miércoles, 26 de febrero de 2014

LA DISPERSIÓN (ANA, 40)

Para la madre de la araña en cambio, hoy ha llegado el día de la dispersión. Sus hijuelos se han montado sobre ella y forman una bola que bulle y que, parece, va a quebrar con tanto peso alguno de los tensores primarios de la tela que construyó hace meses bajo un alero del techo de un hangar del aeropuerto. Hoy hace una brisa suave que fue la que la llevó a percatarse de que es el día indicado para la dispersión.
Obliga a sus vástagos a descender de su cuerpo que ahora vuelve a ser el de una araña normal y no esa cosa que parecía hervir a diez veces su tamaño. Las minúsculas arañuelas se alinean sobre los hilos de la tela; parecen estar contentas. La madre contempla una a una con alguno de sus ocho ojos. Llevarán grabada en su memoria esa última mirada. Después, como un prestidigitador en una feria, produce una tira de seda, liviana, esponjosa y adherente. Se la entrega a la primera arañuela (que es la que está a su izquierda y que la recibe con la misma alegría que un niño, un globo, en la plaza). La toma de uno de los extremos y la deja flamear; la brisa hace el resto. La llevará, flotando, hacia donde su destino le muestre la posibilidad de un hábitat, de un lugar donde tejer una tela igual a la de su madre y aparearse y esperar la eclosión de sus vástagos que permanecerán escondidos al abrigo de un capullo de seda a la espera de entregarse, a su vez, a la dispersión del viento.

Se trata entonces de la sensación de volar. El tiempo se concentra y se expande como un aceite imperceptible y espeso en el que se flota, igual que flotan en la nada los planetas, las galaxias, las estrellas. Se trata de la sensación de vértigo; de la posibilidad de caer y de que no haya fondo. La arañuela se aferra a su trozo de seda. Y flota y va. Siente el viento en los vellos de su hemitorax superior, la sensación a inmensidad al estar surcando el verdadero infinito. Va atenta, con esa atención animal o zen que implica al universo, sin ningún tipo de pensamiento, ni memoria, ni nada. El todo la incluye a ella misma y no existe entonces ni el miedo ni la  posibilidad de fallar. 

sábado, 22 de febrero de 2014

La mirada de las víboras.

El punto es que hay un momento en que toda historia se 

bifurca como la lengua de un ofidio, que explora y percibe, 

entre otras cosas, la temperatura del mundo y en él, la 

presencia de alguna probable presa, como una antiparra de 

termovisión. Algo ininteligible para el hombre como especie, 

con su vista plana, media, condicionada por la traducción al 

cerebro, a las imágenes preexistentes, guardadas a sangre, a 

fuego, a golpes de cincel en lo blando, algodonoso, en lo 

remiso a ser.

sábado, 15 de febrero de 2014

Ana 34

34–

Hay un tiempo, anterior al hombre, en el que en la tierra es imposible el fuego a pesar de los rayos y de que los volcanes arrojen considerables volúmenes de roca incandescente. La causa de que no haya fuego es la inexistencia de suficiente oxígeno. Se necesita un trece por ciento de ese gas en la composición atmosférica para que la combustión sea posible. Ese es el aporte de las plantas, que colonizan el mundo mucho antes que cualquier mamífero fijando, a partir de la fotosíntesis, carbono y liberando oxígeno. A mayor cantidad  de carbono en los elementos, mayor es su poder calórico, cuando arde. 
Cuando el novio de Ana le propone matrimonio, de rodillas, a la vieja usanza, abre una caja de terciopelo azul con un anillo que, dice, perteneció a la abuela paterna y después a su madre. Un anillo con una pequeña piedra engarzada: un diamante al fin y al cabo, aunque de módicos quilates. Parece que la tradición no se detiene, porque Ana lo lucirá un tiempo en su dedo. Cuando su novio, devenido en marido pasa a ser su ex marido, el anillo desaparece del cajón donde ella guarda los collares de perlas, la ropa interior, la caja de metal azul con el consolador y los enseres de depilación (y el poco oro que le fuera regalado por su familia alguna vez, por supuesto) 
El oro que existe en las entrañas de la tierra proviene, parece, del choque de algunos cometas o de impactos de asteroides; el diamante es el carbono en su  estado más puro. No hay nada que pueda derretirlo y su dureza sólo es superada por algunas aleaciones pergeñadas por científicos ávidos de guerra y de dinero. 
Las plantas viven y mueren. Producen sobre el suelo hojarasca húmeda y putrefacta, bajo la que viven los mismos gusanos, pupas, larvas que después comen cadáveres; más tarde preciosas mariposas, trabajosos coleópteros. ¿Es esta la idea de reencarnación? Porque algún día, a la larga, el pájaro comerá al gusano y el puma al pájaro y así hasta el infinito.

viernes, 7 de febrero de 2014

Ana 24

24–

Para matar a un toro debe clavársele el estoque justo en la cruz. Cualquier matador lo sabe. Entonces si se traza una línea recta hacia la derecha, por los tres puntos del cinturón del gigante Orión, la primera gran estrella brillante que se encuentra en esa dirección es Aldebarán. Aldebarán o el ojo del toro, (taurus) sobre quién el gigante hace puntería con el arco y sobre quién, al final, asestará el golpe con la espada que enarbola sobre su cabeza (si no es muerto, antes, por los cuernos del bovino, que apuntan hacia él). A la altura de su cruz, están las Pléyades. Pero claro. Todo es imaginación. No existen las figuras. No bien la observadora se acerca, digamos que unos cuatrocientos o quinientos años luz, asiste a la desfragmentación del dibujo porque el espacio que separa lo que se veía junto es tan inmenso que ya no hay nada. No hay toro, no hay gigante, nada. Apenas galaxias, como nubes estelares y brillantes. La observadora, con la vista alzada en dirección al nuevo cielo, tratará de capturar otras figuras. Eso es lo único que puede entenderse como permanente: los globos oculares captando en sus esferas la luz a distintas incidencias. La chispa en la retina, tan oscura, enciende la conformación de la imagen. Y las asociaciones (libres o no), para ponerle nombres a esas cosas que se ven. Y así el toro, el gigante, las Pléyades. Claro que para que las constelaciones tengan su nombre hay que estarse quieta, porque a cada un año luz que ella se mueve, las estrellas adquieren una asociación distinta. Es tan diminuto el ojo que no puede pretenderse otra cosa que la desazón de saber que el pequeño universo atesorado en su globo, es nada más que un fosfeno impermanente. Un parpadeo, por imperceptible que sea, produce una interrupción del flujo de la luz. Ana sabe que no debe engañarse porque las imágenes no dejarán de verse; no cejarán en su empeño de aparecer y aparecer y aparecer. Y así la desilusión, otra vez.

domingo, 2 de febrero de 2014

Ana 29

29–
Las tetas pueden ponerse turgentes y la piel guardar en su memoria los estiramientos que alguna vez ya ocurrieron (dos, en el caso de Ana). El endometrio puede ser una situación aterciopelada como de algas en el mar de los sargazos. La vida puede llegar a mecerse al flujo de las olas. El agua entonces es la atmósfera, turbia por lo fértil del plancton. La luz, si la hay, debe ser roja o azul profundo y el corazón un beat latente. La célula huevo o cigoto, al caer, es retenida por la adherencia de cada uno de los filodios de esas algas que bailan. Siempre todo es líquido. Allí crecerán las primeras células subdividiéndose a una tasa constante. Comenzarán las diferenciaciones de los tejidos, las especializaciones. A las cuatro semanas empezará a latir por sí, el feto, la larva, quien solo se interesará en la ingesta y en crecer, quintuplicarse y desarrollar mandíbulas para poder comer. Creerá tal vez que el mundo es rojo o azul entonces y que el más allá son voces y ruidos de sartenes o timbres de teléfonos que se escuchan apagados. Percibirá movimientos y estados de ánimo con una claridad difusa, a veces. El universo creerá empatías cuando la que es madre se sumerja y flote mientras él, adentro, lo haga en su cuna de sargazos. Se dormirá con esa voz que entonces canta mientras se entibia la leche en sus pezones rozagantes. La piel se estirará cada vez más, como cuando se estira el parche sobado de un tambor.
Tal vez ese niño no deba permanecer ahí (o a lo mejor sea una niña, aunque Ana no cree que pueda ser niña pero no todo es lo que Ana crea o deje de creer). De algún modo hay una sensación de que será necesario acabar con eso: porque interrumpir, quiere decir pausar, suspender y al final siempre se trata de otras intenciones que la realidad tan tangente.
No ceder entonces al vértigo de dejarse abandonar a la indolencia y quedarse pensando en que la vida va a entrar en la placidez de unos paréntesis. La mente razona (reconstruye la casuística de los hechos): probablemente se trató de una rajadura del látex después de haber tenido, aquella noche, sexo anal, violento y enviagrado con el tipo del gimnasio para después volver a hacerlo de la manera tradicional, aunque ella arriba, a los saltos, hasta explotar sin haber tenido, (tan encendida, se lamenta, estaba) la precaución de cambiarle el profiláctico como siempre que cambian de posición.
No debe dejarse estar. Deberá llamarlo, al tipo del gimnasio. Decirle lo que debe decirse en estos casos. Contarle. Pero qué va a contarle. No cree que la vaya a escuchar y tampoco sabe mucho qué decir porque en realidad habla muy poco con el tipo. Cosas triviales de todos los días. Ella a lo mejor una tarde, porque sí, le cuenta que Marco está resfriado y correctamente, a la vez siguiente que se encuentran, (generalmente es algo que ocurre una vez a la semana, los sábados, cuando los chicos están con el ex y el tipo le miente a la mujer que lo hace en el gimnasio), le pregunta por el resfrío de Marco, para mostrarse atento y galante. Pero eso es todo: un gesto. De él, de las cosas de él, no hablan. Es un modo de salvaguardarse, tal vez, del tipo o simplemente porque ocurre así. Ana se deja llevar en ese sentido. A los hombres no les interesa hablar mucho de sus cosas y menos en las circunstancias con fines específicos en las que Ana y el tipo del gimnasio se concentran.
Mientras tanto la larva crecerá en el útero y la empezará a comer, ya la siente. No deberá callar. De todos modos hay unas pastillas (Oxaprost). Ella sabe, las conoce. Pero es una vida. Se trata de una vida. Quitarla del mundo la dejará sucia. Será un mal karma pesando en su karma. Quién es ella para cobrársela, con qué derecho si esa célula huevo o cigoto se depositó allí después de que furibundos espermas haploides nadaran por el canal de parto, a oscuras, hasta llegar al hueco caliente y rojo o azul profundo donde el folículo, haploide también, llegó para, luego de ser fecundado, adherirse a la pared suave de las algas que se mecen en la danza tribal.
Es con la menstruación que todo eso cae.
Para los torpes sentidos que sólo ven lo grueso, lo evidente, se trata sólo de sangre y olores fuertes. Pocos adivinan la raja que conecta el magma con lo celestial.
Pocos ven. Hay pastillas, sí; precursores químicos que pueden provocar esa caída, aunque Ana tiene miedo de pagar un precio monstruoso, al final.

Mejor esperar. Que el tiempo corra y los tambores suenen y las células se dividan diferenciándose en tejidos, cardíacos y nervios raquídeos. La luz es roja. El tipo del gimnasio que toma Viagra y se depila el pecho seguirá como si nada a pesar de llevar a Ana guardada en la memoria de su teléfono como Víctor Mecánico. ¿Por qué los hombres son tan obvios? Mensaje de Víctor Mecánico. Necesito hablar con vos. Qué mecánico puede escribir así: necesito hablar con vos. La mujer del tipo del gimnasio puede enterarse. Todos iguales los hombres, cortados por la misma tijera, todos larvas a expensas de los tejidos de las madres. Hombres, sólo núcleos: la magnitud del citoplasma (comparativamente) es tan inmensa como la configuración estelar de un universo. En cada célula el proceso reflejo puede repetirse. Víctor Mecánico, mensaje entrante, necesito hablar con vos. Las mujeres perciben a otras mujeres como los tiburones el sutil impulso eléctrico del nadar de los peces. ¿De qué puede necesitar hablar con vos ese Víctor Mecánico? Mujeres furiosas a mansalva, o no. Depende. En todo eso piensa Ana. Sentada en el inodoro, el test de embarazo entre los dedos con las uñas pintadas de un azul metalizado, como el color de la pintura de algunos autos. Autos que debería arreglar Víctor Mecánico; hay pastillas que lo precipitan todo. Esa es la cuestión. Hay niños que no tienen nombre. Otros que sí y están tocándose el día entero, suicidando esperma en el inodoro o en el bidet. Y otros, milimétricos, en el baile inocente del mar de los sargazos. Es estúpido. Necesitar hablar pero callar. Y el tam tam de los tambores. ¿Sargazo es un lindo nombre de varón? Entonces orina, Ana. Mea el receptáculo del test. Y pone el reactivo tal como indican las instrucciones de la caja que ella ya conoce, porque no es la primera vez. Y espera. Una raya o dos rayas. Las olas vienen y van. El mar ahora es un pequeño océano amarillo, de pis. Es el suspenso. Una raya, dos rayas. ¿En qué estás pensando, idiota? ¿Qué clase de fantasía es esta? Entonces escribir en el teléfono ¿nos vemos hoy? Sabe que al otro lado se leerá: “mensaje entrante de Víctor Mecánico” ¿Habrá mujer que lea esas líneas? No quisiera estar, porque ya estuvo, en esos zapatos. En todo caso: ¿a quién le importa? Lo único importante es que le escribe que quiere estar con él, es una súplica o una orden. El tipo del gimnasio no podrá negarse porque el Viagra, porque el sexo fuerte, porque es lindo. Ella se vestirá sexy y así todas las veces.