón late con fuerza en su pecho. Siente que quiere escapársele por la boca y perderse, a los saltos, como un sapo, entre los pies de las personas que viajan ensimismadas, colgadas sus vidas de los pasamanos.
Su madre, que prepara la comida en la cocina con los vidrios empañados, lo recibe con reproches por haberse mojado tanto.
-Mirá, estás empapado-  dice y corre a abrir el grifo de la ducha porque a esta altura ya es experta en eso del asma. Un baño caliente con mucho vapor a veces ayuda a mejorar las cosas.
Hay olor a milanesas, a puré, a nuez moscada.
Ariel quiere decir, pero no puede. Teme arrepentirse de las palabras que pugnan por salir de su boca. No quisiera lastimar a esa mujer que es buena y comprensiva. No va a arruinarle la vida a su madre poniéndola en conocimiento de que es una cornuda. Entra al baño. Se desnuda y se queda pensando, dejando que el agua corra por su cuerpo. Su padre es el traidor. No le importa su familia, ni el hecho de tener un hijo. No le importa si son felices o no. El muy tarado pone todo en peligro. Jura que se las va a hacer pagar. Se vengará. Y he aquí su tercer descubrimiento: Al padre se lo puede extorsionar. Está en desventaja ahora.
-Lo que voy a hacer, se dice Ariel, es sacarle plata. Voy a comprarme la moto que le pedí y que me ha negado. ¡Claro que sí! La información bien vale una moto. Y mucho más-.
A la una sale para la escuela. Apenas prueba bocado de la comida que, solícita, le sirve la mamá. Se encuentra con su amigo, Emiliano. A grandes rasgos le cuenta esta misma historia.
-¿Está buena?- pregunta Emiliano cuando Ariel termina.
- No. Es vieja. Y fea.  Es una puta. Una puta cualquiera-.
- Miralo al pelado ¿quién lo hubiera dicho?-
A algunos ciegos les da risa.
En ese momento la maestra mira a través del vidrio de la puerta. Los chicos aparentan estar bien, aunque al principio el marido de la voluntaria no le agradó en nada. Parecen estar interesados en la historia. Seguirá con su café.
-¿Y qué pasó? –preguntan los ciegos.
-Pasó que el imbécil del padre, en un estúpido intento por anticiparse a los hechos, se dirige a la casa para hablar con la mujer.
Su presencia inesperada la sorprende.
-Ya sé, la encuentra con un amante- razona un ciego, de pelo revuelto y de aspecto pervertido; al tipo le hace acordar a las fotos de los diarios de Robledo Puch, hace muchísimos años.
-No- contesta- la madre está en joggineta, viendo la novela de las tres.
-¿Qué hacés acá?- le pregunta a su –marido que, intempestivamente, acaba de entrar.
-Tenemos que hablar- responde él, tirando el impermeable sobre el respaldo del sofá.
-Me asustás. ¿Pasa algo?-
-Sí.- Dice él.- Pasa.- Entonces cuenta que Ariel lo vio, con su amante, en el centro. Habla de la lluvia y del taxi. Que lo del viaje que lo había alejado de casa por dos días había sido una mentira, urdida vaya uno a saber por qué-.
-Te he estado engañando- dice- te pido que me perdones-.
La madre se mira las manos. Guarda silencio.
El hombre se exaspera. ¿Cómo puede ser que no estalle en llanto, que no le dé un arrebato de furia y empiece a romper cosas y dar gritos corriendo por toda la casa?
Los ciegos abren las bocas, azorados. El tipo piensa que tal vez ellos pueden ver, pero con toda la cara. El alma se les trasluce en sus facciones blancas, de tanto vivir a oscuras.
De algún modo, y desde hacía tiempo, la mujer esperaba que algún día  le viniera con un planteo así.
-¿Y quién es ella?- inquiere.
-¿Cómo se llama la madre?-pregunta un ciego.
-Ponele que Alicia- contesta el tipo y sigue con su cuento. Ahora habla con los ojos cerrados, la cara en dirección a su auditorio:
- El padre de Ariel contesta: No importa quién. Lo importante es que ya  todo terminó.-
-Silvia- dice la madre.- Es Silvia. Lo sé-
- ¿Qué?- pregunta él, sintiéndose al descubierto.
- La perra inmunda- agrega ella- mil veces estuve tentada de ir y golpear su puerta pero ¿Sabés por qué no? Porque no te necesito. Siempre lo supe. En el fondo, me estás haciendo un favor.-
Se quedan callados. Afuera ha vuelto a llover.
La madre siente, ahora que el tema está confirmado, una increíble sensación de alivio. Una especie de vértigo. Va a ser bueno que él se vaya. Sus manos ya no van a tener que levantar del piso los bollos de sus medias sucias; no va a servirle más su whisky mientras mira esos aburridos programas en la tele. Hace tiempo que no se tocan. Hace tiempo que a ella nadie la acaricia, ni le pregunta cómo estás, cómo fue tu día hoy. Han pasado muchos años y siente que los dejó pasar. 
-¿No vas a decir nada?- pregunta él.
-No- contesta la madre- O sí: Pronto va a llegar Ariel. Quiero que te vayas.-
El hombre, incrédulo obedece. Toma su impermeable. Sale.
-Esto no puede estar pasándome – se dice, a las cuatro de la tarde.
No esperaba una reacción así, pero en el fondo, siente temor de cruzarse con su hijo y lo que entonces pueda suceder.
La madre se queda en el sillón; tiene lágrimas en los ojos.
Las cuencas vacuas de los ciegos apuntan hacia él; lo tienen en sus miras. Algunos de los chicos ostentan algo acuoso donde debería haber estado el iris. Algo blanco y sanguinolento, como un pedazo de miga de pan mojado en leche y helado de frutilla derretido. El tipo, ahora sí, comprende por qué los ciegos andan con esos anteojos negros.
Ridículamente todavía sostiene el libro de tapas azules en sus manos. Piensa: ahora vienen las preguntas.
Y efectivamente, las preguntas vienen.
-¿Y qué pasó?-
-¿Tenés hijos vos?-
-¿Qué hizo la madre?-
La madre – contesta el tipo – hace lo que toda madre en una situación así. Agarra el teléfono y marca el número de Brenda, su amiga separada. Escueta e impersonalmente le informa, lo que hasta aquí ha sucedido.
La amiga se enoja. Siente esa solidaridad de género que enarbolan las mujeres en esta clase de situaciones. Dice:
 -Qué desgraciado hijo de puta- acto seguido, le pasa el teléfono de su abogado.
El tipo, por su parte, hubiera querido volver el tiempo un poco atrás. Pero no se puede; su vida se ha precipitado inmanejablemente. Encima llueve. A las cinco y media recibe un llamado de Ariel. Se encuentran. El chico no menciona que lo ha visto; el chico no hace otra cosa más que pedirle que reconsidere su negativa a comprarle una moto.
El padre se siente extorsionado. No puede creer que el propio hijo de su sangre sea tan frio y desalmado como para pensar en una moto, cuando a su edad, bien puede comprender que todo se está yendo al demonio. No obstante concede un: “lo voy a pensar”
-Bueno.- contesta Ariel. De pronto se golpea la frente. De su mochila saca un libro azul con letras doradas. Agrega:
- Te manda esto mamá. Dice que no te olvides que prometiste reemplazarla en su hora de lectura. Los ciegos te esperan.-
El hombre cierra el libro con un golpe seco.
- Se terminó el cuento.- dice.- Fin-

 La maestra entra al silencio sepulcral del salón.
-¿Y?- pregunta- ¿les gustó?-
Sostiene un jarro de café, adornado con una inicial. El tipo observa, nítidas, las chorreaduras marrones en el borde. A él le hubiera venido bien ese café. Hubiese cambiado las cosas. Tal vez.
-Tu cuento es una porquería.- La que habla es la chica de las trencitas y moños cuadrillé.- El tipo es un malo.
- Lo que tiene que hacer- aporta ese otro ciego que, piensa el tipo, decididamente es un pervertido- es sacar una póliza de seguro a nombre de su mujer, tirarse debajo de un tren y dejarse de joder.-
El hombre se pone de pie y toma su impermeable.- Hasta la próxima, chicos.- dice, y se mete en la llovizna.
Va hasta el bar a recuperar sus anteojos y, de paso clavarse un whisky más, el último tal vez.
No tiene adonde ir. Su futuro inmediato es una habitación de hotel, en flagrante soledad. No podrá, lo sabe, conciliar el sueño. Se la pasará en la cama, la tele encendida, viendo girar las aspas de un ventilador.
Maldice y paga. Sale del bar guardando el vuelto en su billetera; es por eso que no ve a dos que vienen bajo un paraguas, hablando en susurros de las cosas que hablan, entre sí, los ciegos.
Tropiezan.
-Perdón- se disculpa, cambiando la voz para que no lo reconozcan.
Es inútil. El rubio, el parecido a Puch, olfatea el aire moviendo las aletas nasales. Parece un depredador nocturno en la selva a oscuras.
            -No se olvide de la opción del tren- dice al fin. – Un tren es lo mejor para un imbécil.-
El tipo intenta ignorarlos e irse. Los ciegos se lo impiden. Lo palpan con manos ágiles y blancas. Se le ríen en la cara con la triunfal insolencia que les da percibir su miedo. Él cierra los ojos. Les siente la halitosis. Resulta espeluznante. Los ciegos revolotean a su alrededor produciendo torbellinos en el aire. Parecen dráculas.
Por fin, repentinamente, desaparecen tragados por la noche de la que nunca tendrían que haber salido. El tipo escucha los susurros que se alejan; van contentos y animados, golpeteando sus bastones.
En el paso a nivel se bajan las barreras y comienza a sonar la chicharra; las luces anuncian, con su roja intermitencia, la proximidad del tren.
Ha dejado de llover. Hace calor. La humedad es insoportable.



15 comentarios:

  1. Gran texto, caballero. A ver si tienes suerte.

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  2. :)
    Cuánto me alegro por ti.
    Te mando un correo.
    A ver cómo me lo puedes enviar, pagando, claro...
    Me interesa ese universo de ciegos desde que conocí a Sábato.
    Y leerte y leer tu versión, sería un placer.
    ;-)

    Bss.

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    1. El lenguaje es algo demasiado impreciso.
      te lo envío, pagando, claro si me lo pedís asi, zarzamora

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  3. Muchos ánimos y suerte.
    Si hay alguna manera de adquirirlo, a distancia, ya me diras.
    Bicos.

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  4. Te lo había leído aquí en el blog solo que sin este final ferroviario :-) entones me encantó, esta vez, también... Aunque me hubiera gustado más que terminara con el padre, la madre y el hijo subidos en una Vespa perseguidos por una maratón de corredores ciegos ;)

    Mucha suerte que no necesitas y mi enhorabuena que tampoco, pero con mis besos, aquí te dejo:))

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    1. que memoria, maría. fue lo primero que publique en el blog. Por favor què bien me hacés

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  5. Buenísimo Fernando. Me ha encantado.
    Suerte el día 7. Seguro que la tendrás.
    Un abrazo.

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  6. Yo no lo había leído así que para mi ha sido tan fresco y estimulante como lo que se suele leer por aquí. Y ese stand del que hablas imagino que pillará lejos para mí. Perdona la ignorancia pero... ¿De dónde eres?
    P.D. Genial el Capitán America del anterior post.

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    1. bueno, gracias, mi hijo es el dibujante oficial del blog
      me alegra que te guste.
      y somos de buenos aires, argentina.
      pense que se notaba en el texto.
      gracias sergio

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  7. Yo no lo había leído nunca así que me pareció único... está en la feria entonces? me muueeeroo el jueves voy a ir y me fijo. Te felicito!
    Besotes.

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    1. los escritores de malas palabras buks estamos el miercoles 7 las 20 hs stand 322 de pabellón azul. un beso y gracias

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  8. Mis más sinceras felicitaciones por el logro! Sabemos lo difícil que es...
    ponele la firma que seguro te compro uno cuando me cruce con él.

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    1. gracias Efa. Librerias buenas lo tienen. Hernánez, Cúspide y varias otras....

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