sábado, 5 de septiembre de 2015



La práctica de la caridad cristiana

En casa no recibíamos regalos de Navidad; papá decía que eso era algo inventado por los comerciantes y que Cristo mismo había echado a los fariseos del templo a los cinturonazos limpios. Papá tenía la manía de “actualizar” su versión del evangelio para que nosotros lo entendiéramos mejor. Por ejemplo, para él, Cristo hablaba a los apóstoles tomando mate; o cuando se metía en el río con Juan el Bautista, usaba un short de baño.
Estaba convencido de que el espíritu navideño era “otra cosa”: significaba la alegría del nacimiento del niño Dios, por supuesto, pero también un día especial en el que, cada año, teníamos que poner a prueba nuestra fe cristiana. Y en función a eso era que a la llegada de diciembre nos organizábamos. Se trataba, ni más ni menos, de una cacería. Mis hermanas y yo, entonces, éramos los encargados de hacer las tareas de inteligencia previas a la operación. En aquella época no había tanta gente viviendo en la calle como hay ahora que se ven familias enteras bajo los puentes de la capital. No. Los pobres eran unos pocos locos que vagaban por el barrio mendigando su comida. De hecho alrededor de algunos se tejían vagas leyendas: por ejemplo había un barbudo del que mis amigos me dijeron un día que era doctor. No sé si en derecho o medicina pero sí que era un erudito que había estudiado y estudiado y que un día le había dado algo así como un surmenage por lo que se había largado a las calles. El tipo era alto, de ojos claros y a mí me hubiera gustado conocer su historia. Pero no. Papá no quería. También se decía de ese tipo que había perdido a la mujer y a los hijos en un enfrentamiento subversivo. Ese, por las dudas, que se vaya con las locas de la plaza, decía mi viejo con esa sonrisa rara que ponía a veces. Entonces, para practicar esa caridad cristiana que dice que el que tiene dos túnicas debe darle una al que no tiene ninguna, terminábamos eligiendo a un mendigo; generalmente se trataba de alguno de los que acampaban a la vera del río o de los que se refugiaban en la estación abandonada, la que ahora es la estación Borges del Tren de la Costa. El punto es que entonces –papá se hacía acompañar por mamá porque él metía un poco de miedo, tan alto y acostumbrado a la voz de mando- para convencer al que habíamos elegido. La idea era hacer que se viniera a casa. Para eso le pedíamos prestada la camioneta del campo al Tío Henry, bah, Enrique. Metían las cosas del vago y al vago en la parte trasera, porque esta gente siempre hiede, y lo traían. Papá mismo, con palangana, jabón blanco y la manguera, se dedicaba al aseo y al baño del necesitado. Con la tijera grande le cortaba las crenchas y después, lo “tusaba”, él decía, con una maquinita de cortar cabello. Por último, lo obligaba a bañarse en la ducha que había a la salida de la pileta, -teníamos orden de no espiar la desnudez escuálida del tipo y nos daba asco, incluso, la posibilidad de andar descalzos por ahí aunque Ramona se hubiera ocupado de trapear todo con lavandina-. Esa misma noche, el resultado, era que teníamos por fin al invitado a nuestra mesa. Había que verlo: quedaba irreconocible así rapado, con un traje bueno de papá, tan impecable que parecía un ejecutivo del Bank of Boston. Comía con hambre y miedo. Nosotros no nos atrevíamos a decir palabra. Eso era la Navidad. Más tarde lo llevábamos de vuelta a sus cartones y sus plásticos bajo su árbol, alejado de todo. Papá le daba unos pesos, antes, ropa y una caja con pan dulce y unas latas de comida.

Al día siguiente nos ocupábamos de las prendas del tipo que habían quedado, hechas un bollo, al costado de la pile. Las levantábamos con unos palos, porque estaban llenas de bichos que podían contaminar, para terminar echándolas a una hoguera. Listo: fin de la Navidad. Después sobrevendría nuestra vida normal, nuestro año de todos los años. Ese era, sencillamente, el regalo que papá nos hacía: la experiencia de practicar la caridad bien entendida, que empieza por casa.

8 comentarios:

  1. Es una Navidad mucho más razonable que la que solemos vivir.
    Un abrazo.

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  2. ¿De vedad te crees q escribiendo estas cosas van a traerte algo los Reyes? pues no! ea! jaja pero qué REbien escribes y qué pena de caridad cristiana esta de tu padre... ¿ a él nunca le tirasteis a la pileta en Navidad? .. vale! ya sé q jamás me invitaría a su cena de Nochebuena... pero yo sí a ti y a los tuyos... ¿cuatro más a cenar verdad?;)

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  3. la verdad, no me animo a decir lo que pienso. Supongamos que el protagonista del cuento es realmente usted (podría no serlo), salió demasiada buena persona, le juro

    un beso

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  5. Um... me gusta, si.. me gusta este texto...
    Una palabra seguida por otra palabra y por otra, dibujan una ventana a través de la cual se adivina una silueta... es un niño frágil.
    Y ese papá que derrite y congela, me gusto leer esto.

    Besos superhéroe jubilado
    :*

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  6. Lección aprendida. Aplausos de pie a tu señor padre. Pocos enseñan a sus hijos con la práctica.


    Beso

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  7. Es realmente valiente, al menos hoy en día. Por que una cosa es dar. Y otra muy muy distinta es incluir.... Cuanto más valioso....

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  8. Sean cortos o largos, reales o no, quién lo sabe, tus textos enganchan.
    Un abrazo, Fernando.
    HD

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