domingo, 10 de febrero de 2019

HORMIGAS COLORADAS

El ojo humano no lo debe poder advertir, pero al cuántico nivel de las hormigas, su marcha debe generar nubes de polvo. Tres pares de patas por cada una, multiplicadas por miles que avanzan, deben generar bastante estruendo y partículas. Nubes que han de tornar más borrosa aún la visión. “Debe ser bastante adrenalínico”, pensó. Nubes de polvo, territorios desconocidos que la colonia invade. Sólo se ve la grupa borrosa de la que va adelante, su balancearse a cada paso. Los sentidos alertas a la posibilidad de peligro, como antenas de radar. Y, claro, los aguijones llenos de veneno.
Además si se pone a pensar, las distancias recorridas en relación al tamaño de sus cuerpos, resultan hazañas extraordinarias. Chicas súper poderosas. En internet había leído que, por distintas modificaciones genéticas, –tienen uno o muy pocos cromosomas– las obreras y las soldados, pierden sus órganos reproductores y la capacidad de procrear. Lo que vendría a ser su pene o su vagina, –el artículo era más bien ambiguo al respecto de nombrar los órganos sexuales de las hormigas– sufría diversas metamorfosis en el nacimiento y derivaba en un pequeño aguijón en el abdomen con la capacidad de inyectar veneno. “O sea que no pican, te eyaculan”, pensó Jonás.

Violan al hincar el aguijón. Y, bueno, al salirles la ponzoña deben sentir algo orgásmico. Hasta tal vez aúllen hacia el cielo. A lo mejor se miren unas a otras o intercambien efluvios excitantes de antena en antena mientras llenan a su presa de veneno. Tal vez rían mientras lo hacen. No sabía, Jonás, como podían llegar a reírse las hormigas. Tal vez batieran las patas contra el suelo o se golpearan el exoesqueleto con las garras, tal vez callaran. No sabía.