domingo, 23 de agosto de 2015

El pescador

Como óptimos turistas, la práctica que hacemos con Daniel a media mañana, porque en las playas de Santa Marta el sol del mediodía te puede llegar a matar, es esperar que vuelvan los pescadores a la costa, para comprarles lo que hayan podido sacar.
Elías García, pesca con red. Es decir, doce tipos con sogas, desde la playa y uno en bote desplegándola.
Charlamos, mientras. Ah, argentinos, boludo, che, dice uno. Risas de ocasión. Luego del trabajo, la transacción y por un plus, la limpieza del pescado. Pargos. Pocos, de poco tamaño. Los pelícanos como perros, sobre las vísceras que arrojo a la rompiente de ese mar cálido, maravilloso. La sartén espera.
Elías se queja. Cada vez menos pescado, dice.
Tal vez sean las barcazas, dice.

Las barcazas son unos pontones que se ven desde el avión: cien tal vez o mil, fondeados a las afueras del puerto. Tienen que ver con el carbón. En Santa Marta se extrae carbón. Dicen que por sobre peso algunos se hunden, que contaminan. Dicen que cada vez hay menos pescado. Por cada tirada de la red, operación de gran esfuerzo físico que insume toda la mañana, desde la siete hasta las once, todo lo que sacan es unos diez o veinte pargos y alguna pescadilla que se reparten entre los presentes, para sopa tal vez, con ruido a tripa. Cuánto pueden sacar, nos preguntamos. La pobreza de los tipos es obscena. Duele. El costeño en que hablan es indescifrable. Todo es como un condimento más; no deja de estar riquísimo. 


 

martes, 18 de agosto de 2015

Lo que hay que saber al volar


 La excitación infantil es producida por el sello en el pasaporte. La chica de migraciones está dentro de su pecera (debería decir de emigraciones, pienso). Ella se sonríe cuando le digo, chica de la pecera. El trámite me coloca al otro lado, el borde de un país, en la cornisa. Miro a través del vidrio la reposta de combustible por parte de las empresas de servicios que cargan el avión en la pista. La organización hormiga que implica la actividad aeroportuaria. El asiento por fin, cuando embarcamos, incómodo, tan chiquito para un grandulón. La prueba de los botones; el personal de a bordo y las indicaciones, el carreteo, el silencio religioso de los pasajeros que se aferran y sienten el rigor de la aceleración. Las vibraciones, fuentes de posibles peligros, los sonidos que desconoce el que vuela por primera vez, el movimiento ascendente, repentino silencio y la tarde afuera, las casitas allí abajo, tan pequeñas. Al avión se lo siente flotar: en definitiva el aire es un fluido; luego se inclina y muestra un suelo verde y poblado. Y sigue ascendiendo hasta que de repente obsceno, majestuoso, enorme: el Río de la Plata. El horizonte curvo y otra vez la inclinación de las alas y mi amado Delta: las luces de los barcos y ahora sí, rumbo oeste. Ciudades a cada tanto, la noche, la Cordillera de los Andes, las turbulencias, el abróchense los cinturones. La comida insípida, en una bandejita plástica con gusto artificial y la imposibilidad de comer sin hacer chanchadas en un espacio tan mínimo. Por suerte sirven vino una o dos veces. Dormir. Cambio de avión en Lima. El de seguridad que me pide que me quite el cinturón y la chaqueta. Dice chaqueta: primera, mínima rajadura idiomática ya que lo que llevo es una camperita de algodón y la porteñidad lingüística que me va a acompañar como un asfixiante vestido o un traje de buzo, mejor dicho, de incomunicación porque, ya me lo han dicho, mi argot rioplatense es bastante cerrado y las mismas palabras significan distintas cosas en distintos lugares. O nada; como monedas que uno arrojara, justamente, desde un avión sobre ciudades. Lima en los rasgos japoneses de la chica de la compañía aérea. Bellos ojos gatunos. La espera. La compañía telefónica que me brinda solo diez minutos de wi fi gratuitos dejando en claro que el Perú es un país neo liberal, si supiera San Martín. Distintos cánones de la belleza adaptados, según las publicidades, a los fenotipos locales. La sospecha de una especie de gran hermano transnacional, cosas que a fuerza de costumbre y cotidianeidad se me pasan por alto.
El segundo avión. La organización del embarque. Las prerrogativas de los que viajan en business que se exhiben en la holgura de sus asientos de cuero, a dos filas por lado y no a tres como en la económica, con sus copitas de champán (plásticas, eso sí) en las manos mientras los que embarcamos después, estamos condenados a la sórdida envidia y transitamos como una cuerda de condenados a la clase que va al fondo del avión. Y todo a pesar de la amabilidad de las azafatas con esos peinados tersos y sus trajecitos y boquitas pintadas de dientes tan blancos que nos indican cómo se ajusta la balsa amarilla que hay debajo del asiento y otra vez el traqueteo del despegue, los sonidos raros como de perrito ladrando en la bodega y la cortina que separa las clases sociales que vuelan, los agujeros de los culos de todos apuntando hacia tierra, sentaditos, con i- phones puestos en modo avión y en los jueguitos o libros: novelas amorosas, o best sellers policiales, rara vez literatura.
Y bueno. En Bogotá otra espera y otro avión hasta que Santa Marta y, digamos, el bochorno del calor y, como un paréntesis: las vacaciones. Los amigos, el cariño en la comida que Diana prepara y la risa de Daniel cuando digo nafta en vez de gasolina y estacionamiento en vez de parqueadero. La vuelta, cerrado el parénteis, bien digo, es otro avión, las mismas ciudades traslúcidas tras los vidrios de los aeropuertos, esta vez en el sentido inverso. Bogotá, Lima. Los controles, los cacheos. La vergüenza idiosincrática de soportar la prepotencia de las risas y los vozarrones de mis compatriotas que vienen de Cancún. Las compras ostentosas, los últimos dolaritos transformados en botellas de Bailley´s, en perfumes. Recluido en mi burbuja de silencio los observo apartando apenas  la mirada de los renglones de Saer. Más que observo los escucho. Sigo sus diálogos: los distingo del silencio y de las voces respetuosas con que se hablan entre sí los colombianos, ecuatorianos y peruanos. A algunos argentinos, los que no callan, se los reconoce por el modo en que mascan el chicle, por el grito y la falta de respeto con que expresan su fastidio por la demora de casi una hora en embarcar. La chica de la empresa, con estudiada corrección, indica que hay una conexión con retraso desde Miami de la que deben provenir unos treinta compañeros de nuestro vuelo. Y las voces que se elevan diciendo que se jodan, que los pongan en otro y las risas y a ver quién se destaca por ser el más gracioso de entre todos los tarados, recientes amigos de tour de compras que veré más tarde, ya en Ezeiza, después de otras nuevamente compras de perfumes en el tax free shop, abrazarse y despedirse diciéndose a ver cuándo nos vemos en casa, y comemos carne de verdad, che, y no esa mierda que nos daban. Y dale, que siga, que no se corte. Y llegar por fin a la patria, es decir el abracito de mis chicos, la delicadeza de los labios de Laura, que está tan suave y bella, que ha ido a la peluquería. Y los perros y mi calle todavía de tierra y el cielo arriba, noche que nos envuelve.



jueves, 6 de agosto de 2015

No pictures plis

Los Koguis del Parque Nacional Tayrona, en Santa Marta, Colombia, no quieren que les saquen fotos; ni a ellos ni a sus casas. Es decir: son tipos que no acceden a hacer las monerías de nativos que pretenden (pretendemos) los turistas. Son ariscos, tímidos y orgullosos. A mí no me engañan: los habitantes de Pueblito, en el Parque, son una avanzada de veinte o treinta que tienen encartada, como se dice en el Caribe, la función de frenar a tanto francés y gringo maloliente y maleducado que asoma sus narices en donde no se lo permiten. Porque basta con que ellos crucen ramas en un sendero para impedir el paso, que lo primero que se nos viene a la gana es cruzarlo a ver qué hay del otro lado. Y del otro lado hay piedras, sólo que son sagradas. Ese es el punto. No le suman a la sacralidad, nuestras pictures, ni las escupidas ni las meadas ni nada de la resaca de nuestra presencia sudada de cerveza a montas de unos caballitos que Jaco alquila a la entrada de Cabo San Juan, sobre la costa. Hablan, no sé si todos, el español con delicadeza pero sin ninguna gana de confraternizar. Hay más de ellos en otras terrazas más arriba. Iguales a Pueblito en sus raras, hermosas simetrías. De vuelta ya en Buenos Aires, entre el frío, la lluvia y el desorden del tráfico y el modo con que me gano la vida, pienso que ojalá nuestras ciudades fueran así de mágicas, con senderos de piedra en la selva, construidos a lo largo de varias generaciones y esas, sí, ruinas circulares. No es casual, que Jaco, nuestro guía, use una remera con la imagen de Borges, quién lo hubiera dicho. Como tampoco es casual que sea sordomudo y que sea el único de los que por esos senderos andamos, que se comunique con los Koguis mediante gestos graciosos que dejan en evidencia la torpe necesidad de nuestra palabra inventada. En lo fronda aúlla, invisible, un simio que por el resonar de sus portentosos graves, debe ser de gran tamaño. Nos sentimos solos y minúsculos frente a ese grito. Tampoco podemos preguntarle a Jaco, que no oye, ni a los dueños del lugar que se retiraron al barranco para ignorarnos, dejando atrás a sus mujeres, que nos dan la espalda.
         Los Koguis tienen una sublime interpretación del mundo: Ponen a uno de ellos a vendernos artesanías y gaseosas frías en un quiosco de paja. Él espera, tendido en su hamaca, vestido con el típico atuendo uniforme, que consiste en una camisola de hilo fresco y blanco y unos pantalones amplios, también blancos. Los adultos mayores usan un bonete y todos, del primero al último, mascan coca que extraen de un cuenco en el que la maceran con un palito y calcio de concha de mar. A ese conjunto lo llaman poporo. Cuando con Daniel y Diana examinamos las cosas que venden, nos damos cuenta de que son artesanías compradas en alguna parte, que no las hacen ellos y que ese acto de la venta, es un acto individual del muchacho que tenemos en frente y que sólo está allí para que nos volvamos, de una vez por todas, a nuestros aviones, satisfechos de haber jugado nuestro juego de comprar y consumir lo que no necesitamos ni significa nada. Imagino que usarán ese dinero para encender los fuegos que nuestra mirada intrusa divisa en la penumbra fresca de las casas circulares. O no. Ya sé que no. Pero a quién le importa.
Pueblito cumple la función de mostrar y no mostrar. De, abriéndose ante la mirada gringa, darnos la espalda. No nos olvidemos que los Koguis han logrado sobrevivir, en Sierra Nevada, a toda invasión europeizante. Y allí están, orondos de su triunfo ante nosotros que sudados y fuera de nuestro elemento, andamos tras los pasos de nuestro guía sordomudo para no perdernos.

Prefieren ignorarnos. Tal vez tengan problemas de supervivencia. Tal vez ellos sean su propio problema que es, lo que al fin y al cabo, le sucede a cualquier habitante del planeta. De hecho Diana dice que ahora andan por la ciudad. (Es cierto, los he visto, vestidos de blanco, desconfiados como animalitos tímidos.) Y que algunos hasta son abogados y esas cosas. Me imagino que ya habrá empezado la explotación del Kogui por el Kogui mismo. Diana también dice que lo que hace a un Kogui, Kogui, es creer en la sacralidad de las piedr
as de las Sierras Nevadas, en Tayrona y no a la inversa.
Ya quisiera yo gozar de su parsimonia. Vivir mi ancianidad arriba, en esas construcciones circulares bajo las cuales estén enterrados mis muertos. Efectuar los pagamentos para mantener el equilibrio del mundo que nos regala el maíz y el agua dulce y la coca. Y que no nos coma el jaguar que es nuestro hermano, porque Kogui significa jaguar.
Ya quisiera yo el agua fresca de los cocos y así todos los días porque al fin y al cabo sólo somos eso: naturaleza. Calcio, potasio, hoja de coca. Aquello en lo que creemos, es lo que nos hace lo que somos, según Diana. O somos lo que somos debido a aquello que creemos. De todos modos basta con ver nuestras ciudades y comparar, para saber que el resultado es estar presos de nuestra inventada selva, en una cosmogonía sórdida, sin sentido.