miércoles, 20 de mayo de 2015

La espera


La espera


Se trata de una de esas panaderías con bar, en una calle anodina de Monte Grande. No bien entro observo que sólo una mesa está ocupada: cuatro personas, dos parejas mayores, de más o menos mi edad. La moza me saluda con los ojos; me conoce de otras veces. Es joven y es linda, con los dedos rosados de tanto lavar tazas y copas tras la máquina de café. En el ambiente contiguo, el de la panadería, el dueño es el cajero, un tatuado grandote que parece más un luchador de catch que un panadero; también alza las cejas a modo de saludo. Elijo una mesa simple, junto a la ventana procurando dar la espalda a las dos parejas del fondo a quienes no juzgo interesantes de observar. El reloj de la pared dice que todavía faltan 40 minutos para que vaya a buscar a quien debo ir a buscar. Pido un cortado en jarro y dos media lunas. La chica me las trae, tiene los ojos negros, grandes. El libro son los cuentos completos de J. J. Saer. Empiezo con uno al azar. Me cuesta concentrarme. Detrás mío ha entrado un tipo que se sienta a tres o cuatro mesas hacia el lado del salón de la panadería. Las mesas ocupadas, en ese tablero que conforman las demás, las que están vacías, son tres: forman un arco quebrado cuyo vértice es mi lugar. Controlo la conversación de las dos parejas de atrás. Hablan giladas que no me interesan. Las manos lavadas de la moza me traen el café y las dos media lunas que, la verdad, están medio crudas por dentro. Saer habla de un tipo que recibió un paquete desde Buenos Aires para Atilio, su patrón. (En el próximo cuento, lo sabré, Atilio es el dueño de un prostíbulo.) Entran juntas una chica y una señora mayor. El hecho de que hayan entrado juntas no implica que vengan juntas. Los zapatos de la chica son horribles. Unos mocasines bordó-morados,  con una cadena símil oro. Tiene un culo gordo, enorme, y el pelo largo y enredado, cargado de estática. Se sienta junto al tipo, que debe ser su padre. Me la imagino estudiante avanzada, de abogacía. Hablan en una voz tan queda que no puedo entender lo que se dicen. La radio está puesta en alguna estación de música melódica en inglés. Un verdadero asco. Supongo que las cucarachas y alguna que otra laucha estarán en sus escondrijos esperando salir cuando haya silencio, para comer el pan de los estantes, los arrollados de dulce de leche, las migas en el suelo. Supongo que la misma ausencia de música consistirá en algo así como en la señal de que el local está vacío. La señora mayor, en cambio, busca una mesa delante de la mía y me da la espalda. Cuelga la cartera del respaldo del asiento y pone con cuidado el tapadito encima. Tiene un peinado hecho a base de fijador. Me acuerdo de la peluquería a la que iba mi madre; el fijador era marca París, negro y dorado, el envase: tenía una torre Eiffel dibujada. La vieja pide un jugo de pomelo. La bella moza le pregunta si quiere rosado o amarillo. La señora elige del amarillo. Yo pienso que se trata de una cuestión  de colorantes, nomás. Vuelvo a Saer. (En el paquete que llegó de Buenos Aires, Atilio se había mandado traer una ametralladora. Todo el pueblo, supongo que Serodino, desfila para verla envidiando cómo el tipo en la trastienda la manipula. Me gusta que dice que “era la hora en la que el proceso de la noche aún no se iniciaba”.) Entra una pareja, ahora. Se sientan alejados. El tipo no la mira. Mira a los costados. Me mira a mí, que lo estoy mirando.  Los ojos de la mujer, en cambio, es como si estuvieran caídos hacia sus manos apoyadas en la mesa. Esa pareja está acabada, pienso. Ella controla sus uñas o lo que sea. Arrugas denotan el paso de los años. Los cincuenta y largos no perdonan. Se quedan en silencio. No se miran. El tiempo, que consiste en algo así como una bruma espesa, se dobla y pasa acelerado entre ellos dos, como si fuera el agua en el angostamiento de una cañería. Estamos todos porque no entrará más gente. La chica desgreñada tampoco habla con su padre. Se quedan mirando a los costados. Y la vieja pintarrajeada de pelo de paja del jugo de pomelo y yo, obviamente, también callamos como calla la pareja que pone las manos en la mesa, las palmas hacia abajo, a la espera de sus cafés, de sus medias lunas o lo que hayan pedido. La música. La espera de todos. La espera a que algo pase, o a que se haga una hora en la que tengamos que acabar con esa pausa, como el acorde de alguna partitura que se ha escrito colectivamente entre todos los que estamos en el bar. La gente que entra a comprar su pan nos atraviesa. Salen sin darse cuenta de que son ajenos a la representación inmóvil. Llevan sus sandwichitos de miga, sus facturas, sus paquetes. El segundo cuento de Saer trata de un tipo que quiere irse a vivir con una de las putas del prostíbulo. (Ella se llama Blanca. Le habla al tal Atilio que lo deja, tras unos rodeos de matón, llevársela. Los ve partir al trasluz de una ventana cuajada de llovizna. Se detienen un instante a cerrar la valijita que es la misma valija de cartón con la que ella llegó al prostíbulo hace unos meses, cuando el tal Atilio la compró. Al poco tiempo ella tendrá tuberculosis y el tipo que pidió llevarla, la abandona. Blanca muere. El tipo va al entierro.) Hora de salir. Llamo a la moza linda, le pago los treinta que me pide más diez de propina. La vieja de adelante, también alza su billete. Mi auto. La radio en mi auto. El olor todavía de los tapizados nuevos. Mi hija que sube. Y dice que la psicóloga la ayuda a vencer el miedo de hablar conmigo. Me dice de una fiesta el viernes por la noche. Que todos los compañeros de colegio van a ir. Me pregunta si la dejo. Le digo que no. Después callamos. El auto, como el bar, es otro módulo de silencio, otra burbuja en el agua espesa del tiempo que transita a la espera esta vez, de llegar a casa. Callamos como antes callaban los otros. Inmiscuidos en nuestra hosquedad repulsiva. En casa cierra de un portazo y se va a su pieza. Laura me pregunta, con algo de resignación que qué ha pasado esta vez. Me sirvo un ron con coca cola. Un ron cubano que me regaló Daniel. Miro la tele sin ver. Laura ayuda a Jordi con la tarea del colegio mientras se hacen las milanesas al horno. Ahora lo que espero es la comida.