domingo, 18 de febrero de 2018


Página 55, quemá esos papeles

Fondo con fondo, el jardín de la casa de mis padres daba al de la de un vecino, en ángulo. La parrilla no la usaba para asado, no: quemaba papeles. Cada quince o veinte días quemaba papeles. Este debe ser montonero, decía papá. Debe estar quemando literatura montonera por miedo a que vengan y se la encuentren. Le quedó el mote: el monto. Tenía una perra que se llamaba Jimena. También, por extensión, le decíamos Jimeno. El monto, el Jimeno. Y la Jimena a la esposa. Mis papás se saludaban con los Jimenos cuando se cruzaban en la calle. A veces volaban pedazos de papeles carbonizados por el tubo de esa chimenea. Caían a nuestro jardín, eran restos calcinados de revistas. No se deducía nada de dos, tres letras que se entreveían. Nada.

Años después, un día que mis viejos no estaban, con unos amigos nos sentamos a fumar porro en el jardín. Había sol, era un día precioso. El Jimeno nos miraba detrás de la cortina de su ventana, su silueta se entreveía por el contraluz. Mis amigos me dijeron, mirá, tu vecino nos espía. Ese, dije yo, quemaba cosas. Para ellos no significó nada que el tipo quemara cosas. Seguimos fumando, el vecino siguió en el trasluz, como un fantasma.


El Gorila

Mirábamos el parque. El paraíso que supimos implantar, el que Laura cuida en la tranquila suma de todos sus días. De pronto, al fondo de un sendero que se inicia detrás del nogal, entre los bananos, veo la oscura silueta sentada de un gorila. Un gorila enorme, como los de las películas. El miedo me hizo reír. Es imposible, decía mi mente, que existan gorilas en la provincia de Buenos Aires y blá, blá, blá. La imagen contradice: el ojo percibe la presencia bestial entre la vegetación. No nos mira: está sentado, la espalda contra un tronco y mira hacia atrás de la loma, más allá del estanque. Parece nostálgico, o al menos pensativo. Axioma: si se da vuelta y sus ojos brillan, corremos peligro. No soy tan idiota. No chisto ni nada. Laura susurra, es verdad, es un gorila. Se le ve el brazo, largo, apoyado más allá de sus cortas piernas. ¿Y si se trataba de una presencia fantasmal? ¿Una premonición no enunciada y ya cumplida? Seguimos mirando, esclavos de nuestra adicción al miedo. En eso estábamos cuando se acercó Celeste, mi sobrina que está pasando una temporada con nosotros antes de su viaje a Francia. Ella es un ser racional.  ¿Qué miran?, preguntó. Le contamos con gestos y susurros, no fuera cosa que. Vio al mismo gorila que nosotros.  Son sombras, dijo, explicó. Claro, es joven: tiene su mente llena de pensamientos lógicos. Yo lo único que pedía era que el gorila no se diera vuelta, que no tuviera ojos brillantes aunque parecía, en su actitud, un poco triste; como sumido en la profundidad de sus propios pensamientos. Vení vamos a ver, dijo Celeste. Supongo que mi hombría indicó que yo, el tío, el marido, tenía que ir primero. Encaramos esquivando el chorro de los aspersores que hace ya rato estaban regando. Al atravesar la humedad se sintió cierto frescor en el bochorno de la siesta de febrero. La sombra de las plantas era densa, tranquila, como si la energía de nuestro parque fuera el bucle que hace una sábana cuando se tiende la cama. Llegamos al sitio: estaban los plátanos, los lazos de amor, el nogal y el azarero. Ni rastros del gorila. ¿Ves? Los ojos celestes de Celeste me miraban, segura de sí misma. ¿Qué? Le pregunté encogiéndome de hombros: se fue, ¿no te das cuenta? Se fue porque vinimos. Su sonrisa persistió pero en la luz de su mirada había una hendija de duda. Laura observaba el otro lado de la loma. Buscaba rastros en los terrenos de las quintas vecinas.  Son bichos salvajes, dije los espanta la presencia humana. Me miró incrédula, como cuando era chiquita. Volvamos a la casa, dijo Laura. Nos sentamos donde antes y la sombra del gorila ya no estaba.

jueves, 15 de febrero de 2018

Página 12

A mi cumple de cuatro vino un compañero de papá
con su señora a la que le decían Mimí. Recuerdo su peinado
sesentoso, tipo Jackie Kennedy. Recuerdo que me trajeron de regalo un camioncito
militar de plástico, que cargaba chocolatines bajo la lona.
Recuerdo que ellos se pusieron a jugar a las cartas y yo con el camión y
otros juguetes. Recuerdo haber encontrado una aguja de tejer bajo el
sillón; recuerdo haberla embocado en el enchufe. Recuerdo que salían chispas y
que la aguja se derretía maravillosamente. Recuerdo los gritos de los grandes. No recuerdo nada más.
Papá me explicó que me salvé porque la aguja tocaba un radiador de hierro de la calefacción y que la electricidad desviaba por ahí.
Me atrajo esa idea de peligro en la que el destino parece estar jugado a cara o ceca.
Años más tarde, Mimí se suicidó.
Tomó todas sus pastillas
y chau, no se salvó.
(de libro de próxima aparición ¿parición?).