martes, 18 de agosto de 2015

Lo que hay que saber al volar


 La excitación infantil es producida por el sello en el pasaporte. La chica de migraciones está dentro de su pecera (debería decir de emigraciones, pienso). Ella se sonríe cuando le digo, chica de la pecera. El trámite me coloca al otro lado, el borde de un país, en la cornisa. Miro a través del vidrio la reposta de combustible por parte de las empresas de servicios que cargan el avión en la pista. La organización hormiga que implica la actividad aeroportuaria. El asiento por fin, cuando embarcamos, incómodo, tan chiquito para un grandulón. La prueba de los botones; el personal de a bordo y las indicaciones, el carreteo, el silencio religioso de los pasajeros que se aferran y sienten el rigor de la aceleración. Las vibraciones, fuentes de posibles peligros, los sonidos que desconoce el que vuela por primera vez, el movimiento ascendente, repentino silencio y la tarde afuera, las casitas allí abajo, tan pequeñas. Al avión se lo siente flotar: en definitiva el aire es un fluido; luego se inclina y muestra un suelo verde y poblado. Y sigue ascendiendo hasta que de repente obsceno, majestuoso, enorme: el Río de la Plata. El horizonte curvo y otra vez la inclinación de las alas y mi amado Delta: las luces de los barcos y ahora sí, rumbo oeste. Ciudades a cada tanto, la noche, la Cordillera de los Andes, las turbulencias, el abróchense los cinturones. La comida insípida, en una bandejita plástica con gusto artificial y la imposibilidad de comer sin hacer chanchadas en un espacio tan mínimo. Por suerte sirven vino una o dos veces. Dormir. Cambio de avión en Lima. El de seguridad que me pide que me quite el cinturón y la chaqueta. Dice chaqueta: primera, mínima rajadura idiomática ya que lo que llevo es una camperita de algodón y la porteñidad lingüística que me va a acompañar como un asfixiante vestido o un traje de buzo, mejor dicho, de incomunicación porque, ya me lo han dicho, mi argot rioplatense es bastante cerrado y las mismas palabras significan distintas cosas en distintos lugares. O nada; como monedas que uno arrojara, justamente, desde un avión sobre ciudades. Lima en los rasgos japoneses de la chica de la compañía aérea. Bellos ojos gatunos. La espera. La compañía telefónica que me brinda solo diez minutos de wi fi gratuitos dejando en claro que el Perú es un país neo liberal, si supiera San Martín. Distintos cánones de la belleza adaptados, según las publicidades, a los fenotipos locales. La sospecha de una especie de gran hermano transnacional, cosas que a fuerza de costumbre y cotidianeidad se me pasan por alto.
El segundo avión. La organización del embarque. Las prerrogativas de los que viajan en business que se exhiben en la holgura de sus asientos de cuero, a dos filas por lado y no a tres como en la económica, con sus copitas de champán (plásticas, eso sí) en las manos mientras los que embarcamos después, estamos condenados a la sórdida envidia y transitamos como una cuerda de condenados a la clase que va al fondo del avión. Y todo a pesar de la amabilidad de las azafatas con esos peinados tersos y sus trajecitos y boquitas pintadas de dientes tan blancos que nos indican cómo se ajusta la balsa amarilla que hay debajo del asiento y otra vez el traqueteo del despegue, los sonidos raros como de perrito ladrando en la bodega y la cortina que separa las clases sociales que vuelan, los agujeros de los culos de todos apuntando hacia tierra, sentaditos, con i- phones puestos en modo avión y en los jueguitos o libros: novelas amorosas, o best sellers policiales, rara vez literatura.
Y bueno. En Bogotá otra espera y otro avión hasta que Santa Marta y, digamos, el bochorno del calor y, como un paréntesis: las vacaciones. Los amigos, el cariño en la comida que Diana prepara y la risa de Daniel cuando digo nafta en vez de gasolina y estacionamiento en vez de parqueadero. La vuelta, cerrado el parénteis, bien digo, es otro avión, las mismas ciudades traslúcidas tras los vidrios de los aeropuertos, esta vez en el sentido inverso. Bogotá, Lima. Los controles, los cacheos. La vergüenza idiosincrática de soportar la prepotencia de las risas y los vozarrones de mis compatriotas que vienen de Cancún. Las compras ostentosas, los últimos dolaritos transformados en botellas de Bailley´s, en perfumes. Recluido en mi burbuja de silencio los observo apartando apenas  la mirada de los renglones de Saer. Más que observo los escucho. Sigo sus diálogos: los distingo del silencio y de las voces respetuosas con que se hablan entre sí los colombianos, ecuatorianos y peruanos. A algunos argentinos, los que no callan, se los reconoce por el modo en que mascan el chicle, por el grito y la falta de respeto con que expresan su fastidio por la demora de casi una hora en embarcar. La chica de la empresa, con estudiada corrección, indica que hay una conexión con retraso desde Miami de la que deben provenir unos treinta compañeros de nuestro vuelo. Y las voces que se elevan diciendo que se jodan, que los pongan en otro y las risas y a ver quién se destaca por ser el más gracioso de entre todos los tarados, recientes amigos de tour de compras que veré más tarde, ya en Ezeiza, después de otras nuevamente compras de perfumes en el tax free shop, abrazarse y despedirse diciéndose a ver cuándo nos vemos en casa, y comemos carne de verdad, che, y no esa mierda que nos daban. Y dale, que siga, que no se corte. Y llegar por fin a la patria, es decir el abracito de mis chicos, la delicadeza de los labios de Laura, que está tan suave y bella, que ha ido a la peluquería. Y los perros y mi calle todavía de tierra y el cielo arriba, noche que nos envuelve.



10 comentarios:

  1. Interesante crónica.
    ¿Por que llamarán tanto la atención las azafatas, me pregunté leyendo como las describiste? Tal vez no importe la respuesta, pero es un hecho.
    Saludos.

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    1. en otras épocas era una profesión a la que ingresaban las lindas. como hoy ser "modelo". Una risa. Sí llaman la atención.

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  2. Viaje con el relato. Hasta el tedio de algunas cosas que tiene viajar, actividad que amo, y elegí como profesión. Es mas me lleva a pensar que por las conexiones realizadas o viajante por lan o por taca/avianca

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    1. sos una genia, taca-avianca. La pegaste. Espero que, si viajaste, el textito no te haya resultado tedioso. Gracias por pasar.

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  3. Has convertido en ameno relato las rutinas de un viaje en avión. Es lo que tiene ser escritor.
    Por aquí (acá) también decimos "gasolina", sin embargo lo de "parqueadero" no lo había escuchado nunca.
    Un abrazo.

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    1. Debe venir de parking. Calculo. Gracias Chema, tan amable como siempre.

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  4. Ayer le decía a un amigo que extrñao viajar. Estoy como apelmasada (no sé si lo escribí bien, probablemente no). Hace un montón que no sé de vos, pero es siempre un gustaso andar por estos lares. Me gustó la historia, pero recomiendo más chispa. Un romance. Una mascota perdida, no sé. Algo. O será que yo ando aburrida?? en fin. Me gustó saber de vos. Espero respuesta. Me encanta que sigamos escribiendo. Abrazos, muchos.


    Emilie

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    1. Uf, lamento no estar a la altura. Un romance hay al final, creo, cuando el héroe al que le dieron permiso para viajar solito después de tanto tiempo de casado reencuentra a la amada. Je. Gracias Emilie para mi es genial que nos contactemos. Te mando un beso enorme

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  5. Los destinos que uno busca y El Destino que se encuentra
    Lindo el final feliz
    Abrazo!

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    1. Qué bueno lo que decís. Es cierto. En literatura no me gustan las novelas con finales contundentes. Me gustan las que no terminan, provocan seguir el curso de las cosas, en la mente de cada uno.
      Y si son felices,
      mejor. Gracias, Corina. Vos sos una necesidad, a esta altura de las cosas-

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