domingo, 18 de febrero de 2018

El Gorila

Mirábamos el parque. El paraíso que supimos implantar, el que Laura cuida en la tranquila suma de todos sus días. De pronto, al fondo de un sendero que se inicia detrás del nogal, entre los bananos, veo la oscura silueta sentada de un gorila. Un gorila enorme, como los de las películas. El miedo me hizo reír. Es imposible, decía mi mente, que existan gorilas en la provincia de Buenos Aires y blá, blá, blá. La imagen contradice: el ojo percibe la presencia bestial entre la vegetación. No nos mira: está sentado, la espalda contra un tronco y mira hacia atrás de la loma, más allá del estanque. Parece nostálgico, o al menos pensativo. Axioma: si se da vuelta y sus ojos brillan, corremos peligro. No soy tan idiota. No chisto ni nada. Laura susurra, es verdad, es un gorila. Se le ve el brazo, largo, apoyado más allá de sus cortas piernas. ¿Y si se trataba de una presencia fantasmal? ¿Una premonición no enunciada y ya cumplida? Seguimos mirando, esclavos de nuestra adicción al miedo. En eso estábamos cuando se acercó Celeste, mi sobrina que está pasando una temporada con nosotros antes de su viaje a Francia. Ella es un ser racional.  ¿Qué miran?, preguntó. Le contamos con gestos y susurros, no fuera cosa que. Vio al mismo gorila que nosotros.  Son sombras, dijo, explicó. Claro, es joven: tiene su mente llena de pensamientos lógicos. Yo lo único que pedía era que el gorila no se diera vuelta, que no tuviera ojos brillantes aunque parecía, en su actitud, un poco triste; como sumido en la profundidad de sus propios pensamientos. Vení vamos a ver, dijo Celeste. Supongo que mi hombría indicó que yo, el tío, el marido, tenía que ir primero. Encaramos esquivando el chorro de los aspersores que hace ya rato estaban regando. Al atravesar la humedad se sintió cierto frescor en el bochorno de la siesta de febrero. La sombra de las plantas era densa, tranquila, como si la energía de nuestro parque fuera el bucle que hace una sábana cuando se tiende la cama. Llegamos al sitio: estaban los plátanos, los lazos de amor, el nogal y el azarero. Ni rastros del gorila. ¿Ves? Los ojos celestes de Celeste me miraban, segura de sí misma. ¿Qué? Le pregunté encogiéndome de hombros: se fue, ¿no te das cuenta? Se fue porque vinimos. Su sonrisa persistió pero en la luz de su mirada había una hendija de duda. Laura observaba el otro lado de la loma. Buscaba rastros en los terrenos de las quintas vecinas.  Son bichos salvajes, dije los espanta la presencia humana. Me miró incrédula, como cuando era chiquita. Volvamos a la casa, dijo Laura. Nos sentamos donde antes y la sombra del gorila ya no estaba.

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