sábado, 2 de agosto de 2014

Hacía rato que no andábamos por acá, mis disculpas.












Jordi Garriga. mamá dormida.


Miré por la ventana y las plantas del cerco estaban blancas de hielo y la mesita de plástico verde que está en el jardín de adelante, también. El jazmín chino tenía las ramas caídas por el peso. Ya había salido el sol. Puse la estufa, me hice un café con leche. Me quedé leyendo.
Al rato alcé la mirada: se había nublado o por lo menos estaba brumoso y las plantas ya no estaban blancas de hielo sino que mojadas.
Así es el clima en Buenos Aires, te digo.
Claro, vos en París: es otra cosa allá.
Bah, si lo pensás un poco, las plantas brotan en todos lados, ¿no?
Agosto se avecina.
Las yemas se hinchan. Se ponen turgentes.
Son las nueve de la mañana de un domingo.
Después seguí en lo mío y el sol en lo suyo
Por supuesto ¿por qué habría de detenerse?
Lo cierto es que al mediodía hacía frío todavía y prendí un fuego entonces y me senté cerca, en el sillón de jardín que tiene los almohadones violetas para
sentir un poco de calor mientras seguía leyendo
Después asé ciertos manjares que comí con mi familia. Y tomé vino tinto.
Ahora despierto y estoy solo y el sol que entraba por la ventana ya no abriga con la misma tibieza que hace un rato.
(porque también es cierto que construí mi habitación con un gran ventanal hacia el oeste para aprovechar, justamente, ese resplandor de las siestas de julio)
Me asomo ahora al jardín. Son las cinco de la tarde, hora del mate
Y veo al gato
lamiendo la parrilla en donde asé los manjares
Es así como se comprueba, te digo
que llegará la noche, por supuesto
aquí como en París o en cualquier parte y
 que hagamos lo que hagamos,la luz
no se detiene. ¿Por qué habría de hacerlo?