domingo, 1 de junio de 2014

A carne es el sonido que produce la hoja de un puñal al deslizarse.

El padre los coleccionaba. Puñales de todo tipo. Facas y facones de campo repujados, con incrustaciones de oro y plata. Los tenía exhibidos en las vitrinas de la sala; colecciones valiosísimas. Mangos de asta de ciervo o de armadillo. Antiguos. Y ahí están. Quedaron. También dos autos. Juan José acaba de llegar manejando uno. En el garaje, y agitado por la urgencia, comienza a desnudarse sin siquiera esperar a que el portón termine de cerrarse. Se quita los zapatos manchados de barro; incluso el slip y las medias. Con nerviosas manos mete la ropa en una bolsa que trae preparada para ese fin, en el asiento trasero. La puerta interior del garaje da a la cocina. A la derecha está la habitación de servicio pero Sarita tiene franco hoy. Se toma desde el sábado a las siete de la tarde, hasta el domingo a la misma hora.
Procura no hacer ruido para no despertar a la madre, enferma.
–¿Dónde estuviste? –le grita desde arriba, no bien acaba de entrar.
Juan José dirige su mirada hacia arriba, desnudo y con la bolsa aún en la mano al pie de la escalera:
–Estás despierta, mamá.
–Y claro –contesta la voz. –Son las seis de la mañana. Ya es día. –Después tose. –¿Adónde estuviste? Vení, subí a saludar a tu madre como corresponde.
Al hijo le retumba la cabeza todavía. El beat de los parlantes le había hecho sacudir el pecho con tanta potencia. La masa de la gente se movía, compacta al ritmo de la música. Los flashes estroboscópicos resaltaban lo blanco de las ropas y de los dientes de los que reían; las uñas pintadas de colores estridentes de las chicas, todas putitas, fáciles. Era un boliche de barrio, barato, de esos a los que concurren las mucamas porque dejan entrar a las mujeres gratis.
Vuelve al lavadero con la bolsa negra alejada del cuerpo a todo lo largo que le da el brazo. Es una de esas bolsas grandes que usa el jardinero para recoger hojas los jueves cuando viene, si no llueve.
Limpia con un trapo sus zapatos. Les quita el barro y la suciedad de la zanja de esa calle en la que forcejeó y patinó. Elije un programa de lavado corto y mete las prendas con cuidado, una por una. La suavidad de la tela de una tanga  animal print lo estremece. La pasa por su cara oliendo con fruición los restos de los flujos. La madre llama, arriba.
–¡Ya va! –grita de mal modo. –¡Recién llego, mamá!
La escucha protestar. Conoce de memoria lo que dice. No está bien la vida que estás llevando, despierto por las noches y durmiendo todo el día. Si tu padre…
El patovica había echado a la chica afuera de la disco porque había vomitado. Usaba minifalda y estaba muerta de frío. Había quedado en pie sólo porque se sostenía de una señal de tránsito.
Él la había empujado a través de la bocacalle, abrazándola, como si la conociera. Casi no podía caminar.
–Vení que te llevo a tu casa –le había dicho tratando de no dejarla pensar.
 –Mirá cómo estás.
–Mirá el auto que tenés, gato –había dicho la pendeja con esa boca que ponen las minas a las que le gustan los coches caros. Sola, ya apartada del cardumen de las risas y los vasos de  fernet barato.
–¿Te sentís mejor? Dale, subí –había dicho Juanjo apretando el botón del cierre centralizado haciendo que las luces se encendieran con un breve parpadeo.
–Sos gato, vos. Ni loca me subo.
–Dale, si te gusta, putita –había dicho él, tomándola del brazo con violencia.
Del canasto de la ropa que Sarita deberá planchar, toma un pantalón de jogging gris y una remera. La madre, para el desayuno, se sirve té con leche y dos tostadas untadas con queso crema light. Ordena las cosas en una bandeja.
Sube la escalera. No querrá hablar con ella. Le dejará las cosas a un costado intentando no mirarla y se escabullirá a  su cuarto hasta pasado el mediodía cuando tenga que calentar en el microondas, la vianda que Sarita dejó preparada para ambos. Lleva la bombacha en el bolsillo; se acostará con ella entre las manos para revivir el éxtasis, la reiteración de ver el miedo asomando, súbito, a los ojos que miró tan próximos cuando la sostuvo en vilo, empuñando firmemente de abajo hacia arriba, antes de extraer la hoja.

Sarita llegará compungida, con la noticia de que han matado a otra, pobrecita, apenas una nena. La madre la escuchará desde la cama como quien oye llover. Si son nenas no tienen nada que hacer en los boliches. Si ella no es tonta. Sabe, porque lo ha visto en la tele, cómo se visten de provocativas. Y cuánto alcohol que toman. Sarita refunfuña cuando la oye hablar así. Al día siguiente se refugiará en la sala, toda la mañana, como un modo de protesta, concentrada en dar lustre, uno por uno, a todos los puñales.