martes, 17 de noviembre de 2015

BUENAS NOTICIAS

Se dieron a conocer los ganadores del Premio Tejeda

La Municipalidad de Córdoba dio a conocer los nombres de los autores distinguidos por la edición 2015 del Premio Municipal de Literatura “Luis José de Tejeda”, de alcance nacional y abocado en esta oportunidad al género cuento. Los ganadores se detallan a continuación:

1° Premio, “VARIACIONES SOBRE EL MAGÚN”, de BEATRIZ ALOÉ (seudónimo: Cordobesuá), con residencia actual en Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

  Premio, “MAPAS”, de MÁRGARA AVERBACH (seudónimo: Selva Danel), con residencia actual en Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires.

3°  Premio, “CONTINUIDAD DE LA OBRA”, de FERNANDO GARRIGA (seudónimo: Carlitos), con residencia actual en Ezeiza, provincia de Buenos Aires.

Las dos menciones honoríficas fueron otorgadas a las obras:
“LA SUPERACIÓN DEL TIEMPO” de GUILLERMO SANTIAGO GRIBAUDO (seudónimo Gambetti), con residencia actual en Villa Giardino, provincia de Córdoba.

“LA GUERRA DE LOS POZOS”, de JUAN REVOL (seudónimo Rigby), con residencia actual en Villa Allende, provincia de Córdoba.
La selección corrió por cuenta del jurado que integraron Jorge Felippa, Gustavo Gros y Sebastián Menegaz; y se realizó mediante convocatoria abierta y pública (http://oficinadeletras.cordoba.gov.ar/premio-municipal-de-literatura-luis-jose-de-tejeda-genero-cuento-2015/)
Sobre el PremioEl  premio Luis José de Tejeda fue instituido por Decreto Nº 372 “B” del Gobierno Municipal, el día 21 de Diciembre de 1984. Al denominar a este concurso con el nombre de Luis José de Tejeda (1604-1680), la Municipalidad de Córdoba rinde homenaje al escritor cordobés, el primero nacido dentro del territorio que comprende hoy nuestro país.
Este concurso, de carácter permanente y periodicidad anual, está destinado a promover, alternativamente, los géneros de cuento, poesía, novela, ensayo y crítica literaria.
Una característica destacable del Premio Municipal de Literatura es la publicación de las obras galardonadas, esfuerzo que se funda en el interés por jerarquizarlo y, primordialmente, en la necesidad de brindar un efectivo aporte a la cultura de modo que la obra literaria cumpla con su destino final de constituirse en un acto de comunicación con el público.

sábado, 5 de septiembre de 2015



La práctica de la caridad cristiana

En casa no recibíamos regalos de Navidad; papá decía que eso era algo inventado por los comerciantes y que Cristo mismo había echado a los fariseos del templo a los cinturonazos limpios. Papá tenía la manía de “actualizar” su versión del evangelio para que nosotros lo entendiéramos mejor. Por ejemplo, para él, Cristo hablaba a los apóstoles tomando mate; o cuando se metía en el río con Juan el Bautista, usaba un short de baño.
Estaba convencido de que el espíritu navideño era “otra cosa”: significaba la alegría del nacimiento del niño Dios, por supuesto, pero también un día especial en el que, cada año, teníamos que poner a prueba nuestra fe cristiana. Y en función a eso era que a la llegada de diciembre nos organizábamos. Se trataba, ni más ni menos, de una cacería. Mis hermanas y yo, entonces, éramos los encargados de hacer las tareas de inteligencia previas a la operación. En aquella época no había tanta gente viviendo en la calle como hay ahora que se ven familias enteras bajo los puentes de la capital. No. Los pobres eran unos pocos locos que vagaban por el barrio mendigando su comida. De hecho alrededor de algunos se tejían vagas leyendas: por ejemplo había un barbudo del que mis amigos me dijeron un día que era doctor. No sé si en derecho o medicina pero sí que era un erudito que había estudiado y estudiado y que un día le había dado algo así como un surmenage por lo que se había largado a las calles. El tipo era alto, de ojos claros y a mí me hubiera gustado conocer su historia. Pero no. Papá no quería. También se decía de ese tipo que había perdido a la mujer y a los hijos en un enfrentamiento subversivo. Ese, por las dudas, que se vaya con las locas de la plaza, decía mi viejo con esa sonrisa rara que ponía a veces. Entonces, para practicar esa caridad cristiana que dice que el que tiene dos túnicas debe darle una al que no tiene ninguna, terminábamos eligiendo a un mendigo; generalmente se trataba de alguno de los que acampaban a la vera del río o de los que se refugiaban en la estación abandonada, la que ahora es la estación Borges del Tren de la Costa. El punto es que entonces –papá se hacía acompañar por mamá porque él metía un poco de miedo, tan alto y acostumbrado a la voz de mando- para convencer al que habíamos elegido. La idea era hacer que se viniera a casa. Para eso le pedíamos prestada la camioneta del campo al Tío Henry, bah, Enrique. Metían las cosas del vago y al vago en la parte trasera, porque esta gente siempre hiede, y lo traían. Papá mismo, con palangana, jabón blanco y la manguera, se dedicaba al aseo y al baño del necesitado. Con la tijera grande le cortaba las crenchas y después, lo “tusaba”, él decía, con una maquinita de cortar cabello. Por último, lo obligaba a bañarse en la ducha que había a la salida de la pileta, -teníamos orden de no espiar la desnudez escuálida del tipo y nos daba asco, incluso, la posibilidad de andar descalzos por ahí aunque Ramona se hubiera ocupado de trapear todo con lavandina-. Esa misma noche, el resultado, era que teníamos por fin al invitado a nuestra mesa. Había que verlo: quedaba irreconocible así rapado, con un traje bueno de papá, tan impecable que parecía un ejecutivo del Bank of Boston. Comía con hambre y miedo. Nosotros no nos atrevíamos a decir palabra. Eso era la Navidad. Más tarde lo llevábamos de vuelta a sus cartones y sus plásticos bajo su árbol, alejado de todo. Papá le daba unos pesos, antes, ropa y una caja con pan dulce y unas latas de comida.

Al día siguiente nos ocupábamos de las prendas del tipo que habían quedado, hechas un bollo, al costado de la pile. Las levantábamos con unos palos, porque estaban llenas de bichos que podían contaminar, para terminar echándolas a una hoguera. Listo: fin de la Navidad. Después sobrevendría nuestra vida normal, nuestro año de todos los años. Ese era, sencillamente, el regalo que papá nos hacía: la experiencia de practicar la caridad bien entendida, que empieza por casa.

domingo, 23 de agosto de 2015

El pescador

Como óptimos turistas, la práctica que hacemos con Daniel a media mañana, porque en las playas de Santa Marta el sol del mediodía te puede llegar a matar, es esperar que vuelvan los pescadores a la costa, para comprarles lo que hayan podido sacar.
Elías García, pesca con red. Es decir, doce tipos con sogas, desde la playa y uno en bote desplegándola.
Charlamos, mientras. Ah, argentinos, boludo, che, dice uno. Risas de ocasión. Luego del trabajo, la transacción y por un plus, la limpieza del pescado. Pargos. Pocos, de poco tamaño. Los pelícanos como perros, sobre las vísceras que arrojo a la rompiente de ese mar cálido, maravilloso. La sartén espera.
Elías se queja. Cada vez menos pescado, dice.
Tal vez sean las barcazas, dice.

Las barcazas son unos pontones que se ven desde el avión: cien tal vez o mil, fondeados a las afueras del puerto. Tienen que ver con el carbón. En Santa Marta se extrae carbón. Dicen que por sobre peso algunos se hunden, que contaminan. Dicen que cada vez hay menos pescado. Por cada tirada de la red, operación de gran esfuerzo físico que insume toda la mañana, desde la siete hasta las once, todo lo que sacan es unos diez o veinte pargos y alguna pescadilla que se reparten entre los presentes, para sopa tal vez, con ruido a tripa. Cuánto pueden sacar, nos preguntamos. La pobreza de los tipos es obscena. Duele. El costeño en que hablan es indescifrable. Todo es como un condimento más; no deja de estar riquísimo. 


 

martes, 18 de agosto de 2015

Lo que hay que saber al volar


 La excitación infantil es producida por el sello en el pasaporte. La chica de migraciones está dentro de su pecera (debería decir de emigraciones, pienso). Ella se sonríe cuando le digo, chica de la pecera. El trámite me coloca al otro lado, el borde de un país, en la cornisa. Miro a través del vidrio la reposta de combustible por parte de las empresas de servicios que cargan el avión en la pista. La organización hormiga que implica la actividad aeroportuaria. El asiento por fin, cuando embarcamos, incómodo, tan chiquito para un grandulón. La prueba de los botones; el personal de a bordo y las indicaciones, el carreteo, el silencio religioso de los pasajeros que se aferran y sienten el rigor de la aceleración. Las vibraciones, fuentes de posibles peligros, los sonidos que desconoce el que vuela por primera vez, el movimiento ascendente, repentino silencio y la tarde afuera, las casitas allí abajo, tan pequeñas. Al avión se lo siente flotar: en definitiva el aire es un fluido; luego se inclina y muestra un suelo verde y poblado. Y sigue ascendiendo hasta que de repente obsceno, majestuoso, enorme: el Río de la Plata. El horizonte curvo y otra vez la inclinación de las alas y mi amado Delta: las luces de los barcos y ahora sí, rumbo oeste. Ciudades a cada tanto, la noche, la Cordillera de los Andes, las turbulencias, el abróchense los cinturones. La comida insípida, en una bandejita plástica con gusto artificial y la imposibilidad de comer sin hacer chanchadas en un espacio tan mínimo. Por suerte sirven vino una o dos veces. Dormir. Cambio de avión en Lima. El de seguridad que me pide que me quite el cinturón y la chaqueta. Dice chaqueta: primera, mínima rajadura idiomática ya que lo que llevo es una camperita de algodón y la porteñidad lingüística que me va a acompañar como un asfixiante vestido o un traje de buzo, mejor dicho, de incomunicación porque, ya me lo han dicho, mi argot rioplatense es bastante cerrado y las mismas palabras significan distintas cosas en distintos lugares. O nada; como monedas que uno arrojara, justamente, desde un avión sobre ciudades. Lima en los rasgos japoneses de la chica de la compañía aérea. Bellos ojos gatunos. La espera. La compañía telefónica que me brinda solo diez minutos de wi fi gratuitos dejando en claro que el Perú es un país neo liberal, si supiera San Martín. Distintos cánones de la belleza adaptados, según las publicidades, a los fenotipos locales. La sospecha de una especie de gran hermano transnacional, cosas que a fuerza de costumbre y cotidianeidad se me pasan por alto.
El segundo avión. La organización del embarque. Las prerrogativas de los que viajan en business que se exhiben en la holgura de sus asientos de cuero, a dos filas por lado y no a tres como en la económica, con sus copitas de champán (plásticas, eso sí) en las manos mientras los que embarcamos después, estamos condenados a la sórdida envidia y transitamos como una cuerda de condenados a la clase que va al fondo del avión. Y todo a pesar de la amabilidad de las azafatas con esos peinados tersos y sus trajecitos y boquitas pintadas de dientes tan blancos que nos indican cómo se ajusta la balsa amarilla que hay debajo del asiento y otra vez el traqueteo del despegue, los sonidos raros como de perrito ladrando en la bodega y la cortina que separa las clases sociales que vuelan, los agujeros de los culos de todos apuntando hacia tierra, sentaditos, con i- phones puestos en modo avión y en los jueguitos o libros: novelas amorosas, o best sellers policiales, rara vez literatura.
Y bueno. En Bogotá otra espera y otro avión hasta que Santa Marta y, digamos, el bochorno del calor y, como un paréntesis: las vacaciones. Los amigos, el cariño en la comida que Diana prepara y la risa de Daniel cuando digo nafta en vez de gasolina y estacionamiento en vez de parqueadero. La vuelta, cerrado el parénteis, bien digo, es otro avión, las mismas ciudades traslúcidas tras los vidrios de los aeropuertos, esta vez en el sentido inverso. Bogotá, Lima. Los controles, los cacheos. La vergüenza idiosincrática de soportar la prepotencia de las risas y los vozarrones de mis compatriotas que vienen de Cancún. Las compras ostentosas, los últimos dolaritos transformados en botellas de Bailley´s, en perfumes. Recluido en mi burbuja de silencio los observo apartando apenas  la mirada de los renglones de Saer. Más que observo los escucho. Sigo sus diálogos: los distingo del silencio y de las voces respetuosas con que se hablan entre sí los colombianos, ecuatorianos y peruanos. A algunos argentinos, los que no callan, se los reconoce por el modo en que mascan el chicle, por el grito y la falta de respeto con que expresan su fastidio por la demora de casi una hora en embarcar. La chica de la empresa, con estudiada corrección, indica que hay una conexión con retraso desde Miami de la que deben provenir unos treinta compañeros de nuestro vuelo. Y las voces que se elevan diciendo que se jodan, que los pongan en otro y las risas y a ver quién se destaca por ser el más gracioso de entre todos los tarados, recientes amigos de tour de compras que veré más tarde, ya en Ezeiza, después de otras nuevamente compras de perfumes en el tax free shop, abrazarse y despedirse diciéndose a ver cuándo nos vemos en casa, y comemos carne de verdad, che, y no esa mierda que nos daban. Y dale, que siga, que no se corte. Y llegar por fin a la patria, es decir el abracito de mis chicos, la delicadeza de los labios de Laura, que está tan suave y bella, que ha ido a la peluquería. Y los perros y mi calle todavía de tierra y el cielo arriba, noche que nos envuelve.



jueves, 6 de agosto de 2015

No pictures plis

Los Koguis del Parque Nacional Tayrona, en Santa Marta, Colombia, no quieren que les saquen fotos; ni a ellos ni a sus casas. Es decir: son tipos que no acceden a hacer las monerías de nativos que pretenden (pretendemos) los turistas. Son ariscos, tímidos y orgullosos. A mí no me engañan: los habitantes de Pueblito, en el Parque, son una avanzada de veinte o treinta que tienen encartada, como se dice en el Caribe, la función de frenar a tanto francés y gringo maloliente y maleducado que asoma sus narices en donde no se lo permiten. Porque basta con que ellos crucen ramas en un sendero para impedir el paso, que lo primero que se nos viene a la gana es cruzarlo a ver qué hay del otro lado. Y del otro lado hay piedras, sólo que son sagradas. Ese es el punto. No le suman a la sacralidad, nuestras pictures, ni las escupidas ni las meadas ni nada de la resaca de nuestra presencia sudada de cerveza a montas de unos caballitos que Jaco alquila a la entrada de Cabo San Juan, sobre la costa. Hablan, no sé si todos, el español con delicadeza pero sin ninguna gana de confraternizar. Hay más de ellos en otras terrazas más arriba. Iguales a Pueblito en sus raras, hermosas simetrías. De vuelta ya en Buenos Aires, entre el frío, la lluvia y el desorden del tráfico y el modo con que me gano la vida, pienso que ojalá nuestras ciudades fueran así de mágicas, con senderos de piedra en la selva, construidos a lo largo de varias generaciones y esas, sí, ruinas circulares. No es casual, que Jaco, nuestro guía, use una remera con la imagen de Borges, quién lo hubiera dicho. Como tampoco es casual que sea sordomudo y que sea el único de los que por esos senderos andamos, que se comunique con los Koguis mediante gestos graciosos que dejan en evidencia la torpe necesidad de nuestra palabra inventada. En lo fronda aúlla, invisible, un simio que por el resonar de sus portentosos graves, debe ser de gran tamaño. Nos sentimos solos y minúsculos frente a ese grito. Tampoco podemos preguntarle a Jaco, que no oye, ni a los dueños del lugar que se retiraron al barranco para ignorarnos, dejando atrás a sus mujeres, que nos dan la espalda.
         Los Koguis tienen una sublime interpretación del mundo: Ponen a uno de ellos a vendernos artesanías y gaseosas frías en un quiosco de paja. Él espera, tendido en su hamaca, vestido con el típico atuendo uniforme, que consiste en una camisola de hilo fresco y blanco y unos pantalones amplios, también blancos. Los adultos mayores usan un bonete y todos, del primero al último, mascan coca que extraen de un cuenco en el que la maceran con un palito y calcio de concha de mar. A ese conjunto lo llaman poporo. Cuando con Daniel y Diana examinamos las cosas que venden, nos damos cuenta de que son artesanías compradas en alguna parte, que no las hacen ellos y que ese acto de la venta, es un acto individual del muchacho que tenemos en frente y que sólo está allí para que nos volvamos, de una vez por todas, a nuestros aviones, satisfechos de haber jugado nuestro juego de comprar y consumir lo que no necesitamos ni significa nada. Imagino que usarán ese dinero para encender los fuegos que nuestra mirada intrusa divisa en la penumbra fresca de las casas circulares. O no. Ya sé que no. Pero a quién le importa.
Pueblito cumple la función de mostrar y no mostrar. De, abriéndose ante la mirada gringa, darnos la espalda. No nos olvidemos que los Koguis han logrado sobrevivir, en Sierra Nevada, a toda invasión europeizante. Y allí están, orondos de su triunfo ante nosotros que sudados y fuera de nuestro elemento, andamos tras los pasos de nuestro guía sordomudo para no perdernos.

Prefieren ignorarnos. Tal vez tengan problemas de supervivencia. Tal vez ellos sean su propio problema que es, lo que al fin y al cabo, le sucede a cualquier habitante del planeta. De hecho Diana dice que ahora andan por la ciudad. (Es cierto, los he visto, vestidos de blanco, desconfiados como animalitos tímidos.) Y que algunos hasta son abogados y esas cosas. Me imagino que ya habrá empezado la explotación del Kogui por el Kogui mismo. Diana también dice que lo que hace a un Kogui, Kogui, es creer en la sacralidad de las piedr
as de las Sierras Nevadas, en Tayrona y no a la inversa.
Ya quisiera yo gozar de su parsimonia. Vivir mi ancianidad arriba, en esas construcciones circulares bajo las cuales estén enterrados mis muertos. Efectuar los pagamentos para mantener el equilibrio del mundo que nos regala el maíz y el agua dulce y la coca. Y que no nos coma el jaguar que es nuestro hermano, porque Kogui significa jaguar.
Ya quisiera yo el agua fresca de los cocos y así todos los días porque al fin y al cabo sólo somos eso: naturaleza. Calcio, potasio, hoja de coca. Aquello en lo que creemos, es lo que nos hace lo que somos, según Diana. O somos lo que somos debido a aquello que creemos. De todos modos basta con ver nuestras ciudades y comparar, para saber que el resultado es estar presos de nuestra inventada selva, en una cosmogonía sórdida, sin sentido.

sábado, 4 de julio de 2015

Dados los hechos de público conocimiento y en solidaridad con el amigo de apellido armenio y bigotes a lo Dalí, me permito escribir lo siguiente:


El Aleph adelgazado

                            A María K y su irresistible sensualidad.

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó ni un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, note que nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo los rasgos de Beatriz. 




nota: imegen tomada de www El Galeón .com texto tomado de El Aleph de Borges cuyos derechos son de la kodama, por supuesto. Mio no hay nada, por lo que podré morir liviano. Gracias.







domingo, 28 de junio de 2015

El Orden Alfabético

Día de lluvia. Ya sé, no me critiquen, lo usé para ordenar mi desquiciada biblioteca por orden alfabético. Sucede que no bien comencé, me dio una ansiosa curiosidad por saber al lado de quién iba a quedar tanto mi libro como el de algunos amigos. Tuve miedo, hay algo de nicho en esto de los estantes; la inmortalidad que tanto perseguimos pero, ¿al lado de quién?

Estos son los resultados: Borges hombro a hombro con Bolaños, vaya mezcla. La suave Carolina Bruck entre Brizuela y Bukowski, ¿cómo se llevará con ellos? Jorge Consiglio y Cortázar. Habrá que verlos o mejor dicho, oírlos. A mi libro no le fue tan mal, quedó entre los Garcías Lorca y  Márquez y las cartas a Teo, de Paul Gauguin; ahí cerquita también del amigo Daniel Gigena que tuvo la suerte de terminar pegado a Girondo. Mi adorada Mónica Sifrim, al lado de Marcel Schwob. Debo confesar, por último, que hice algo de trampa; como no podía, de ninguna manera, soportar que Saccomano quedara al lado de Saer, bajé de estante a mi admirado santafesino dejando algunos lugares libres en el anaquel junto al primero. Cosas del orden, supongo. 


domingo, 7 de junio de 2015

Rumbo al matadero

Mi casa, se ve, queda cerca de un frigorífico en el que faenan animales. Muchas veces, los jueves sobre todo, veo pasar los camiones jaulas que transportan vacas. Van cansadas, se tropiezan y, atontadas, mueven sus ojos y orejas tratando de ajustarse al nuevo entorno que, parece, no ceja de cambiar. No saben que en un rato van a morir; que las van a atontar con un golpe en la cabeza y que las van a degollar. La cuestión me deja mal parado ante mí mismo. Es fácil echarle la culpa a la cultura del hombre carnívoro.  Uso cuero también, en mis zapatos. Si el león pudiera nos comería y blá, blá.
Cristina trabajaba en una casa de familia, en el country donde trabajo (los de España nunca saben qué carajos es un country o barrio cerrado. Calculo que ahora, con la crisis, deben estar aprendiéndolo.) Un día me contó que en su barrio, el Jagüel, aparecieron dos vaquitas que, ella decía, debían de haberse escapado del frigorífico hacia el que veo que pasan los camiones. Las encerraron en el patio y como siempre pasa, hubo quien dijo conocer a aquellos que sabían faenar animales.
Vinieron dos. Negociaron matarlas, cuerearlas y trozarlas a cambio del cincuenta por ciento de la carne. Cristina dijo que sí. Fue un acontecimiento en el barrio. Los dos tipos no eran muy duchos, parece que hicieron desastres. Cristina dijo que limpiar el patio de sangre le llevó días y quitar el olor, meses. Le parecía, al momento del relato, que todavía lo tenía metido en las narices.
Todo el que quiso se llevó un pedazo. Ella guardó carne en el freezer.
Era la crisis del 2001 fue lo que me dije para darle una estúpida explicación política al asunto.



miércoles, 20 de mayo de 2015

La espera


La espera


Se trata de una de esas panaderías con bar, en una calle anodina de Monte Grande. No bien entro observo que sólo una mesa está ocupada: cuatro personas, dos parejas mayores, de más o menos mi edad. La moza me saluda con los ojos; me conoce de otras veces. Es joven y es linda, con los dedos rosados de tanto lavar tazas y copas tras la máquina de café. En el ambiente contiguo, el de la panadería, el dueño es el cajero, un tatuado grandote que parece más un luchador de catch que un panadero; también alza las cejas a modo de saludo. Elijo una mesa simple, junto a la ventana procurando dar la espalda a las dos parejas del fondo a quienes no juzgo interesantes de observar. El reloj de la pared dice que todavía faltan 40 minutos para que vaya a buscar a quien debo ir a buscar. Pido un cortado en jarro y dos media lunas. La chica me las trae, tiene los ojos negros, grandes. El libro son los cuentos completos de J. J. Saer. Empiezo con uno al azar. Me cuesta concentrarme. Detrás mío ha entrado un tipo que se sienta a tres o cuatro mesas hacia el lado del salón de la panadería. Las mesas ocupadas, en ese tablero que conforman las demás, las que están vacías, son tres: forman un arco quebrado cuyo vértice es mi lugar. Controlo la conversación de las dos parejas de atrás. Hablan giladas que no me interesan. Las manos lavadas de la moza me traen el café y las dos media lunas que, la verdad, están medio crudas por dentro. Saer habla de un tipo que recibió un paquete desde Buenos Aires para Atilio, su patrón. (En el próximo cuento, lo sabré, Atilio es el dueño de un prostíbulo.) Entran juntas una chica y una señora mayor. El hecho de que hayan entrado juntas no implica que vengan juntas. Los zapatos de la chica son horribles. Unos mocasines bordó-morados,  con una cadena símil oro. Tiene un culo gordo, enorme, y el pelo largo y enredado, cargado de estática. Se sienta junto al tipo, que debe ser su padre. Me la imagino estudiante avanzada, de abogacía. Hablan en una voz tan queda que no puedo entender lo que se dicen. La radio está puesta en alguna estación de música melódica en inglés. Un verdadero asco. Supongo que las cucarachas y alguna que otra laucha estarán en sus escondrijos esperando salir cuando haya silencio, para comer el pan de los estantes, los arrollados de dulce de leche, las migas en el suelo. Supongo que la misma ausencia de música consistirá en algo así como en la señal de que el local está vacío. La señora mayor, en cambio, busca una mesa delante de la mía y me da la espalda. Cuelga la cartera del respaldo del asiento y pone con cuidado el tapadito encima. Tiene un peinado hecho a base de fijador. Me acuerdo de la peluquería a la que iba mi madre; el fijador era marca París, negro y dorado, el envase: tenía una torre Eiffel dibujada. La vieja pide un jugo de pomelo. La bella moza le pregunta si quiere rosado o amarillo. La señora elige del amarillo. Yo pienso que se trata de una cuestión  de colorantes, nomás. Vuelvo a Saer. (En el paquete que llegó de Buenos Aires, Atilio se había mandado traer una ametralladora. Todo el pueblo, supongo que Serodino, desfila para verla envidiando cómo el tipo en la trastienda la manipula. Me gusta que dice que “era la hora en la que el proceso de la noche aún no se iniciaba”.) Entra una pareja, ahora. Se sientan alejados. El tipo no la mira. Mira a los costados. Me mira a mí, que lo estoy mirando.  Los ojos de la mujer, en cambio, es como si estuvieran caídos hacia sus manos apoyadas en la mesa. Esa pareja está acabada, pienso. Ella controla sus uñas o lo que sea. Arrugas denotan el paso de los años. Los cincuenta y largos no perdonan. Se quedan en silencio. No se miran. El tiempo, que consiste en algo así como una bruma espesa, se dobla y pasa acelerado entre ellos dos, como si fuera el agua en el angostamiento de una cañería. Estamos todos porque no entrará más gente. La chica desgreñada tampoco habla con su padre. Se quedan mirando a los costados. Y la vieja pintarrajeada de pelo de paja del jugo de pomelo y yo, obviamente, también callamos como calla la pareja que pone las manos en la mesa, las palmas hacia abajo, a la espera de sus cafés, de sus medias lunas o lo que hayan pedido. La música. La espera de todos. La espera a que algo pase, o a que se haga una hora en la que tengamos que acabar con esa pausa, como el acorde de alguna partitura que se ha escrito colectivamente entre todos los que estamos en el bar. La gente que entra a comprar su pan nos atraviesa. Salen sin darse cuenta de que son ajenos a la representación inmóvil. Llevan sus sandwichitos de miga, sus facturas, sus paquetes. El segundo cuento de Saer trata de un tipo que quiere irse a vivir con una de las putas del prostíbulo. (Ella se llama Blanca. Le habla al tal Atilio que lo deja, tras unos rodeos de matón, llevársela. Los ve partir al trasluz de una ventana cuajada de llovizna. Se detienen un instante a cerrar la valijita que es la misma valija de cartón con la que ella llegó al prostíbulo hace unos meses, cuando el tal Atilio la compró. Al poco tiempo ella tendrá tuberculosis y el tipo que pidió llevarla, la abandona. Blanca muere. El tipo va al entierro.) Hora de salir. Llamo a la moza linda, le pago los treinta que me pide más diez de propina. La vieja de adelante, también alza su billete. Mi auto. La radio en mi auto. El olor todavía de los tapizados nuevos. Mi hija que sube. Y dice que la psicóloga la ayuda a vencer el miedo de hablar conmigo. Me dice de una fiesta el viernes por la noche. Que todos los compañeros de colegio van a ir. Me pregunta si la dejo. Le digo que no. Después callamos. El auto, como el bar, es otro módulo de silencio, otra burbuja en el agua espesa del tiempo que transita a la espera esta vez, de llegar a casa. Callamos como antes callaban los otros. Inmiscuidos en nuestra hosquedad repulsiva. En casa cierra de un portazo y se va a su pieza. Laura me pregunta, con algo de resignación que qué ha pasado esta vez. Me sirvo un ron con coca cola. Un ron cubano que me regaló Daniel. Miro la tele sin ver. Laura ayuda a Jordi con la tarea del colegio mientras se hacen las milanesas al horno. Ahora lo que espero es la comida. 

lunes, 2 de febrero de 2015

Salsa o Chimi, Capítulo 8 de 13 y un epílogo.

La dos de la mañana de ese mismo día. Herbert y sus benditos planes.

A todo esto el alemán Herbert anda en su Corsa, surcando la noche. No es, en realidad, que haya estado pergeñando cosas. Simplemente los hechos que suceden, o sus pulsiones tal vez, van modificando su rumbo. Tampoco es que sea un tipo infiel que, sistemáticamente, se dedique a engañar a, su esposa. Contadas veces ha sucedido. Es que desde que ha dejado el trabajo en el peladero Cresta Roja, bah, dejado es un modo de decir, porque siete mil dólares escondidos en una bolsa negra detrás de la mochila plástica del depósito del baño no es una suma como para decir me salvo para toda la cosecha pero ayudan, por ejemplo, para cambiar el auto porque a eso se dedica Herbert hoy día, a conducir su Corsa azul como remis. Pero bien, entonces ¿no?, lo del engaño, no es que sea en sí premeditado pero lo del despido y el estrés que provoca la falta de trabajo en un tipo que, además, tiene a la mujer embarazada y también eso, justamente, Romina estos últimos meses, está muy gorda y pensando todo el día en el bebé, entonces bueno, uno no es de palo y menos ahora que ha ido, Herbert ¿no?, a buscar en el remis, al bingo de Monte Grande a una chica rubia que le pide que la lleve para el barrio de Montana. Se trata de una, joven, que no llega a los treinta años, muy pechugona – y eso es lo que un poco pierde a Herbert- y sin contar con que viene un poco achispada; el alemán enseguida se da cuenta o deduce que tal vez sea por el champán que regalan en la sala de juego. Y ella es charlatana. Enseguida le da confianza y le habla y le sonríe –tiene los labios gruesos, con rouge, sensuales- y le tira palos, como habitualmente se dice porque a las cinco cuadras, nomás le cuenta que ella siempre sale sola, y a escondidas, porque el marido trabaja todas las noches, toda la noche y que duerme de día por lo que, bueno, dice con una sonrisita, la rubia -teñida es cierto, pero rubia al fin, porque si vamos al color original del pelo ¿no?, más de la mitad de las personas de este mundo sería canosa- una se siente sola y se las rebusca para divertirse, como puede. Y a mí el bingo me puede. Después le dice a Herbert que tiene lindos ojos lo que es cierto, porque son de un color celeste claro que brillan en la noche y contrastan con el cabello oscuro del alemán que lleva abrillantado, parece húmedo, con gel y sumado a la barba de dos o tres días y a la camisa blanca, bueno, le dan aspecto de esos galanes de las telenovela que Teresa, porque la mujer no es otra que Teresa, de más está decirlo, ve por las siestas y sueña, vamos, porque no hay nadie en este mundo que no sueñe cuando puede hacerlo. Solo los muertos no sueñan, decía mi abuela aunque tal vez la muerte sea eso, sueños; porque por ahí, ¿no? todo esto no exista y seamos sueños, nosotros, los habitantes del mundo. Sueños de tipos muertos, que nos sueñan. Pero no tiene sentido, o por lo menos ahora, hablar de eso.
No. Lo que Teresa no dice es que su marido es un policía, un violento de mierda, un verdadero hijo de puta que le pega, a veces. No, no se lo dice. De habérselo dicho el alemán se lo hubiera pensado un poco antes de lanzarse a la aventura. Pero él va, como un jilguerito rumbo a la trampera porque hay una jilguera que canta, encerrada y triste en el compartimento de abajo de la jaula. Inocente Herbert dice: Pero ¿en serio? No puedo creer que una chica tan linda como vos y no por lo linda que sos físicamente, digo, sino que tu aura o lo que vos transmitís de tu interior es que sos un ser puro, lleno de luz. ¿y en serio me lo decís? pregunta ella dentro de esa cápsula del tiempo intergaláctica que parece el Corsa Azul atravesando el universo, hundido, tal vez cegado por la densa nube de las hormonas sensuales, en las cada vez más oscuras calles porque Herbert conoce un lugar, entre los árboles, al costado de la autopista y sí claro, dice dándose vuelta y mirando atrás. Entonces ella se compunge y le cuenta que se siente sola, muy sola. Que a veces está triste. Y es como si sollozara y la curva de su pecho, esas tetas enormes, que parecen duras y lo son, tan suaves, porque ya Herbert se ha detenido y está en el asiento de atrás y se están besando, los dos, apasionadamente urgidos porque por qué no permitirse soñar. Y se acarician y sienten las palpitaciones tibias de ambos pechos y, entre sonrisas plácidas, sienten la picazón que provoca el saber que lo que están haciendo está prohibido y con el agregado de saber, Teresa, cómo se pone su marido si se entera. Herbert le desprende la camisa y queda expuesta, a la luz azul de la luna, la piel suave y brillosa de los hombros; y le dice cosas dulces y soeces al oído mientras le aparta el corpiño y de rodillas, él, desprende su cinturón ofreciendo, enhiesto, su pene, para bueno, el seribín o la fellatio o como quieran que la gente llame a ese acto.
Todos saben lo incómodo que es el asiento trasero de un Chevrolet Corsa. Es duro y pequeño. En busca de lograr la posición adecuada, Herbert, ni se entera de que la Toyota policial se ha detenido, ni de que la puerta se abrió a sus espaldas, ni de que una mano, adornada con un único anillo, cuadrado y de plata, lo toma de los pelos y lo jala hacia afuera. El cabo Almirón es un tipo de pocas palabras. Inmediatamente se pone a pegar. Teresa ha descendido del vehículo y mal componiendo su vestimenta, implora de rodillas que no, Almirón, por favor no lo hagas y siente que las cosas, esta vez, se le han ido un poco demasiado de las manos. El resto de la historia se conoce. La atención de Almirón cuando termina con el tipo, se vuelca sobre ella, Teresa, y la imagen concluye con Herbert tendido en el suelo, bañado en su sangre y en la luz azul, no de la luna, sino de la patrulla que se aleja.


miércoles, 28 de enero de 2015

Salsa o Chimi, Capítulo 7 de 13 (y un epílogo)

Las 12 de la noche anteriores al suceso. El Chicho, el Colo y los hermanos del Chicho.

El Colo aplaude afuera. Están viendo, adentro, la tele. Son dos los hermanos del Chicho. Viven de la transa y saben que los polis los siguen. Chicho está detenido, privado de su libertad, por infracción a la ley de estupefacientes. Quién es preguntan desde adentro, se sabe, con un arma en la mano. Yo, el Colo, responde él. Lo dejan pasar, siempre con la bolsita de su ropa, que no es mucha porque bueno, los otros días, Marcia creyendo que la había dejado por alguna otra, se la había quemado en el fondo de su casa. Había hecho una fogata con sus zapatillas, unas Ribok y las remeras y para encenderla había usado el alcohol de su perfume. Desgraciada hija de puta, piensa el Colo pero bueno, pasó que había desaparecido unos días porque los polis se lo habían llevado detenido la noche de los saqueos. Pero eso no es lo importante ahora. Lo importante es que el Colo entra, acepta un vaso de Fernet y pregunta por el Chicho, entonces, en gayola. Y están en eso, los hermanos, porque así como se expanden las colonias de bacterias en el ámbito caliente del taper de Danilo, se ha esparcido, subrepticiamente, como una lectura entre líneas, la noticia de la indemnización de Herbert hasta la otra punta del barrio, un barrio marginal, de casas precarias y sin servicio cloacal. Parece ser que el que dio la voz fue el mismo Estevanez, el abogado. Este comparte, para bajar los gastos, el alquiler de su bufet en la avenida Fair, con otro abogado, un penalista de apellido Rojas y este último es el que entra y sale de la cárcel llevando las noticias. Porque no se sabe si a sabiendas de Estevanez, o no, Rojas transmite la información de la indemnización de Herbert a los del Servicio Penitenciario quienes son los responsables, es un secreto a voces, del tráfico de drogas dentro del penal. Porque sucede que los proveedores habituales en el penal, son los mismos muchachos detenidos. Entonces, los guardias pagan esa droga con información. Esa misma información específica y virulenta. Es decir, Chicho, a estas horas, está a punto de llamar a Romina, la mujer de Herbert, para decirle que lo tienen secuestrado. A veces funciona. Los diarios los llaman secuestros virtuales. Suceden todo el tiempo. Y se dicen virtuales porque no hay secuestrado. Los detenidos simulan el hecho por teléfono –al principio siempre dicen que se trata de un llamado desde la dependencia policial - y el damnificado ni se entera de que su pariente está indemne. Sólo que del otro lado del teléfono te hablan y te hablan y no te permiten hacer ni una llamada. Te apuran, te dicen que van a matar a tu ser querido. Incluso algún otro, detrás, grita simulando un golpe y uno cree que es su pariente el que sufre y está dispuesto a hacer cualquier cosa para salvarlo. Pobre Romina, la mujer de Herbert, tan embarazada ella, y preocupada por su marido que en realidad se encuentra ajeno a todo, haciendo el turno noche, con su Corsa azul, en una agencia de remises de Monte Grande.

Y mientras tanto el Colo y los hermanos de Chicho esperan el desenlace siniestro de las cosas. Ellos serán los encargados de ir a cobrar el rescate cuando los manipuladores de entre rejas logren conducir a la pobre mujer a un descampado en el que, previamente han chequeado, hay un tocón de un árbol hueco en el que habrá de depositar la bolsa con el dinero.

jueves, 22 de enero de 2015

Salsa o Chimi. Capìtulo 6 de 13 y un epílogo.

Las once y cincuenta am. El taper de Danilo.

Dicen que las bacterias han colonizado el mundo. Dicen que las mitocondrias, organelas responsables de la respiración celular tanto en animales como en plantas, son el resultado de una azarosa simbiosis que se ha perpetuado en cada especie. De hecho estudios científicos realizados por diversas universidades, entre ellas las más prestigiosas del mundo, sobre el ADN mitocondrial, han concluido que es independiente del ADN del núcleo de la célula que las hospeda. La conclusión es que es una asociación ya unificada.

Las bacterias, además, tienen una capacidad adaptativa impresionante. Son capaces de formar colonias que sobreviven en los medios más hostiles. Pongamos por ejemplo ¿no? un medio ácido. Digamos una solución a un 50% por ciento de vinagre. El vinagre es un ácido débil pero no por eso deja de ser un ácido. Allí las bacterias son capaces de sobrevivir y formar una colonia próspera. Una colonia de, pongamos como ejemplo, esterichia. Bacterias que de hecho, son las responsables de algunos cuantos decesos dentro de la población infantil. Bueno, y si a esa solución al 50% de ácido acético –vinagre- le agregamos sal, otro 50% de aceite vegetal y ají picante y pimienta y morrón y orégano y cebollas cortadas chiquititas y las ponemos dentro de un taper, obtenemos una buena salsa criolla. La salsa criolla de, por ejemplo, la parrilla “el 73”, en la colectora de la Ezeiza-Cañuelas. En ese taper, que sería algo así como un universo, y con la conformación espiralada de una galaxia en plena expansión, las esterichia, bueno, prosperan y no, no son culpables de nada de lo que pueda suceder. Lo único que saben hacer es sobrevivir con esa tenacidad adaptativa de cualquier especie en el taper que es el mundo. Se han depositado allí utilizando como vector una mano o un cuchillo mal lavados y simplemente viven, tienen derecho a hacerlo ¿no?, si en definitiva gracias a ellas, por cierto que entre otras, el mundo luce de la forma en que lo conocemos. Y Danilo ha abierto el taper, porque a las once y cincuenta, hora muy cercana a las doce, ya ha empezado a llegar público a su parrilla.

martes, 13 de enero de 2015

Salsa o chmi, Capítulo 4 y Capítulo 5

Sabemos que no es blogueramente
correcto ausentarse tanto tiempo
al medio de una novela
pero las fiestas, los excesos
y esas cosas.
Agradecemos los comentarios
que tanto bien nos hacen
y bueno
aquí van dos capítulos para compensar
y los que se olvidaron de qué va la historia
pueden ir hacia atrás, total son cortos.
Muchas gracias.

10 y 30 de la noche. El Colo, partícipe necesario.
Hoy es su cumpleaños número veintidós: se ha quedado con los vagos, tomando cerveza y charlando. A las diez y media encara para su casa pero se encuentra con que la madre, que debe estar borracha, le ha tirado la ropa afuera. Es sabido: no se puede hablar con ella hasta que no se le pase la resaca. Siempre se la agarra con él porque no trae plata, lo que no es cierto, porque a veces trae, el Colo. Pero para qué entrar en detalles. Mejor irse porque si la madre llega a despertar va a empezar a los gritos. Ni siquiera lo saludó en la mañana, ni tampoco debe haberse enterado de que es su cumpleaños. No sabe ni en qué día vive. El Colo suspira y recoge lo que puede. Se va a ir a lo de Marcia, que es su novia, bah, en realidad su señora aunque no viven juntos, porque con ella tiene una hija. O tuvo una hija pero la cuida la hermana de ella, una lesbiana a la que le dicen la bizca porque bueno, justamente, es bizca. Cuando está llegando en toda la cuadra no hay luz y los vecinos están en las esquinas, haciendo fogatas y piquetes para que nadie merodee por el barrio. A cada uno que llega lo ponen contra la iluminación irregular del fuego para poder verle la cara; el Colo no es la excepción. Alguien lo reconoce y entonces lo dejan pasar rumbo a donde Marcia vive con la madre, que es discapacitada y Maribel, la hermanita de doce, quien quedó embarazada. Pero sus problemas no terminan; cuando llega a la puerta se da cuenta de que en el interior de la vivienda se encuentra la bizca que empieza a los gritos cuando lo reconoce y dice algo de que ahí está el vago, mirá cuándo se digna aparecer. Qué te metés, retruca él, si Marcia no me dice nada, por qué mierda tenés que hablar vos, bizca, le dice. Y claro, nadie le dice bizca en la cara aunque ella sepa que todos la llaman de ese modo. Se pone loca. Lo corre con el Tramontina con que está pelando una cebolla a la luz de una vela –se da cuenta, el Colo, de que se trata de una cebolla por el olor cuando se le viene encima- y esquiva el golpe, justo a tiempo. Pará loca de mierda, qué te pasa. Quién sos vos para tratarme así. Vengo a verla a la Marcia, dice, retrocediendo. Pero no hay modo. Rescatate, Colo se dice a sí mismo. No se puede quedar porque la bizca machorra esa no lo quiere ni ver cerca de su hermana. Pero no de Marcia sino de Maribel. Creen que él la embarazó y nada que ver. El padre debe ser el polaco pero quién se la hace entender a la desgraciada. No hay modo. Debe volver a pasar por los piquetes, el Colo, con la bolsita con su ropa a cuestas. No le queda otra que ir a lo de Chicho, que está preso. Preguntará por él. Ojalá los hermanos, que tienen buena onda, le permitan tirarse en la cama del Chicho, un rato al menos. Lindo modo de terminar su cumpleaños.

Las 10 de la mañana, sí, del mismo día
Entonces eso, Danilo subido al cajoncito de fruta, unas pocas horas antes de que se precipite el futuro en su parrilla, conectando la ristra de luces que indican que está abierto. Baja con cuidado. Igual, que la parrilla está abierta, lo indica el fuego que ha encendido hace un rato dentro del tacho de hierro ennegrecido.

Y vuelve a plantarse frente a, justamente, la parrilla y se pone a esparcir las brasas y a destapar los tapers de chimi o criolla, que bueno, serán de algún modo protagónicos o no justamente ellos sino su composición, pero eso será más adelante, porque entre que Danilo, el rengo, prepara con parsimonia la cuchilla y pasa el trapo por la tabla y enciende la freidora para que se vaya calentando el aceite de las papas, los anteojos del cabo Almirón patrullan la ciudad. Y detrás de los anteojos, el propio Almirón ya no tanto en su función de cabo sino que, si es que las dos cosas pueden escindirse, de persona, piensa que Teresa tal vez sea un poco falta de entendederas, pero qué mierda, lo hace enfurecerse y de qué modo. Es como una nena a veces. No sabe decir que no. Le gusta que se la cojan, solo es eso. Tiene veinticinco y el treinta y seis. Piensa que tal vez el problema se trate de la diferencia de edad, que él llega cansado y sin ganas después de haber pasado la noche entera en el trabajo. Es cierto que le tiene la comida preparada y la ropa limpia. Tal vez la edad lo esté reblandeciendo, piensa Almirón, mirando sus nudillos con pedazos de la piel en carne viva. Otros hubiesen matado primero al gil y luego a ella. Pero no, a las mujeres no les gusta que les peguen. Entonces le dice a Saldaña, al agente Saldaña que va a su lado conduciendo la Toyota que estaría bien hacerse unos tránsitos. Saldaña asiente. Su cerebro traduce la jerga, hacerse unos tránsitos significa ir a un punto de la colectora e interponer los conos naranjas que llevan en la caja de la Toyota y hacer control de tránsito. Registro, seguro, cédula verde y verificación técnica vehicular al día. Cuál de esos cascajos que pululan por la zona, por Dios, puede tener tantos papeles. Entonces Saldaña y más atrás los anteojos del cabo Almirón estudian el registro del pobre incauto que decide –como diría Estevanez, el abogado de Herbert, ¿no?,- que bueno, que una negociación es mejor que pagar la multa y así recaudan unos cuantos cientos y entonces, ¿son las once y media ya? lo que en la jerga, traducida otra vez dentro del cerebro de Saldaña, significa blanco con hielo y chori en lo del rengo para terminar el día y cambiar el turno. A todo esto vienen los de la cuadrícula dieciséis, Bonuomo y Gentile a quienes esta madrugada les tocó hacer un allanamiento. Y cómo va todo, saludan. Control de tránsito, contesta Saldaña y ríen con los ojos escondidos detrás de los anteojos, siempre negros. ¿Vamos del rengo?, pregunta Almirón. Si hay convite… insinúa Gentile señalando con el mentón hacia los conos naranjas interpuestos entre las líneas demarcatorias de los carriles, la casa invita, dice Almirón que siente que el mundo empieza a componerse, porque con amigos se transforma en un lugar más habitable. Y dejan las patrullas, con las balizas encendidas y caminan, lentamente, por el pasto hacia la parrilla que ya está rodeada de cuatro o cinco autos y camionetas utilitarias y algún camioncito de reparto de algo, todos esperando sus porciones, picando, mientras tanto, papas fritas caseras y tomando el vino de la casa. Y Danilo yendo y viniendo entre los tablones que hacen de mesas. Ya los alcanzo avisa Almirón, que se retrasa porque ha decidido llamar a la Tere. Qué querés dice ella cuando atiende, enojada y triste todavía ¿Cómo estás?, le dice. Y ella, silencio. Nada. Me va a costar moverla de sus trece, piensa pero bueno, tal vez un regalito, en un rato voy, avisa, bueno, dice ella y no qué querés comer como cuando está de buenas. Nos vemos y cortan y otra vez las manos con ganas de golpear, como habitualmente se dice, que se ceban solas porque han dejado hecho un guiñapo, al tipo, qué joder, debería haberles dado un tiro, a los dos pero bueno, uno a veces es un poco flojo, se dice. Así son las cosas, en este mundo.