sábado, 9 de marzo de 2019

Muy bien amigas y amigos, después de tanto tiempo y esfuerzo por fin llegan a mis manos, recién salidos, los primeros ejemplares de Las invasiones ranqueles según mamá. Lo presentamos el 3 de abril en La casa del árbol. Gracias Modesto Rimba. Ojalá puedan venir.

domingo, 10 de febrero de 2019

HORMIGAS COLORADAS

El ojo humano no lo debe poder advertir, pero al cuántico nivel de las hormigas, su marcha debe generar nubes de polvo. Tres pares de patas por cada una, multiplicadas por miles que avanzan, deben generar bastante estruendo y partículas. Nubes que han de tornar más borrosa aún la visión. “Debe ser bastante adrenalínico”, pensó. Nubes de polvo, territorios desconocidos que la colonia invade. Sólo se ve la grupa borrosa de la que va adelante, su balancearse a cada paso. Los sentidos alertas a la posibilidad de peligro, como antenas de radar. Y, claro, los aguijones llenos de veneno.
Además si se pone a pensar, las distancias recorridas en relación al tamaño de sus cuerpos, resultan hazañas extraordinarias. Chicas súper poderosas. En internet había leído que, por distintas modificaciones genéticas, –tienen uno o muy pocos cromosomas– las obreras y las soldados, pierden sus órganos reproductores y la capacidad de procrear. Lo que vendría a ser su pene o su vagina, –el artículo era más bien ambiguo al respecto de nombrar los órganos sexuales de las hormigas– sufría diversas metamorfosis en el nacimiento y derivaba en un pequeño aguijón en el abdomen con la capacidad de inyectar veneno. “O sea que no pican, te eyaculan”, pensó Jonás.

Violan al hincar el aguijón. Y, bueno, al salirles la ponzoña deben sentir algo orgásmico. Hasta tal vez aúllen hacia el cielo. A lo mejor se miren unas a otras o intercambien efluvios excitantes de antena en antena mientras llenan a su presa de veneno. Tal vez rían mientras lo hacen. No sabía, Jonás, como podían llegar a reírse las hormigas. Tal vez batieran las patas contra el suelo o se golpearan el exoesqueleto con las garras, tal vez callaran. No sabía.

martes, 15 de enero de 2019


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Un carro. Un carro se detiene junto a unas bolsas de basura. Una pareja conduce de las riendas a un caballito traspirado. El hombre baja y al bajar mece el carro. El carro, entonces, es un carro cuna porque, además de mecerse, en la caja, sobre una isla de cartones, hay un niño de ojos negros, grandes y curiosos. Más abajo, un perrito blanco se protege del ataque de otros perros entre las ruedas del carro. Son unas ruedas de camioneta, con las cubiertas lisas y unidas por un antiguo eje de Rastrojero Diésel, con diferencial.  El perro espera, como el caballo. Espera sin hacer otra cosa más que esperar a que el carro se ponga en movimiento. Si hay agua en la cuneta, lengüetea un poco.
El hombre obeso que ha descendido del carro camina con las piernas abiertas evidenciando algún dolor lumbar, hasta dos bolsas grandes de consorcio.
El caballo espera, el perrito espera, la mujer espera; el niño contiene todo el universo posible en la pantalla de sus ojos. El hombre revuelve el contenido de las bolsas. Dos, tres, cuatro botellas. Vodka, whisky, vino y fernet. La otra bolsa no contiene objetos de interés más que un mango de escoba de metal. Detrás del carro hay dos bolsones blancos, de esos de materiales de la construcción. En uno van las botellas, en otro los metales.
El carro vuelve a ladearse por el peso de esa piernota haciendo pie en el estribo. Se escuchan crujidos, parece que se va a desvencijar. Una voz, gutural del tipo hace que el caballo emprenda marcha, y el perrito, abajo y los cartones con el niño encima. Ruido a bujes, a crujir de cueros, a cascos. Una música si alguien se fija. Perros ladran al paso del caballo y sobre todo al perrito blanco que mira al frente, ocupado en no perder su lugar delante del eje.
Nuevas bolsas. Nueva detención.
Esta vez hay juguetes.
Suertudo el niño.
Un auto de plástico que es andador pero sin ruedas. Volante y bocina sí tiene. El niño de los ojos grandes y curiosos lo inspecciona en su isla de cartones con las manos, con la boca. La madre toma un trago del pico de una gaseosa verde.
Media sandía chica, podrida en una parte, rueda, desde las bolsas, al centro de la calle. El hombre obeso vuelve a trepar. Otra vez la marcha, el chirrido del eje sin engrasar, los cascos, el perrito.




La sandía queda atrás, al medio de la calle. Como si fuera un aerolito caído del espacio: verde por fuera, rojo rosado por dentro. Una belleza extraterrestre de colores contra el gris del suelo. En su interior contiene semillas negras y brillosas que parecen turmalinas o porciones de futuro. La sandía se detuvo al rato de rodar a los tumbos desparejos. Equilibrio inestable, justo sobre el cruce zigzagueado de dos líneas de brea negra.
Ya los primeros gusanos reptan dentro. Blancos como el lugar donde muere el rosado. El color rosado. El punto más lejano del rojo que supo ser. La promesa. Ya el negro se aparece como un hematoma. Ella, la sandía, se ofrece a la putrefacción. Su alma se escabulle ante el avance fúngico. Hace calor. Los automóviles la esquivan hasta que uno la imprime como un gráfico neuronal contra el asfalto. Axones y dendritas. Nada de sinapsis. El universo refleja su forma en cualquiera de todas las formas posibles.