sábado, 13 de diciembre de 2014

Salsa o Chimi, Capítulo 3


Los anteojos de sol –la imitación china del famoso modelo aviador de Ray ban- del cabo Almirón patrullan la zona. La camioneta policial, una Toyota identificada con el número 17, avanza lentamente en su recorrido diario. Los anteojos de Almirón son capaces de captar, como si fueran la lente de una cámara de seguridad de carne y hueso, cualquier movimiento sospechoso que pudieran efectuar los malvivientes de la zona. Le duelen los nudillos a Almirón. Es que hace unas horas, esta misma madrugada, se ha visto obligado a golpear muy duro. Sucedió que en su recorrido, la patrulla se topó con un auto sospechoso entre los árboles. Adentro del mismo, el cabo Almirón, se encuentra con la sorpresa de ver a su mujer, semidesnuda, en brazos de un sujeto. Y no es la primera vez que le sucede. El cabo sabe que es cornudo. Sin embargo ahora se pregunta si no se estará volviendo un tipo demasiado blando tal vez a causa de la edad; porque otros, en su lugar, hubieran matado al sujeto en vez de molerlo metódicamente como había hecho él. Primero doblegarlo hasta ponerlo de rodillas. Patearle los testículos, las costillas y el rostro. Y después aplicar la furia concentrada de su puños ante la mirada atónita de Teresa, su esposa, que llora y pide con las manos juntas, como si rezara, pensando, además, que esta vez las cosas se le están yendo un poco de control y tiene miedo, mucho miedo. Un golpe, dos, tres sobre la cara y perder la cuenta. No habla Almirón, no piensa. Sólo golpea. Se detiene únicamente cuando considera que la cara tumefacta del tipo tumbado a su frente será una buena señal para otros como él y sobre todo para la misma Teresa que hace silencio ahora y deja de pedirle que deje de golpear. Ahora ella tiene toda la atención del cabo. Se trata de una esposa que implora pidiendo no y no y no, Almirón, por favor no. Pero debe hacerlo. Un hombre debe hacer lo que tiene que hacer cuando encuentra “ipso facto” a su mujer con otro tipo; le aplica primero un buen revés, es cierto que con mano abierta porque así hay que pegarle a las mujeres, pesadamente si se quiere, pero con la mano abierta. Ella llora pero sabe que la ha cagado y ofrece su cara sin siquiera protegerse. No Almirón, por favor, ya basta, dicen los labios que sangran, manchando el corpiño dentro de la camisa desprendida; como si invocar su nombre o mejor dicho su apellido –ella siempre lo llama Almirón- pudieran provocar el milagro de detener ese pesado péndulo de cinco dedos y un anillo de plata.

Por fin la suelta. Tiene sangre en la mano, el cabo. Sangre de los dos que se ha mezclado, eso no va a poder evitarlo. ¡Sorete!, hablan por fin sus labios que estaban contraídos. Sorete, repiten, y se sube a la patrulla y se aleja del lugar dejando atrás a la mujer junto al idiota tendido. Ya todos saben que a Almirón no se le escapa nada. Entonces ¿por qué la hija de puta tiene esa fastidiosa tendencia de hacerlo cornudo a la vista de todos? El otro, el tipo, es un bulto apenas, un guiñapo en el espejo retrovisor de la camioneta policial que se aleja y vuelve a mojar con la luz azul de sus balizas los oscuros contornos de la ciudad. 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Salsa o Chimi: Capítulo 2

La demora de esta publicación
se debe a la huelga
declarada por el dibujante.
Esperamos solucionarla pronto



 17 y 30 PM. Herbert, el alemán

Unos dos meses y medio antes del día específico en el que el rengo Danilo cuelga la ristra de lamparitas del acacio ignorante de lo que al mediodía habría de suceder, Herbert, o el alemán como se lo conoce en el barrio, estaba jugando fútbol al costado de la autopista, a unos doscientos metros de la parrilla, aprovechando su día franco que caía los martes. Herbert es apellido pero parece un nombre y todos lo llaman así. El partido era por la cerveza y se había puesto picante. Estaban seis a seis y el que metía gol ganaba. Además la luz ya escaseaba y la tarde noche se había puesto fría. Los dos equipos trababan fuerte y en una de esas escaramuzas, Herbert recibió un planchazo que le quebró, después sabría, el peroné. Tibia y peroné no, solamente el hueso peroné. El dolor fue tan intenso que casi se desmaya. Los muchachos primero amagaron agarrarse a las trompadas, pero como los otros eran más, tuvieron que limitarse a una protesta llena de gestos airados, que disimulaban la falta de valor. Después opinaron que lo urgente sería llamar a la ambulancia. Herbert se opuso. Que no llamaran, dijo. El rubio tenía auto, así que se ofreció a transportarlo. El alemán tenía un plan en mente, aunque los demás no lo sabían. El rubio y Herbert eran compañeros de trabajo en el peladero de pollos. Le decían rubio sarcásticamente porque su cabello llegaba a ser de un tono azulado de tan negro. La fractura del alemán era evidente. De hecho el tobillo estaba un poco desplazado de su posición normal. Romina, la esposa, puso el grito en el cielo cuando vio que se lo entraban entre dos a la casa del barrio Montana. Herbert le pidió que se callara. Se ponía loco cuando ella se alteraba. La quería pero mujeres son mujeres y él estaba dispuesto a llevar a cabo su plan hasta las últimas consecuencias. Romina por aquel entonces se encontraba embarazada -y todavía lo está porque no ha pasado mucho tiempo desde aquel día-; lo que él pretendía era aguantarse el dolor -a fuerza de whisky y analgésicos y más whisky hasta las cinco y media de la mañana del día siguiente, hora de salir a trabajar. Recién ahí llamaría a la ambulancia y pasaría la quebradura por ART para que no le descontaran no perder los premios por productividad que eran más del cincuenta por ciento de su sueldo y ver de cobrar algún seguro: de eso se trataba su plan maestro. Al final Romina se dejó convencer. En toda la noche no se movió de su lado más que para cambiar la bolsa de hielo que enfriaba la zona hinchada. El Rubio había dicho que el frío estaba bien para bajar el dolor, pero la cosa se estaba poniendo negra. Herbert, insomne, se quejaba y las horas parecían no pasar. Hasta que a eso de las cuatro y media, con muchísima dificultad y apoyándose en un secador de piso que utilizó como muleta, salió a la vereda y se dejó caer junto al cordón. A partir de ahí, la ambulancia tardó veintiséis interminables minutos en llegar. Lo llevaron al hospital, y a las nueve y media ya andaba, Herbert, con su bota de yeso, lo más contento, de vuelta a la casa. El plan había funcionado a la perfección. Romina lo miraba como sólo se mira a los héroes porque sentía que todo lo estaba haciendo por ella y por el bebé para el nacimiento del que faltaban cuatro meses todavía. Pero las cosas nunca son como se las espera. Sucedió que el rubio, sin suponer que el mundo está invariablemente lleno de traidores, contó, sin querer, lo sucedido a un compañero de trabajo y este a otro y este otro a un cuarto hasta que el engaño de Herbert llegó a oídos del encargado de turno del sector evisceración del peladero “Cresta Roja”. Inmediatamente el hecho fue puesto en conocimiento de la Oficina de Personal: Herbert se había quebrado el peroné jugando al fútbol y pretendía engañar a la empresa. Lo despidieron sin más. El punto es que un abogado que el alemán había conocido en el hospital –abogado de apellido Estevanez, que merodeaba ofreciendo sus servicios a los accidentados en la vía pública- le aconsejó mandar carta documento porque la cuestión del engaño era incomprobable y además la concubina, dijo, estaba embarazada lo que el derecho del trabajo mira con muy malos ojos. Así lo planteó. Resultado, unos diez mil dólares de indemnización, que siempre es mejor un buen arreglo que llegar a juicio-. Descontados los tres mil del abogado, fueron a parar a los bolsillos de Herbert. El alemán los escondió, dentro de una bolsa negra, detrás de la mochila del depósito del baño. Es decir, estaba sin trabajo pero contento y ya repuesto de la quebradura dos meses y medio después. Lo que había salido mal, había terminado, de algún modo, bien. O eso pensaba Herbert, que había puesto su Chevrolet Corsa, azul, a trabajar de remis para no tocar esa reserva de dinero. Esos son los sucesos previos al momento en el que el rengo Danilo, cuelga la ristra de luces, a las diez, en la parrillita “El 73” en la colectora de la Ezeiza-Cañuelas, a unos doscientos metros nomás, de donde aquel día, hace dos meses y medio, jugando un mediocre partido de fútbol, Herbert se había quebrado el peroné. Pero por supuesto Herbert ya no piensa ahora en ello sino que anda por las noches, trabajando en el remis y pergeñando esos planes suyos que surgen en el momento, y de a montones.