martes, 7 de enero de 2014

Ana (14)

14–
Es una hora precisa a la que sucede; debe ser a las seis o siete de la tarde, calcula Ana. Y es por la incidencia de la luz. Sucede en la enredadera (una enredadera o arbusto o planta, Ana no entiende de botánica) que su marido compró a una chica que pasaba en una camioneta, vendiendo por el barrio. A Ana le desagradó la planta, (cree recordar que se trata de un farolito japonés o al menos así dijo la chica de la camioneta, con una sonrisa que a Ana le pareció de morsa y un cuerpo de músculos entonados debido a la práctica continua de cargar y descargar macetas y bolsas de tierra.) Una vez, antes, un año antes, unos meses antes, la había visto besarse con el tipo que le hace de chofer, la camioneta detenida a la sombra de unos árboles en la plaza principal del barrio. Ana pensó, recuerda, que eso era mezclar las cosas y como va caminando con el marido porque vienen del supermercadito, le hace un comentario al respecto de que no se pueden mezclar las cosas del sexo y del trabajo, o algo por el estilo. Claro que se siente tonta, porque ve que su marido le mira las tetas a la chica de la camioneta, que en ese momento están casi al aire, siendo acariciadas por el tipo con el dorso de la mano. Que se vayan al telo, estos dos, dice Ana molesta por el comentario ridículo, emitido antes y más molesta ahora por este segundo comentario. A veces siente que el único sitio confortable es el silencio.
El marido, meses más tarde, un año más tarde, detiene a la chica de la camioneta y le habla de una pared mal revocada al fondo que se ve desde la ventana de la pieza, desde la cama; que quiere taparla con verde, le dice. La chica de la camioneta ofrece esa planta, de flores rojas, ni abiertas ni cerradas, y dice que es linda porque atrae los colibríes. Y sonríe, abre bien los ojos como si los colibríes fueran a venir a libar de ellos. Ojalá cuervos, piensa Ana. Claro que se la compra, el marido, y le pregunta si el precio, que considera excesivo, incluye la colocación. La chica de la camioneta se ríe del marido de Ana y se va sin contestarle. Parece que no incluye, dice el marido con la plantita junto a él, en la vereda. En ese momento llegan los padres de Ana, que vienen de la capital, de hacerse, la madre, unos estudios en la obra social por eso de la enfermedad. Dicen que les fue bien, que los resultados estarán la semana que viene. Hay tristeza en ojos de la mamá, la espada de Damocles sobre su cabeza, la suerte echada. Echada fuera, piensa Ana y piensa también que ese farolito japonés que compraron a la chica de la camioneta, también le es odioso por eso, porque el recuerdo de la madre está y sigue enredado en esas ramas que crecieron. Entonces, en ese momento, el marido comenta con su suegro que le pareció bueno comprarlo para la pared mal revocada; mentira, piensa Ana, lo hiciste por la chica, por los hombros, por las tetas, por la capacidad de dar besos de la chica de la camioneta, y la tristeza le avanza como por una avenida con los árboles deshojados a la hora de la siesta, un domingo frio. Entones yo la planto, dice el padre que sí, tiene una pala de punta y una pala ancha guardadas en el cuartito de las herramientas. El marido de Ana dice que de ningún modo, que él compró esa planta, que le preste una pala que él la va a plantar. El padre se sonríe. Luchan en su interior dos pensamientos. El primero es que le molesta prestar sus herramientas, de hecho la pala es inglesa, está recién afilada y le ha puesto una capa de aceite en aerosol, para prevenir el óxido. En su galpón las herramientas tienen un orden estrictísimo desde años y no le gusta que nadie entre allí a tocarle ninguna cosa. Y el segundo pensamiento, es la hilaridad de imaginar al inútil de su yerno, que debe tener tanta habilidad para la jardinería como la gorda Matosas para la danza clásica, trasegando con la pala. En fin: prevalece el segundo pensamiento. Le dice que la pala está limpia, que debe ser devuelta del mismo modo. El marido de Ana siente que ha ganado la pulseada pero que también ha perdido, porque ahora deberá ponerse a trabajar, como un idiota. Le molesta la situación. Deja la planta abandonada junto a la puerta de entrada y dice algo de hacerlo el fin de semana. Ana ni siquiera le echará agua. Pero lloverá, por lo que sobrevivirá dentro de su maceta negra, de plástico.

El tema entonces es que a esa hora determinada, los días de calor, ahora que su ex ya no está porque han pasado los años y que el farolito japonés ha crecido (era cierto eso de que atrae los colibríes) llegando a tapar una buena porción de la pared mal revocada, sucede que se produce un juego de luces y de sombras, entre las hojas, que a Ana le sugieren ojos y bocas y rostros de personas que le gritan cosas, enmudecidas. Algo fantasmal. Pasa a determinada incidencia de la luz, los días de calor. Sucede eso, que la mirada distraída, lánguida, que reposa pasiva, en la cama, bajo el flujo de aire suave del ventilador, se encuentra con la aparición de un juego, de una combinación, en el que dos oquedades se transforman en cuencas calavéricas y más abajo hay una boca, que grita, una boca horrible, de persona atrapada en esa red de sombras que intenta decirle cosas y ella piensa que ya basta, que le dirá a alguien que pode la planta. Por la noche el aire se poblará de luciérnagas y las luces de la pileta y el relativo frescor harán que pueda descansar un poco de tanto calor y por la mañana sus ojos buscarán el recuerdo aterrador del lugar por el que ese rostro la miraba y sentirá la tranquilidad de saber que bajo el influjo de esta luz que ahora ilumina, más diáfana, menos enrarecida, todo habrá desaparecido. ¿Estaré enloqueciendo? se pregunta Ana sabiendo que sólo es retórica. Luego se dedica a hacer milanesas cortadas finas, como les gusta a los chicos y a su padre. Las saca del bol en el que las dejó descongelándose cuando las bajó del freezer y las sostiene, un kilo entre las manos. La sangre fresca le chorrea por los intersticios de los dedos, le da asco y placer al mismo tiempo. La sangre se diluye mientras Ana piensa, ida, en algunas cosas. Después, en otro bol, rompe cuatro huevos y los bate con el tenedor. Agrega sal y perejil, nuez moscada, ajo en polvo y las empana con el rebozador que esparció sobre una fuente. Hace presión con los dedos para que el pan se pegue. Presión sobre la carne que antes chorreaba sangre. Piñas con los nudillos. Una tras otra. Cada vez más fuerte, gritando. Piñas. Tomá y tomá. Una y otra. Tomá, milanesa, dice Ana que hoy lleva las uñas de ningún color. 

miércoles, 1 de enero de 2014

Ana (12)

Un modo tangencial de presentarles (amigos) a Ana
con quién ando viviendo desde hace un par de meses
a ver qué opinan (que ya me han dicho que no será muy popular)

12–
 La pequeña araña del estante de más abajo del modular de la casa de Ana no ha muerto por aplastamiento, todavía. Vive como aún lo hacen los padres de Ana; vive en la casa, como el marido de Ana, todavía. Para ella, los humanos son nada más que sombras interpuestas a la fuente de la luz. A diferencia de otras especies de congéneres, sus varios pares de ojos (cuatro) no producen un registro visual demasiado aguzado. Su tiempo transcurre, entonces, como el de cualquier araña doméstica. La expansión de su universo abarca la totalidad de su tela que (haciendo a un lado el polvo de la casa que la ensucia) es de confección maravillosamente bella. La araña suple su poca visión con una sensibilidad extrema en sus patas delanteras para decodificar cualquier movimiento de las presas atrapadas en su tela. Le encantan los mosquitos. Mucho más si acaban de picar algún humano. La araña puede oler sangre a varios metros de distancia. Su ponzoña, de todas maneras, es módica. (Aunque ella no lo sepa y crea, por lo tanto, que el poder de su veneno la hace invulnerable). Envuelve a los insectos que no come en capullos que almacena para deglutirlos más adelante. En realidad los beberá, porque lo que la araña hace, es libarles todo el líquido del cuerpo dejando sólo un exoesqueleto de quitina, rígido, que después, con hábiles movimientos de sus patas tejedoras, desprenderá de la tela dejándolos caer al vacío. Para la araña el mayor de sus problemas es, precisamente, la existencia de los machos. O ese dolor en el hemitorax (acompañado de fuertes olores) que le produce la sustancia que segrega cada vez que entra en celo. Su olor puede ser percibido a varios metros de distancia, atrayendo a cualquier macho (no sólo a los de su especie). A la araña el tema de la procreación (es decir cada vez que le viene la sustancia) la pone un poco inestable y de un humor terrible. En parte lo justifica porque entonces corre el riego cierto de ser comida (la aracnofagia es un rasgo común; de hecho ella la practica). La araña del modular de Ana mata a los machos luego de la cópula. Los cientos de arañitas resultantes, cuando crecen, se entregan a la dispersión con aparentes buenos resultados. Una vez un macho pudo salvar su vida únicamente porque había logrado distraerla: le trajo, como ofrenda, un capullo con una hormiga dentro. En tanto ella lo abría (el macho se había esmerado en enredar la seda de un modo bastante complicado) le depositó su esperma sin dejar que ella pudiera inyectarle la ponzoña. El desgraciado la dejó sola y aturdida. Desde aquel día la araña odia el sabor de las hormigas.
Cuando no es época de apareamiento, se dedica al mantenimiento de la tela: cuida los soportes principales y los tensores secundarios. Ella, la araña del estante de más abajo del modular de Ana, está más que satisfecha con su diseño. El universo, son esos confines en los que permanece a la espera, siempre cabeza abajo, de la próxima víctima. La única vez que abandonará la tela, será el día en el que Ana la aplaste con la base del aerosol del lustra–muebles un día de limpieza general.
Lola, la amiga de Ana, la budista, dice que no debe matarse ningún tipo de insecto ni de ser vivo. Que todos somos uno en el universo.
El marido de Ana se burla de ella cuando la escucha hablar: –ya quisiera ver si vos tenés ladillas –dice, o piensa.
Ana reflexiona al respecto que es cierto que en teoría está bien lo que Lola dice. Pero un día sucederá que aplastará a la araña, como de hecho mata a las hormigas o a los piojos que aparecen en los cabellos de sus hijos a la vuelta de la escuela. Esa situación no le permite llegar a formarse una opinión muy acabada sobre lo que Lola piensa de los seres vivos. (Eso de que la energía es única en el universo, y que se fragmenta en cada ser cuando se adquiere la vida, y que, si el tiempo no existe –como Lola sospecha–, cada parte del todo podemos ser nosotros mismos, en el futuro, en el pasado). Es decir: podría resultar que la araña vive en el modular pero ya está muerta porque Ana la matará, un día. A veces lo mismo le sucede cuando piensa en la enfermedad de su madre o en la opacidad del futuro  reflejada en los ojos de Marco, su pequeño hijo. La frontera de la sombra es permeable. Por eso es que Ana prefiere no pensar demasiado en algunas cosas, cree que así se impermeabiliza.