lunes, 14 de mayo de 2018


Soñó que se caía en la bañera. Que se patinaba y del golpe quedaba desmayado. No sabe pero supone que dio la nuca con algo y vio negro y esas cosas. El peso de su cuerpo obeso, desnudo, lampiño, enjabonado hizo que se fuera calzando cada vez más dentro de la bañera, situación propiciada por los bordes lisos del enlozado y la lubricación del agua. Perfectamente calzado. Al punto de que al despertar –porque sentía frío– se dio cuenta de que tenía los brazos atorados, porque de algún modo le habían quedado las manos debajo de las nalgas. No podía moverse. Toda su forma era la de la bañera. Lo único que tenía afuera eran los pies, pero no podía moverse, ni salir. Sintió claustrofobia. Desesperación. En el sueño debió haber gritado tanto que Celina apareció. –¿Qué te pasó, boludo? –le preguntó. Estaba tan hermosa. Vestía jeans y las All Stars de siempre. Un sueter de alpaca en tonos marrones con dibujos de llamas en el cuello y en los hombros. Le daba vergüenza no poder taparse. Le daba vergüenza ver que ella le miró el pito, tan chico, más con el frio. Nunca hubiera querido que Celina viera que él era chiquito. Nunca. Después venía Mirko para ayudar. En el sueño sentía celos de verlos juntos a Celina y Mirko. ¿Qué hacen estos dos?, se preguntaba. También llegaban Tito, el maestro y hasta el imbécil del doctor Mastronardi. Todos entraban al baño, observaban la escena, es decir a él atrapado en un sarcófago bañera, le echaban una mirada a su pito y no decían nada. Le pasaron una cincha debajo de la espalda con una argolla sobre el pecho. A esa argolla le ponían un gancho que daba a un aparejo de esos que tienen los mecánicos para subir los motores cuando los sacan de los autos. Esos aparejos que cuelgan de unos caños. Ruidos de cadenas. Lo subían. Uy  miren, tiene sangre en la nuca, decían. Debe haberse golpeado con las canillas. Del pito no decían nada. Pero lo habían visto, todos. Sabían ahora. Al final terminaba sentado. Se masajeaba los brazos. Tenía amoratada la piel en los lugares que estuvo pegada a las paredes de la bañera. Celina le alcanzaba la bata. –Te preparo un café– decía –debés estar muerto de frío, mi amor.
Esas últimas palabras perdonaban todo. Lo curaba del entumecimiento, del dolor de cabeza, de la vergüenza sufrida. Después se iban. Sentía las voces yéndose por el pasillo. Conversaban entre ellos. El olor del café lo despertaba. Lo despierta. El gato Karin Sama a los pies de la cama. Dormido. Con esa cosa de esfinge que tienen los gatos que te miran con los ojos cerrados. Aroma a café desde la casa de Liliana, la vecina. –Hola Karim –saluda Osvaldo. El gato abre una rajita los ojos. Una raja verde en la cara blanca. Tiene las manos escondidas debajo del pecho. Dobladitas. Las dos iguales. Es domingo. Hace frío.