miércoles, 29 de octubre de 2014

Hace calor
Es la siesta, hace calor y ella, la madre, vestida con una remera holgada de tela blanca, sin mangas y con unos anteojos redondos dibujados y la leyenda “imagine”, más abajo en letras cursivas, está viendo un programa en la tele de esos en los que hay personas que buscan a otras personas. Viste, además, un short de jean con dobladillo y unas ojotas violetas. Con el calor que hace se metería en la piscina pero el agua está verde ya que la bomba se quemó hace meses y el jardín es un yuyal porque nadie corta el césped en la casa. Entonces permanece frente a la tele tomando una cerveza que se ha puesto un poco tibia mientras se deja acariciar por el flujo de aire húmedo que proviene de un ventilador de techo.
Un segundo antes de que la llave gire en la cerradura desde afuera, siente la voz de la hija. La voz y la risa de la hija que habla con alguien.
–Hola, ma.  –dice no bien entra.               
Viene con un joven, al parecer músico porque trae un estuche de bajo o de guitarra que, incómodo, busca dónde apoyar. Tendrá unos veinticuatro años y es flaco y fibroso. Usa un jean ajustado tipo chupín y un cinturón de tachas además de un extraño peinado cigomorfo que debe llevarle horas y kilos de gel. Tiene la mirada dura, diamantina. Parece, no un gato, sino algún otro animal más avieso. Después de hurgar en la heladera en busca de algo para comer, se encierran en la pieza de la hija.
Al rato se los escucha gemir.
Piensa, la madre, en ponerse a hacer algo. Se le ocurre, por ejemplo, unos de esos postres instantáneos a los que se les agrega leche, se baten y al freezer y ya. Entonces decide buscar un bol en el bajo mesada de la pileta de la cocina pero advierte, cuando abre, que todo está húmedo allí adentro y que  hay, en el fondo de las cosas que se guardan, un agua color óxido marrón con cadáveres de insectos. Se fastidia. Busca un balde y le echa un chorro de lavandina. Quita todo con estruendo y se pone a fregar.
Así la encuentran la hija y el novio que vinieron a untar pan con mermelada porque les dio hambre. Se ríen de la situación de la madre, metida de cabeza bajo el mueble sin advertir que ellos le miran, desde atrás, el culo redondo que avanza y retrocede. Tiene, la madre, los dedos de los pies apoyados fuertemente contra el piso para darse impulso. Se le ve la piel arrugada del arco de la planta del pie y la más amarilla de los talones; es raro el dedo chico, un poco inútil, de costado.
–Me voy a bañar –dice la hija.
La madre emerge enrojecida por el esfuerzo. Ha advertido que es un flexible el que gotea. Claro que por esos defectos constructivos que tienen algunas casas no se había dado cuenta de la pérdida porque la rejilla queda justo bajo el mueble de cocina y para ahí escurría el agua.
Se siente un poco ultrajada por esa mirada de algo así como un reptil del novio de la hija. Los dientes blanquísimos desplegados en una sonrisa tal vez aprobatoria de la esfera que un instante antes avanzaba y retrocedía al vaivén de la furia del cepillo; de la porción de piel de la cintura de la madre, adornada con un tatuaje tribal que se hizo cuando joven.
La madre pregunta o más bien afirma:
–¿No sabés nada de flexibles, vos?
El muchacho no quita la sonrisa ofídica de sus labios y no deja de mirarla a los ojos. Se escucha el agua de la ducha, tras la pared, en el baño.
–No, qué vas a saber  –dice y se inclina para limpiar las partículas de suciedad que han quedado adheridas a sus rodillas. Los ojos fríos del muchacho son color aguamarina; se fijan en las tetas de la madre que, así agachada, aparecen como dos conos apuntados hacia el suelo.
–Ma, ¿me alcanzás un toallón? –grita la hija, como siempre gritan las hijas a las madres, desde el baño. Los toallones se guardan en el armario del pasillo. Pero por la mañana entró dos que estaban en el tender y se encuentran doblados sobre el lavarropas. La cocina no es grande; con solo estirar el brazo se puede llegar a alcanzar uno. Pero el muchacho no se aparta haciendo que los dos se rocen. La madre no puede evitar su perfume. Por fin logra agarrar el toallón y, quebrando la muñeca, lo deja pender de su dedo insinuando con los ojos y una media sonrisa la orden de llevarlo. El muchacho lo toma y se dirige hacia el baño. Su espalda es larga; el elástico de su ropa interior es negro con letras blancas.
Más tarde cenan los tres. Más calor y más cerveza.

Después la madre se va a su habitación. Acostada boca arriba se aferra a los barrales de la cama. Afuera la noche y algún pájaro nocturno; y las estrellas, arriba, titilando pálidas, tal vez aguamarinas.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Anticipándonos a la Navidad



Tres días en la vida de Santa


1er. día: 22 de diciembre

El laburo –el curro, diría mi viejo– se lo consiguió Telmo. En realidad lo venía haciendo él hasta ese día, pero le había salido para hacer de mozo en un bar de karaoke, que era más guita, por las propinas, por lo que le habló a Beto. Incluso le dijo de tirar un colchón en el living de su casa, total quedaban solamente tres días hasta Navidad. María Gabriela no se enojaría, no. Con lo de las fiestas estaba a jornada extendida porque en la tienda no daban abasto con las ventas. Beto aceptó. De cualquier manera, no le quedaba otra.
El trabajo era un clásico, cualquiera lo conoce. Consistía en disfrazarse de Papá Noel e instalarse en una silla frente a una especie de cabaña en el tercer piso del shopping para recibir las peticiones de los chicos, hacerles upa y posar para las fotos. El traje era la muerte: hedía a dinosaurio y estaba hecho de un pañolenci grueso como una frazada. El horario era de diez de la mañana a diez de la noche con quince minutos de descanso para una hamburguesa en el patio de comidas –gentileza del shopping, por supuesto–.
Para cuando llegó el fin de la primera jornada, Beto estaba deshidratado y le dolía la cabeza; a lo único a lo que atinó fue a tomar una aspirina y a tirarse en el colchón que le habían puesto.


Segundo día: 23.

Hacía más calor y el traje era una sopa por adentro. Trataba de moverse lo menos posible pero el gerente se había ensañado con él y pasaba a cada rato; que agitara la campanita y jo, jo, jo, le ordenaba con esos ojos que destilaban tirria. Y los chicos haciendo fila y todas sus voces agudas al mismo tiempo con eso de la play, la patineta y las zapatillas de Violeta. Unos botines de Messi y otra vez la play y las zapatillas. Y para colmo tres adolescentes de flequillo y shorcitos –supuso que habrían hecho una apuesta entre ellas– que lo miraban y se reían señalándolo. Una insistió en subirse a sus rodillas y empezó a frotarse y a pedirle guarradas en el oído. Se quería matar, Beto. Estaba todo mal, era chiquita, no podía estar haciéndole lo que le hacía y con las madres y los nenes viendo todo, todo el tiempo. Cuando las chicas por fin se cansaron y se fueron, Beto quedó envarado y no había modo de volver a la normalidad. Para las diez de la noche no sabía ni cómo se llamaba. Daba vueltas en el colchón tratando de pensar en cualquier cosa para calmarse. Fue inútil. María Gabriela pasó al baño en ropa interior, dos o tres veces. Pensó que no se controlaría.

3er día: Nochebuena.

El traje parecía de lata a esta altura. Como el de un buzo o un astronauta. Y más y más chicos en la fila interminable. Pero había que ponerle el pecho. Después de la hamburguesa, al retomar su puesto, se encontró con que la primera era la adolescente del otro día. –Me estás jodiendo– pensó Beto, pero ya se le había puesto dura y ella, frotándose y diciéndole al oído que quería un vibrador y una ropita ¿eh, Santa?
Beto no tenía más minutos de descanso pero le importó un cuerno. Fue hasta el baño y se hizo una paja de parado, en el retrete. Eyaculó lo que le pareció un litro entero de esperma. Tanto que manchó el traje justo donde más se notaba por lo que intentó limpiárselo con ese papel ordinario que salía de un coso de acrílico al que hay que bajarle y subirle una palanca. Cualquiera sabe lo difícil que resulta quitar manchas de semen de una tela que absorbe.
Cuando quiso retornar a sus tareas vio que en su puesto había dos agentes de seguridad del shopping y uno que a todas luces era un poli de civil. Emprendió la retirada intentando que no lo vieran pero ¡ey! le gritaron y entonces se echó a correr. Se largaron tras él como perros de presa que eran. Bajó la escalera mecánica usando el pasamanos de tobogán pero tenían handys, los tipos. Otros dos lo estaban esperando abajo. Los borcegos le apretaban por lo que mucho no podía correr; se tiró de cabeza atravesando el kiosco de sweet candys. Los globos inflados con helio volaron hacia el techo tras el consiguiente desparramo y griterío. Pudo salir con lo justo por la puerta que daba al estacionamiento del bingo; esquivó por milímetros una mano que le retuvo el gorro tomándolo de la borla. Corrió por entre los autos estacionados. Se trataba de un extraño Papá Noel, sudado y calvo: llamaba demasiado la atención. Una cuarenta y cinco reglamentaria apuntada al medio de los ojos le detuvo la carrera. Lo pusieron boca abajo, le esposaron las manos en la espalda y se lo llevaron a la seccional. Lo ficharon y le preguntaron una y mil veces por qué había corrido. No supo que decirles. Sólo que se había asustado. Le dejaron hacer una llamada. No les dijo, pero fue larga distancia. La madre al otro lado le preguntó si estaba bien y Beto le dijo que sí, que había conseguido un trabajito en el shopping, que todo estaba perfecto. Entonces le preguntó con quién iba a pasar la Nochebuena y él le dijo que con amigos. “Feliz Navidad, m`hijito” le deseó la vieja. Después cortaron. A las diez, diez y media de la noche pisó las calles nuevamente. Telmo y María Gabriela no le preguntaron nada. Con verle la cara se notaba que no estaba para contestar preguntas. Además tenían invitados. Le hicieron un lugar en la mesa y a las doce, que ya eran, brindaron todos.