jueves, 6 de agosto de 2015

No pictures plis

Los Koguis del Parque Nacional Tayrona, en Santa Marta, Colombia, no quieren que les saquen fotos; ni a ellos ni a sus casas. Es decir: son tipos que no acceden a hacer las monerías de nativos que pretenden (pretendemos) los turistas. Son ariscos, tímidos y orgullosos. A mí no me engañan: los habitantes de Pueblito, en el Parque, son una avanzada de veinte o treinta que tienen encartada, como se dice en el Caribe, la función de frenar a tanto francés y gringo maloliente y maleducado que asoma sus narices en donde no se lo permiten. Porque basta con que ellos crucen ramas en un sendero para impedir el paso, que lo primero que se nos viene a la gana es cruzarlo a ver qué hay del otro lado. Y del otro lado hay piedras, sólo que son sagradas. Ese es el punto. No le suman a la sacralidad, nuestras pictures, ni las escupidas ni las meadas ni nada de la resaca de nuestra presencia sudada de cerveza a montas de unos caballitos que Jaco alquila a la entrada de Cabo San Juan, sobre la costa. Hablan, no sé si todos, el español con delicadeza pero sin ninguna gana de confraternizar. Hay más de ellos en otras terrazas más arriba. Iguales a Pueblito en sus raras, hermosas simetrías. De vuelta ya en Buenos Aires, entre el frío, la lluvia y el desorden del tráfico y el modo con que me gano la vida, pienso que ojalá nuestras ciudades fueran así de mágicas, con senderos de piedra en la selva, construidos a lo largo de varias generaciones y esas, sí, ruinas circulares. No es casual, que Jaco, nuestro guía, use una remera con la imagen de Borges, quién lo hubiera dicho. Como tampoco es casual que sea sordomudo y que sea el único de los que por esos senderos andamos, que se comunique con los Koguis mediante gestos graciosos que dejan en evidencia la torpe necesidad de nuestra palabra inventada. En lo fronda aúlla, invisible, un simio que por el resonar de sus portentosos graves, debe ser de gran tamaño. Nos sentimos solos y minúsculos frente a ese grito. Tampoco podemos preguntarle a Jaco, que no oye, ni a los dueños del lugar que se retiraron al barranco para ignorarnos, dejando atrás a sus mujeres, que nos dan la espalda.
         Los Koguis tienen una sublime interpretación del mundo: Ponen a uno de ellos a vendernos artesanías y gaseosas frías en un quiosco de paja. Él espera, tendido en su hamaca, vestido con el típico atuendo uniforme, que consiste en una camisola de hilo fresco y blanco y unos pantalones amplios, también blancos. Los adultos mayores usan un bonete y todos, del primero al último, mascan coca que extraen de un cuenco en el que la maceran con un palito y calcio de concha de mar. A ese conjunto lo llaman poporo. Cuando con Daniel y Diana examinamos las cosas que venden, nos damos cuenta de que son artesanías compradas en alguna parte, que no las hacen ellos y que ese acto de la venta, es un acto individual del muchacho que tenemos en frente y que sólo está allí para que nos volvamos, de una vez por todas, a nuestros aviones, satisfechos de haber jugado nuestro juego de comprar y consumir lo que no necesitamos ni significa nada. Imagino que usarán ese dinero para encender los fuegos que nuestra mirada intrusa divisa en la penumbra fresca de las casas circulares. O no. Ya sé que no. Pero a quién le importa.
Pueblito cumple la función de mostrar y no mostrar. De, abriéndose ante la mirada gringa, darnos la espalda. No nos olvidemos que los Koguis han logrado sobrevivir, en Sierra Nevada, a toda invasión europeizante. Y allí están, orondos de su triunfo ante nosotros que sudados y fuera de nuestro elemento, andamos tras los pasos de nuestro guía sordomudo para no perdernos.

Prefieren ignorarnos. Tal vez tengan problemas de supervivencia. Tal vez ellos sean su propio problema que es, lo que al fin y al cabo, le sucede a cualquier habitante del planeta. De hecho Diana dice que ahora andan por la ciudad. (Es cierto, los he visto, vestidos de blanco, desconfiados como animalitos tímidos.) Y que algunos hasta son abogados y esas cosas. Me imagino que ya habrá empezado la explotación del Kogui por el Kogui mismo. Diana también dice que lo que hace a un Kogui, Kogui, es creer en la sacralidad de las piedr
as de las Sierras Nevadas, en Tayrona y no a la inversa.
Ya quisiera yo gozar de su parsimonia. Vivir mi ancianidad arriba, en esas construcciones circulares bajo las cuales estén enterrados mis muertos. Efectuar los pagamentos para mantener el equilibrio del mundo que nos regala el maíz y el agua dulce y la coca. Y que no nos coma el jaguar que es nuestro hermano, porque Kogui significa jaguar.
Ya quisiera yo el agua fresca de los cocos y así todos los días porque al fin y al cabo sólo somos eso: naturaleza. Calcio, potasio, hoja de coca. Aquello en lo que creemos, es lo que nos hace lo que somos, según Diana. O somos lo que somos debido a aquello que creemos. De todos modos basta con ver nuestras ciudades y comparar, para saber que el resultado es estar presos de nuestra inventada selva, en una cosmogonía sórdida, sin sentido.

3 comentarios:

  1. Vamos p'allá, pero para quedarnos. Si nos hacen un hueco, que va a ser que no.
    Un abrazo.

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    1. yo lo pensaba. ¿Me recibirán? Son tipos sabios, mirá videos en youtube, ellos son los garantes de que el mundo no pierda totalmente su equilibrio. Gracias por pasarte, mac.

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  2. Justisima descripcion de nuestra llagada a Pueblito, después de subir una colina larga a lomo de caballo (Jaco a lomo de sus botas de caucho y de su sordera), en donde todo visitante es ignorado con una elegante cortesia. Gracias !

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