jueves, 22 de mayo de 2014

Sin Título




El perro
Aúlla y al aullar cree
En la luna
Como quien sostiene una vela en medio de la tempestad
E intenta proteger la llama
O como quien empuña un cuchillo que de pronto
Apareció en su mano y pretende rasgar así como así
El cuero de los monstruos
Que no se pueden vencer porque, se sabe, uno es el vencido
Como quien dice lo que no se sabe decir
Lo que no se tiene cómo nombrar y por eso 
Grita porque el silencio inventa palabras que nadie 
Porque el miedo siempre es virgen.
Otros hacen marcas en los árboles o tiran migas de pan
Pero qué, si el único camino es hacia adelante.

domingo, 4 de mayo de 2014

Mr. Paisajes y el recital de One Direction

Anoche mi hija se perdió en el recital de One Direction. Llamó, que se había separado en la multitud, de su amiga, que estaba sola, que una señora le había prestado el teléfono porque el suyo se había quedado sin batería, que qué hacía. La señora interviene en la conversación entrecortada por los gritos de las fanáticas, dice que tiene poca batería ella también, que nos mandemos mensajitos.
Mensajitos, mierda. ¿Dónde coño está mi hijita?
Hoy es domingo, ahora, y ella está conmigo. Hago una tapa de asado a las tres de la tarde, en la parrilla.
Todo fue a contramano. Es difícil tener una actitud budista en estos días.
Me cuesta grabar el teléfono de la señora en la memoria de mi celular. Mi mujer me habla, desesperada, porque la nena se ha perdido. ¡Esperá un poco! Le grito fastidiado, porque soy viejo y no soy práctico en los manejos de los mensajes.
Al rato estoy conduciendo el auto por la autopista. Voy tranquilo. La señora que se hizo cargo de mi hija, tiene, ella, dos hijas, me dijo que la cruza hasta la estación de servicio Shell que está en frente del estadio de Vélez.
De Ezeiza a Liniers, sábado a la noche, unos veinte, treinta minutos.
Mi mujer va desesperada.
La madre de la amiga de mi hija atiende por fin el teléfono que no tenía señal. Parece que su hija se ha desmayado y la encontró en una enfermería. Está desesperada porque no encuentra a la mía.
Le digo de la Shell. Que vaya, pero tranquila.
Estacionamos a veinte cuadras, del lado de provincia. Es imposible conducir con el  tráfico del lado de capital.
Hay micros y una multitud. Mi vista distraída no deja de detenerse en cuatro o cinco indigentes, entre ellos una mujer crenchuda, en torno a un fuego, debajo de los puentes de la General Paz. Ajenos a todo, bajo la atmósfera que el vino en cajita provoca en sus mentes, están tranquilos.
No se puede caminar de tanta gente.
Los autos están detenidos, tocan bocina. La gente siente que ha quedado atrapada y está enfurecida.
Fragmentos de diálogos.
 Nadie parece encontrar a nadie. Están todos perdidos. Mi mujer parece darse cuenta de eso. De algún modo la tranquiliza.
Recuerdos de mi época de rugbier. Me abro camino entre la multitud a paso firme. Avanzamos y llegamos a la estación de servicio.
Nadie conocido.
Al rato la madre de la amiga de mi hija con la hija que se ha desmayado y se ha recuperado. No pudo ver nada del recital.
Vaya mierda, pienso, ahora que doy vuelta la tapa de asado en la parrilla. Con lo que costó la entrada.
Hablamos por teléfono, otra vez, con la señora que se hizo cargo de mi hija.
Por fin nos encontramos. Besos y abrazos.
La tomo de las manos, a la señora, le agradezco mirándola a los ojos.
Ella se incomoda, al fin y al cabo no nos conocemos.
Más gente. Más autos trabados. Mi hijo dice que se había asustado por su hermana. Lo beso en la mejilla. No puedo creer que en el mundo haya todavía seres buenos.
Caminamos. Hay un supermercado Carrefour. Los clientes han quedado atrapados en el estacionamiento. Un señor intenta avanzar con su camioneta. Yo avanzo de  la mano de mis hijos y el tipo no frena. Tiene un metro por delante y lo quiere ocupar. No le importa que nosotros estemos en el espacio de lo que considera “su metro” suelta el freno calculando, supongo, que si morimos seremos apenas daños colaterales en el cumplimiento de su misión que era ocupar “su metro”. Me empuja con el auto. Empuja a mi hijo. Lo miro a los ojos a través del vidrio y con cierto placer le doy una buena piña al capot de su vehículo. Siento que la chapa cede y se abolla. No es cierto placer. Es mucho placer. El tipo es un señor mayor. Yo también lo soy pero él me aventaja en eso de estar antes que yo en este mundo. Quiere bajarse del auto a pelear. Su mujer le pide que no lo haga. Yo pienso que si se baja me gustaría mucho molerle los huesos bien molidos pero es “mucho más mayor que yo”. El tipo se queda, siento que me tiene miedo. Me burlo de su miedo entonces y lo señalo a través del vidrio y le digo con gestos ¿a quién vas a pegarle vos?” y me empiezo a reír de él. Los que vienen detrás mio, mi hija, la amiga de mi hija con su madre, mi mujer y mi otro hijo, se burlan del señor mayor que nos quiso atropellar y tiene el auto abollado ahora. Debe ser feo, pienso, ser viejo y estar enojado y que todos se rían de vos. Para evitarlo uno debe intentar no andar por la vida atropellando gente.
Seguimos, muertos de risa. Yo perfectamente hubiera sido capaz de matarlo, para qué ocultarlo. Pero claro, dentro de unos pocos años yo voy a tener su edad. La gente se va a reír de mí, pienso. Deberé comprarme una ametralladora para el próximo recital.
Un señor desesperado le grita a su hija en el teléfono que hace tres días que está allí, que quiere irse y “vos no venís”
Me parece divertido. Nos reímos también de él mientras avanzamos por la multitud a los codazos. Mi hija dice que no ha comido que su azúcar está demasiado baja. Damos con un quiosco. Compramos coca y alfajores. Cuarenta y cinco pesos. ¿Es el chino? Le pregunto a propósito de la pelea de box que están dando por su tele y que había programado de quedarme viendo con mi hijo. El chino es el chino Maidana contra Floyd Myweather. Dios, cómo me gusta el nombre Floyd. Pienso en Pink Floyd. El quisoquero dice que no, que es la preliminar. Buenísimo nos decimos con Jordi, entonces vamos a llegar a verla.
Al fin damos con nuestro auto.
Llegamos a casa.
Comemos sándwiches.
La pelea la gana Floyd Myweather. Pero para mí estuvo pareja. El chino la peleó de guapo. Jordi se quedó dormido, lo llevé alzado hasta su cama.

La tapa de asado, la verdad, me salió deliciosa. Llega una amiga de mi hija. Dividimos las porciones, no alcanza bien para todos pero no importa. Mi hija le cuenta su experiencia en el recital a su amiga. Y mi hijo la parte en la que yo le hubiese partido la cabeza al señor mayor de la camioneta. Se siente orgulloso de mí. Vaya héroe, le digo. Recuerdo que me dibujó los otros días como un súper héroe, todo pelado, visto de atrás. Mr. Paisajista, me bautizó y me hizo con una capa que en realidad es una cascada y bien pelado. Vaya héroe, me vuelvo a decir. 

sábado, 3 de mayo de 2014

El insomnio es un gruyere

Insomnio.
Grillos y ranas en el jardín.
Los perros ladran desaforados y alertas al paso de una patota de muchachos por la calle. Los chicos llevan skates, tiran piedras a los portones y pelean, jugando, entre ellos. Los vecinos se despiertan, encienden luces. Hay inseguridad, dicen los noticieros.
Insomnio (sin culpa, porque es feriado).
Estoy entre leer Stephen Hawkins, William Faulkner o un libro de cuentos de una alumna del taller al que concurro. Llevo leídos a todos por la mitad. Se me hace un caldo de lecturas como si todos fueran el resultado de uno solo. La suma de todo lo que leo, entonces, se hace cero. Como la suma total de la(s) energía(s) del universo, según Hawkins. A la energía de cada partícula se corresponde una antipartícula gravitatoria que la tensa y la obliga a volver, como un elástico. La suma de la energía de todas las partículas del universo conocido, según el hombre de la silla de ruedas, es cero.
Me imagino algo así como un queso en el que a cada trozo que se extrae de la, digamos, masa láctica, se corresponde un espacio, un agujero, que es la antipartícula. La noche entonces queda como un gruyere.
Al escribir, los tendones de las manos me duelen.
Supongo que el dolor es la antipartícula; que a cada letra que lacera el silencio de la  pantalla, los tendones gritan. Es el precio de pasar a ser materia, en el universo. El Budismo  nació de preguntarse qué es el dolor. Su respuesta es la búsqueda de la inmaterialidad. Es decir, el pedazo de queso vuelto a su lugar. Cerrar la angustia de la tensión entre la partícula que se aleja y su gravedad residual (tal vez por residente). De todos modos, la suma de todo lo que hagamos siempre va a dar  cero.
De a poco el miedo (por las cosas que los vecinos hemos visto en los noticieros) se apacigua en tanto los muchachos avanzan por la calle. Las luces de esta cuadra se apagan mientras comienzan a encenderse las de  una cuadra más allá.
Los perros de mi calle, dejan de ladrar y vuelven a echarse, tras dar algunas vueltas sobre sus pedazos de trapos o frazadas, frente a las puertas de cada casa.

Los gatos, en cambio, se esconden de los perros en la oscuridad y acechan a los pájaros que empiezan a cantar, porque amanece.